Los que esperan y desesperan por Fernández

No importa donde se ponga el dedo sobre el mapa nacional: todos, en el fondo, dejaron entrever un mensaje unívoco: hay que esperar lo que se propone hacer el presidente Alberto Fernández.

Por Pablo Esteban Dávila

Las verdaderas dimensiones del país federal que dice ser la Argentina pueden advertirse en los alcances de los discursos brindados por los nuevos gobernadores y alcaldes que acaban de asumir (o de reasumir, según el caso) sus funciones. No importa donde se ponga el dedo sobre el mapa nacional: todos, en el fondo, dejaron entrever un mensaje unívoco: hay que esperar lo que se propone hacer el presidente Alberto Fernández.
Razones no faltan. El país está en crisis, la inflación sigue siendo altísima y, para peor, el riesgo del default sobrevuela el horizonte. Provincias y municipios son rehenes del combo. Si bien con la presidencia de Mauricio Macri vivieron un veranito (la distribución de los recursos nacionales creció sustantivamente en comparación con los años del kirchnerismo), la plata ya no les alcanza más. Es una ley de hierro en la argentina estatista: lo que entra al tesoro se gasta, no se ahorra. Y, ya se sabe, el gasto público es inflexible a la baja cuando las circunstancias imponen un ajuste.
No llama la atención, por lo tanto, la prudencia en el discurso del gobernador de Córdoba al asumir su tercer mandato no consecutivo. Lejos estuvo de las grandes definiciones de gestión o de los anuncios disruptivos. Podría decirse que se limitó a expresar un compromiso genérico sobre que continuará lo que ya viene haciendo, consolidando logros que, a nivel macro, lucen colosales.
Es un enfoque realista que, en definitiva, hace honor a la historia reciente. Schiaretti puede ufanarse de haber llevado adelante el mayor plan de obras públicas del que se tenga memoria, con una inversión de casi seis mil seiscientos millones de dólares en sólo tres años y sin que este despliegue haya comprometido el superávit operativo de su gobierno. Si el mandato que acaba de comenzar tiene por propósito desarrollar iniciativas que, aunque módicas, se desplieguen sobre esta plataforma, serán igualmente bienvenidas.
Sin embargo, es posible dudar que este sea el único propósito del gobernador. A él le gustan las grandes cosas, el cemento, la infraestructura. Si las condiciones lo permitieran, hubiera dicho bastante más de lo que dijo. Pero debe asumir una posición de prudencia sencillamente porque, desde el punto de vista financiero, el horno no está para bollos. Le resulta necesario, en definitiva, saber para donde va el presidente antes de tomar decisiones heroicas que, a poco de andar, podrían costarle muy caro.
Similar cautela fue la exhibida por el flamante intendente de Córdoba, no obstante que en un contexto jurisdiccional sensiblemente más restrictivo. Según Llaryora, en el municipio no hay plata ni para sueldos ni para aguinaldos. La ciudad que, veinte años atrás, era una cornucopia de recursos genuinos, hoy está obligada al desagradable ejercicio de juntar plata para pagar lo básico, siempre con pronóstico reservado. Aunque se adivina que la nueva administración podrá zafar en lo inmediato -el gobernador no permitirá un prematuro traspié en el Palacio 6 de Julio- con el tiempo deberá arreglárselas para ganar independencia frente a los auxilios del Centro Cívico.
Este entorno de limitaciones hace que Llaryora aguarde quizá con mayor impaciencia que Schiaretti la triple emergencia que Fernández ha anunciado que enviará al Congreso. Intuye que, detrás de esta declaración legislativa, aparecerán instrumentos concretos que llevarán algún alivio a las arcas municipales. Hasta que tal cosa ocurra, cualquier anuncio que pretenda hacer para cimentar las expectativas de los vecinos será provisorio.
Una cosa es segura: ni la provincia ni la municipalidad podrán, en lo inmediato, valérselas por si mismas, blindadas detrás de sus propios recursos. Sea para nuevas obras, sea para afrontar el pago de servicios de deuda ya contraída, necesitarán que la Nación no mire para otro lado. Probablemente sea este el motivo de porqué Schiaretti se ha mostrado tan interesado en tender puentes con la Casa Rosada en los últimos días, luego del congelamiento de las relaciones con Albero tras las elecciones del 27 de octubre.
Un mínimo repaso de los hechos pone en evidencia esta voluntad novedosa. El martes viajó temprano a Buenos Aires para asistir a la jura del nuevo presidente y escuchar su discurso que, por cierto, fue bastante impreciso en lo que a definiciones económicas respecta. Luego regresó a la provincia para encabezar su propia ceremonia, en donde afirmó que “mi decisión es trabajar junto al gobierno nacional”. No hubo un solo gesto de su parte que prevenga sobre alguna intención autonómica o que preanuncie inminentes desafíos en contra del poder central.
Queda por comprobar si las intenciones de Fernández son recíprocas. En términos generales, y luego de presentar un gabinete sin ningún tipo de injerencia de parte de los gobernadores, pueden advertirse señales de que el presidente está dispuesto a retomar una agenda en común con ellos. Su presencia en las asunciones del entrerriano Gustavo Bordet y del santafesino Omar Perotti así lo sugiere. Es posible que, en las próximas semanas, se proponga dedicarle más tiempo al compromiso asumido de descentralizar todo lo posible la administración nacional, una política que requerirá del concurso o, al menos, la opinión de los mandatarios provinciales.
¿Incluirá a Schiaretti en tal estrategia? Por ahora no hay indicios en tal sentido, aunque todo indica que el cordobés no se quedará de brazos cruzados. La designación del experimentado dirigente Jorge “Zurdo” Montoya como secretario de Integración Regional así lo sugiere. A comienzos de 2003, Montoya fue uno de los escasísimos dirigentes delatotistas que jugaron fuerte para la candidatura de Néstor Kirchner en Córdoba y, en tales circunstancias, trabó relaciones con Fernández. Con Caserio momentáneamente en el freezer, su designación es una oportunidad para contar con un interlocutor oficioso con la Casa Rosada que bloquee la influencia que pudieran reclamar los dirigentes locales del Frente de Todos.
Más allá de las declaraciones de buena voluntad y de recuperar a Montoya para la causa, la pelota está en la cancha presidencial. Esta realidad impone un timing desagradable, convenientemente verbalizado por el dicho popular sobre “quien espera desespera”. Frente a esta ansiedad existe la recomendación -también muy difundida- sobre que debe contarse hasta diez antes de tomar tal o cual determinación. Los Llaryora y los Schiaretti de todo el país (que, por cierto, son muchos) se encuentran en esta encrucijada. Deben confiar su futuro a variables que sólo Alberto conoce y que no todavía no las hace públicas, siempre y cuando efectivamente sepa lo que quiere hacer. Mientras tanto están obligados a mantener enfoques conservadores que, en política, equivalen a desperdiciar un tiempo precioso o, peor aún, resignar fama y poder. Es una emergencia táctica, personal, a la espera de las grandes emergencias que maquina el primer mandatario.