Año nuevo de ajustes

Es interesante que cambió el gobierno, pero menos de un mes después, los chistes y críticas de la oposición son los mismos: el gobierno ajusta. La triste realidad es que como venimos, seguiremos.

Por Javier Boher
[email protected]

¡Qué fiaca, amigo lector! Con estos calorones es muy difícil escribir algunas líneas sobre política, especialmente porque las cosas que pasan hacen que a uno le suba la temperatura más rápido que a techo de chapa. De última si hace 40° te vas al río con unas cervecitas y se te pasa, pero cuando 40 son los puntos porcentuales mínimos de aumento de cualquier cosa, la calentura no te la baja ni un sifonazo de soda en el medio de la cara, como se hace en el barrio cuando los perros se pelean.
La verdad que el tránsito del 19 al 20 estuvo algo complicado, porque mientras todos estábamos desconfiando de los que nos querían comer el mantecol en la mesa navideña o las garrapiadas en la de Año Nuevo, el gobierno aprovechó para mandar sus Reyes Magos a cada casa.
Día seis del mes y los enviados gubernamentales dejaron de regalo impuestos al alza, congelamiento de jubilaciones, achatamiento de salarios con un bono que es algo insuficiente y un alza del IVA que nos va a dar un manón para ponernos a dieta después de las comilonas de las fiestas. Al final los Reyes nos querían cuidar la silueta, por eso el ajustazo, que en lugar de poner plata en los bolsillos de los argentinos se la terminaron sacando aumentando todo de un día para el otro.
Piense en lo rápido que pasa el tiempo en este vórtice político llamado Argentina: hace tres meses, cuando se suspendió el IVA, salieron todos los gobernadores a llorar por la plata de la coparticipación, porque Gatricio era ajuste. Ahora que vuelven a cobrarle dicho tributo a la yerba con la que se pasa la falta de almuerzo, a la harina para la tortilla o a la leche para los chicos, los muchachos están todos en un silencio de panteón.
Parece que de golpe a todos les dio alguna clase de amnesia y se olvidaron de la gente que no podía llegar a fin de mes: podés armar una mesa contra el hambre con lo más floreado de la nobleza televisiva, pero si en la mesa de la gente los productos básicos te suben la totalidad del IVA de un día para el otro, seguramente ese “contra” te va a estar sobrando (y faltando la comida).
Como dice en las primeras páginas del “Manual de conducción política para dirigentes que deben pilotear un quilombazo cuando no tienen ni idea de por dónde ir”, la primera opción es echarle toda la culpa a los otros, especialmente a los que no te votaron. Así se ha hecho siempre en estas latitudes, y a juzgar por la historia, siempre da resultado (no porque se arreglen las cosas, sino porque la gente cree que fueron los otros, como pasa cuando los hijos únicos van a acusar en su casa que alguien los pelea).
Así fue que -como quien no quiere la cosa- los supermercadistas están ganando demasiado, en el campo no son solidarios y el común de los mortales no podemos gastar dólares comprando chucherías por internet o haciendo turismo en el exterior, cuando acá hay paisajes tan bellos como La Matanza, Monteros o Pico Truncado, todas localidades que vale la pena conocer.

Ojos que no ven, bolsillos que no sienten
Usted y yo sabemos que cada uno tiene sus preferencias, amigo lector, en todo ámbito de la vida. Por eso usted elige leer Alfil y no otro, elige comer pata y no pechuga, o Belgrano en lugar de Talleres. Esas decisiones (que implican cuestiones de gustos o amorosas, seguramente) algunas veces nos empujan a justificar cualquier cosa, porque la cosa no es si hay o no hay ajuste, sino que si al ajuste lo hacen El Profesor y la Aforada, algunos insistan en que no es ajuste sino solidaridad.
Siempre se elige de qué lado se está: a mí me gusta comer pechuga y me la banco si es seca. Les digo que no elijo la pata porque no me gusta tener que pelar el hueso, no ando porfiándole a la gente que la pechuga es jugosa, porque no lo es. Algo así tratan de hacer con el ajuste.
Esa situación de no llamar a las cosas por su nombre es como el chiste del viajante que sólo estaba en la casa los fines de semana. Una vez vuelve antes y a punto de entrar se da cuenta de que adentro está el pata ‘e lana. Decepcionado va a buscar consuelo en el bar. Después de un rato de reflexión etílica, el amor lo hace llegar a una conclusión: “este está cinco días y yo sólo dos: al final el gorriado es él”. Bueno, algo así les pasa con esas medidas económicas, celebrando que al otro lo ajustan más que a uno.
Ya se lo dije el otro día, amigo lector. Como siempre, y para no cambiar la receta, a todo esto lo hacen echándole la culpa al gobierno anterior por su mala gestión. O todos los gobiernos mienten sistemáticamente (que tiene algo de cierto), o hace treinta años son una sucesión de horribles, como todos los que llevaron a Talleres de jugar en primera al horrible fútbol amateur del Argentino A.
Lo bueno de este último ejemplo es que nos deja una luz de esperanza de que en algún momento se puede salir del pozo, aunque por ahora el panorama esté más oscuro que los fondos del Marqués. Ojalá El Profesor sea como Fassi y el Chapito Guzmán como Kudelka, a ver si tenemos suerte y salimos del fondo. Crucemos los dedos.