El infierno vincular

En su película “Marriage Story” (disponible en Netflix), Noah Baumbach desnuda la crisis del estereotipo del amor romántico al apuntar contra las convenciones, los formalismos y las instituciones que ahogan la pasión, hasta transformarla en un manojo de celos y competencias desleales.

Por J.C. Maraddón
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Hay temáticas de las que uno podría pensar que ya se ha dicho todo, que ya no hay más vueltas de tuerca que darles ni aristas novedosas que encontrarles. Sin embargo, la dinámica social que estamos viviendo y los cambios que se verifican en la cosmovisión empiezan a forzar que se refloten antiguas cuestiones a las que los guionistas ya habían dejado de apelar, por considerar que se habían agotado todas las fórmulas de abordaje. Los nuevos enfoques de género, que Hollywood ha sabido promover de un tiempo a esta parte, brindan una nueva oportunidad a esos temas que habían sido archivados.
A esta altura de los acontecimientos, un ítem tan frecuentado desde “Kramer vs. Kramer” en adelante como el divorcio de una pareja, bien podría ser juzgado como algo que en la actualidad se asemeja más a un trámite que a un episodio trágico. Una antigualla que sólo admitiría ser reciclada para un filme que subraye especialmente la mirada femenina del asunto, o que haga foco en el matrimonio igualitario. Sólo de esa manera podría haber estado en condiciones de volver a la palestra, si nos ponemos en estrictos acerca de cómo ha mutado la sociedad en lo que va del siglo veintiuno.
Pero quien se ha atrevido a exprimir otra vez esa veta y sacarle un rédito inesperado es un hombre, el director Noah Baumbach, quien además enfoca su historia en el personaje masculino. Su largometraje “Marriage Story” (Historia de un matrimonio), producido por Netflix y estrenado en esa plataforma la semana pasada, bien podría haber sido filmado años atrás: una convivencia que se torna insostenible, dos carreras artísticas con aspiraciones que ya no coinciden y un niño en el medio cuya tenencia es el eje de la disputa, cuando sus padres resuelven que ya no vivirán bajo el mismo techo.
Actuaciones de enorme calibre, como la de los protagonistas Scarlett Johansson y Adam Driver, además de Laura Dern en el rol la abogada de ella, transforman a esta producción en una obra descollante, pero también hubieran sido factibles en otra época. La presencia de actores de semejante talla importa y mucho para llevar a destino un guion con mucho diálogo y frecuentes colapsos emocionales, pero no es algo que evidencie una actualización de aquellos remanidos retratos de crisis matrimoniales, donde los esposos entienden que ya no pueden continuar juntos y compiten para ver quién queda a cargo de la progenie.
Lo que dota de un carácter novedoso a esta película, que seguramente merecerá varias nominaciones de la Academia, es su impiadosa manera de exponer la debacle de un romance. Porque lo que ha caído en desgracia (entre otros factores, por la crítica que llega desde las perspectivas del feminismo y de la diversidad de género) es el prototipo del amor romántico, ese que sintetizaba todos los mandatos y que había sido instituido como el ideal que debía alcanzar cualquier joven en edad de merecer. Ese conjunto de dogmas carece hoy de la fuerza que supo ostentar; y “Marriage Story” da cuenta de esa degradación.
De hecho, Noah Baumbach no dispara contra el encanto del enamoramiento, ni contra la complicidad que se establece durante un periodo más o menos largo entre dos caracteres compatibles, ni mucho menos contra la ternura, el cariño, el afecto. Sus dardos apuntan contra las convenciones, contra los formalismos, contra los estereotipos y contra las instituciones que ahogan una pasión originalmente virtuosa, hasta transformarla en un manojo de celos y competencias desleales que derrapan y concluyen en desastre. Sólo por ese encuadre, “Marriage Story” justifica volver a introducirse en ese infierno vincular tantas veces revisitado por el cine.