El final de una maldición argentina

El maleficio resultó finalmente exorcizado. Y, el hecho que lo fuera en un contexto de especial dramatismo socioeconómico y turbulencias regionales lo hace aún más notable y digno de elogio. Bien por Macri, bien por Fernández; ambos acaban de obsequiar a la democracia argentina uno de los tributos más esquivos de los que se tengan memoria.

Por Pablo Esteban Dávila

Parece un logro módico, indigno de comentario alguno. Pero no lo es. Mauricio Macri acaba de entregar el poder a Alberto Fernández. Ambos fueron elegidos democráticamente; los dos son civiles. La gran diferencia es que el primero no es peronista. Hacía 81 años que esto no sucedía.
La última vez que un mandatario no peronista lo hizo fue en 1938, cuando el presidente Agustín P. Justo entregó el bastón y la banda presidencial a Roberto Marcelino Ortiz tras culminar con su período constitucional. El relevo se realizó dentro del oficialismo. Gobernaba el país una entente de conservadores, radicales antipersonalistas y socialistas independientes denominada la Concordancia. Juan Domingo Perón, por entonces, preparaba las valijas para una misión militar en Italia. Lejos estaba de suponer que, apenas seis años después, fundaría un movimiento político que cambiaría la Argentina para siempre.
Desde aquel hito fue imposible repetir algo que debería haber sido rutinario. La revolución filo fascista de 1943 derrocó al presidente Ramón S. Castillo (que había reemplazado a Ortiz) y, al cabo de tres años, Perón resultaba electo al frente de un inesperado frente laborista. Tras su reelección en 1951, nunca más un gobierno constitucional pudo terminar su mandato hasta 1983. La experiencia de José María Guido no cuenta (fue una astuta solución sui generis ante el derrocamiento de Arturo Frondizi en 1962), como así tampoco la de Héctor J. Cámpora en 1973, un presidente electo con el único propósito de renunciar.
Le cupo a Raúl Alfonsín inaugurar un período de normalidad democrática que pronto cumplirá las cuatro décadas. Todo el mundo le reconoce este mérito. Sin embargo, el carismático líder no pudo cumplir con los seis años que la Constitución le confería. Una crisis económica sin precedentes lo forzó a abandonar el gobierno seis meses antes. Lo sucedió el justicialista Carlos Menem quién, al lograr su reelección en 1995, fue el primer presidente civil en terminar su período luego de Perón a comienzos de los cincuenta.
El triunfo de Fernando de la Rúa en 1999 despertó otra vez el optimismo sistémico. Nuevamente un radical llegaba la presidencia por el voto popular y derrotando Eduardo Duhalde, proclamado candidato a desgano por el entonces oficialismo nacional. La alternancia política parecía posible luego del largo interregno de Menem. No obstante, la satisfacción duró poco. Transcurridos apenas dos años, De la Rúa tuvo que abandonar la Casa Rosada en medio de una feroz recesión y furiosas protestas sociales. El helicóptero alzando vuelo desde la azotea del palacio presidencial se convirtió, desde tal momento, en el símbolo de la maldición que parecía aquejar a los mandatarios no peronistas.
En otras épocas, el caos que sobrevino a la caída de De la Rúa hubiera motivado un golpe militar o prohijado la aparición de un salvador reclamando poderes extraordinarios. No fue este el caso. Tras una inédita sucesión de efímeros presidentes proporcionados por el Congreso (Chacho Álvarez, el vicepresidente de la Alianza, había renunciado incluso antes que el radical), Duhalde fue proclamado por la Asamblea Legislativa y se abocó eficazmente a solucionar la crisis. El suyo fue un gobierno de origen parlamentario, un remedio constitucional aplicado in extemis que, contra todo pronóstico, funcionó bien. Fue el primer indicio claro de que el sistema político argentino merecía algo más que desprecio y escepticismo por parte de la opinión pública.
La historia luego se antoja contemporánea. Néstor Kirchner derrotó a Menem en 2003 y entregó los atributos del mando cuatro años más tarde a su esposa, también peronista. Cristina, a su turno, logró la reelección y se continuó a sí misma hasta 2015, oportunidad en que Mauricio Macri doblegó a Daniel Scioli en el primer, y hasta ahora único, balotaje de la historia argentina. Esta vez era un liberal el que tomaba la posta al frente de una coalición variopinta y republicana.
Al momento de su asunción, prácticamente nadie dudaba de que la administración del exalcalde de Buenos Aires llegaría a feliz término. Tenía a su favor una exitosa gestión municipal, sólidos equipos técnico y cierta fama de infalibilidad en el arte de ganar elecciones. Hacia octubre de 2017 esta presunción parecía cumplirse al pie de la letra. El éxito oficialista en las legislativas de aquel año así lo dejaba entrever.
Resultó una alegría fugaz. En abril siguiente Macri tuvo que enfrentar una crisis económica que no estaba en sus cálculos y cuyo origen radicaba, básicamente, en errores propios. Las dificultades sobrevinientes fueron tan severas que muchos comenzaron a preguntarse si el líder de Cambiemos no era, acaso, el próximo en la lista de quienes no terminarían su gobierno.
Pero ni Macri se doblegó ni el sistema político se desentendió de su suerte. Nadie, ni siquiera el kirchnerismo más rancio, hizo nada para que el presidente abandonara el poder forzado por las circunstancias. El peronismo, lejos de desestabilizarlo, desplegó todas las señales a su alcance para convencer a propios y extraños de que sólo regresaría a la Casa Rosada cuando la Constitución así lo permitiese. También colaboró a este propósito el invariable ánimo del macrismo, que demostró una resiliencia digna de mejores resultados.
La combinación entre dos voluntades de poder -la de quienes no querían irse prematuramente y la de los que no querían llegar antes de tiempo- hizo posible el enorme logro institucional que significó ayer el abrazo entre el presidente saliente y el entrante en el preciso momento en que debía producirse. Ni un día antes ni uno después.
El maleficio resultó finalmente exorcizado. Y, el hecho que lo fuera en un contexto de especial dramatismo socioeconómico y turbulencias regionales lo hace aún más notable y digno de elogio. Bien por Macri, bien por Fernández; ambos acaban de obsequiar a la democracia argentina uno de los tributos más esquivos de los que se tengan memoria.