El Isidoro que nunca fue

La muerte de Santiago Bal, ocurrida el lunes pasado a los 83 años, hiere gravemente a la leyenda de la viveza criolla. Aunque su origen resulta confuso, sin duda tuvo uno de sus mejores exponentes de ficción a Isidoro Cañones, ese personaje que Bal jamás llegó a interpretar.

Por J.C. Maraddón
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El mito de la tan mentada viveza criolla se remonta a orígenes no demasiado claros, quizás vinculados a cierta ingenuidad de los europeos que llegaban en las sucesivas oleadas inmigratorias y que padecían los trucos pícaros de los nativos de este país. Vaya a saber, tal vez sea una adaptación local de aquellos relatos sobre burladores que se asientan en la tradición hispana y que son el sustrato de Pedro Urdemales, un personaje ficticio que encarna esas características y cuya presencia en la tradición oral latinoamericana ha sido tan fuerte que también en las pampas argentinas han sabido escenificarse algunas de sus andanzas.
Otros que forjaron esa superstición y que la afincaron en la ciudad de Buenos Aires, probablemente hayan sido esos pitucos porteños que invadieron los cabarets parisinos tras la primera guerra mundial y que, gracias al respaldo que tenía en ese entonces el peso, se daban la gran vida en Europa. Se trataba en la mayoría de los casos de jóvenes pertenecientes a la aristocracia nacida en torno a las exportaciones agrícolas y ganaderas, compadritos que en vez de timar gente a la luz de un farol suburbano, paseaban su porte arrogante por la ciudad luz y se pavoneaban con aires de superioridad.
Ese tipo de personalidad, que anidaba en el inconsciente colectivo del Río de la Plata, se volvió más tangible cuando el dibujante Lino Palacio empezó a publicar en 1946 su tira “Avivato”, que salía en un diario sumamente popular como La Razón. Con una crueldad a prueba de balas, este vividor profesional se escudaba en un propósito didáctico, que era aleccionar a las probables víctimas sobre las estratagemas que los podían hacer caer en la trampa. Y bajo esa premisa se encargaba de engañar incautos en cada nuevo episodio de una historia que se publicó a lo largo de más de 30 años.
Pero iba a ser otro personaje surgido del comic el que redondeara un prototipo del vivillo porteño, aunque en este caso dotado de un carisma y una simpatía proverbial, que incitaban a perdonarle sus derrapes. Isidoro Cañones, gestado por la imaginación de Dante Quinterno como padrino del cacique Patoruzú, atravesó varias décadas de éxito que lo llevaron incluso, a tener una revista propia: Locuras de Isidoro. Junto a Cachorra, su compañera de aventuras, y a espaldas de su implacable tío, el Coronel Cañones, Isidoro no dudaba en hacer lo que fuera cuando se trataba de pasarla bien, tuviera o no dinero para solventar sus juergas.
En los años setenta, cada tanto sonaba y volvía a sonar el rumor de que alguien estaba por rodar una película basada en esta tira, con actores de carne y hueso. Y el candidato al papel protagónico era siempre Santiago Bal, que en el programa “Los Campanelli” ya había asumido el rol del hijo soltero de la familia, un tarambana que siempre llegaba tarde a la mesa del almuerzo dominical y hacía enojar a un padre cascarrabias, pero al que siempre lo salvaba una salida providencial que hacía reír a todos.
Aquel filme de Isidoro Cañones nunca se concretó y sólo hubo un largometraje de animación en la década pasada. Sin embargo, a Santiago Bal le caía tan bien ese sayo que terminó poniéndoselo, hasta que casi se lo devora el personaje. Casado con actrices y vedettes, miembro permanente de la farándula porteña, su rictus de atorrante se transformó en una mueca con el paso del tiempo y su constante aparición en la TV chimentera durante los últimos años, no contribuyó a mejorar esa imagen. Su muerte, ocurrida el lunes pasado a los 83 años, hiere gravemente a la leyenda del porteño embaucador de giles, a la que él ni siquiera pudo protagonizar en la pantalla grande.