Cristina pone en riesgo las promesas de Alberto

El discurso de Fernández fue lo que se esperaba escuchar. Sin embargo, los gestos y acciones de su compañera de fórmula ponen en duda que pueda realizar su tarea de unir a los argentinos.

Por Javier Boher
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Finalmente entramos en el período a partir del cual se podrá llamar Presidente a Alberto Fernández y vicepresidenta a Cristina Fernández. Ya no hay que hablar de futuro cada vez que se haga referencia a ellos, como en “futuro presidente”, pero sí de electo, porque estar ejerciendo no le quita el haber llegado a través de las urnas.
El discurso del presidente fue lo que se puede esperar en una situación así. No fue un discurso disruptivo como el de Néstor Kirchner en 2003, que estableció un nuevo orden de prioridades políticas que habían estado ausentes durante alrededor de quince años. Los historiadores y politólogos se encargarán de determinar si honró los compromisos.
Fernández se encargó de remarcar los desafíos que hay por delante, en donde la economía se plantea como el mayor condicionante de la política. Sin financiamiento externo, con una inflación que impide emitir, con temor por parte de los sectores exportadores respecto a la imposición de nuevos tributos y una presión impositiva altísima que refuerza la imposibilidad de retocar lo existente, las posibilidades se reducen a un puñado de opciones que necesitan de acuerdos y consensos amplios, definiendo políticas de Estado.
Para ello remarcó la importancia de la relación con Brasil y la necesidad de fortalecer las bases productivas para exportar y conseguir dólares. Además marcó una agenda social de educación, salud y vivienda que podrían haber salido de la boca de cualquier dirigente nacional, expresiones vacías si no se las acompaña con políticas específicas.
Habló de la pauta a los medios de comunicación y la disolución de la Agencia Federal de Inteligencia, dos elementos importantísimos en las dos últimas décadas de la política argentina. Sin acceso a información fidedigna y bajo espionaje interno constante es muy difícil consolidar la democracia. Ambos elementos son centrales en lo que viene (y para los temores que tiene el sector que se inclinó por Mauricio Macri en octubre).
Todo se terminará de definir en los próximos meses, cuando se sepa efectivamente quién va a ejercer el liderazgo en el gobierno. Aunque todos coinciden en que Alberto no le disputará el poder a Cristina (por su eterno juego de operador, que le sienta mejor que el de conductor), todo se develará en el mientras tanto.
Lo que más preocupa, sin embargo, no son todas las bellas intenciones del presidente, sus declaraciones o sus gestos. Si no le disputa el liderazgo a Cristina, más temprano que tarde pondrá en jaque a su gobierno: la personalidad de la vicepresidenta (o, por qué no, su inestabilidad emocional) repele a un número elevado de argentinos.
Aunque esto puede matizarse porque alrededor del 35% del electorado es un voto duro cristinista, es demasiado bajo para navegar la profundización de la crisis que se ve hacia adelante: estar felices con el regreso (y militarlo con la intensidad que los caracteriza) no va a hacer que se llenen las heladeras.
Algunas cuestiones vinculadas a su personalidad y su accionar son desalentadoras. Por ejemplo, la decisión de correrle la cara a Macri al momento del saludo. Cuando el traspaso de la banda y el bastón entre el presidente saliente y el entrante, Cristina decidió dejar de aplaudir. El broche llegó con el cambio de lapicera para firmar las actas, negándose a compartirla con Macri.
Esos berrinches refrescan la negativa al traspaso en el ahora lejano 2015, situación sobre la que dio tres explicaciones distintas: en su libro dice que no podía mostrar imagen de que había sido vencida, entregándole el poder a un Macri; en la presentación de su libro dijo que él se había negado; hace dos días publicó una carta abierta en la que le echó la culpa a la justicia. Ni siquiera puede ser postverdad: al menos dos de esos relatos deben ser falsos.
A esta altura del partido, la única explicación más o menos sensata debe ser que la vicepresidenta tiene unos 14 años, llora en silencio por su amor no correspondido con Macri, mientras le escribe cartas en hojas tamaño rivadavia que perfuma y guarda en un libro de poemas de Juan Gelman. De otra manera no se puede entender que actúe de esa forma. Lo que agrava el cuadro, además, es la cantidad de gente que celebra esas chiquilinadas.
Gestos como los de ayer son una señal de que los conflictos entre la ex presidenta y los ciudadanos que no se sienten representados por su espacio se irán intensificando, en una profundización de la polarización que sólo podrá interrumpirse si el presidente decide imponerse a su compañera de fórmula y respetar las ideas fuerza de su discurso para unir a los argentinos.