La transición, la mejor cara del sistema político

Mañana la transición dará paso a un nuevo gobierno y, a partir de allí, cambiará el marco de análisis y muy probablemente los ejes de la discusión. Ya hay algunas pistas de lo que ocurrirá: la composición del gabinete fernandista, monolíticamente centralista y con un carácter antiliberal, presagia decisiones más cercanas a los Kirchner que a Carlos Menem.

Por Pablo Esteban Dávila

La transición presidencial argentina es un hecho sorprendente. Dejando de lado el siempre bucólico ejemplo uruguayo, ha resultado ser un proceso signado por la tranquilidad política y una relativa estabilidad económica, al menos si se consideran los caóticos meses posteriores a las PASO.
Es un tanto paradójico que esto sea así, especialmente si se considera el contexto regional. Objetivamente, la Argentina es el país con mayores dificultades macroeconómicas, con una inflación altísima, un PBI estancado desde hace años y una crisis social de magnitudes.
Al compararse su desempeño con el resto de Latinoamérica -salvo el trágico caso venezolano- prácticamente todos sus indicadores son negativos. Sin embargo, países paradigmáticos por su progreso, tales como Chile o Bolivia, se encuentran inmersos en complejas crisis políticas, mientras que Ecuador vive un agudo conflicto social y Colombia se encuentra inmersa en una ola de protestas sin precedentes.
Seis meses atrás, cualquier observador hubiera predicho (y nadie, por cierto, lo hubiera desmentido) de que sería Argentina y no sus vecinos la que tendría severos problemas de gobernabilidad. El categórico triunfo del Frente de Todos en las PASO y el pánico subsiguiente en los mercados hacían prever lo peor, esto es, que el gobierno de Mauricio Macri no pudiera contener la marea de desconfianza que se abatía sobre el país. En aquel contexto, las especulaciones sobre su real capacidad para permanecer en el cargo arreciaron por varias semanas.
Esto no sucedió. Aunque los problemas continuaron, de alguna manera tanto la Casa Rosada como la entonces oposición lograron inyectar convenientes dosis de confianza sobre que las aguas no saldrían de su cauce. Colaboró, en alguna medida, la renovada confianza del macrismo en forzar un balotaje pese a la mala cosecha de agosto y las subsiguientes movilizaciones en torno a la fórmula Macri – Pichetto. Estos impensados baños de multitudes obraron el milagro de morigerar las expectativas sobre la inevitabilidad del triunfo del ticket Fernández – Fernández y conceder más tiempo al oficialismo.
De cualquier manera las cartas estaban echadas y el peronismo terminó imponiéndose sin segunda vuelta, no obstante que por una cifra mucho menor a la que se esperaba. El presidente reaccionó en forma condigna: invitó a desayunar a su sucesor en la sede del gobierno nacional y se comprometió a una transición ordenada y de buena fe. Alberto Fernández no le fue en zaga: aceptó rápidamente el ofrecimiento y nominó a parte de su equipo para que iniciara el proceso. Fue un ejemplo de lo que debe hacerse en cualquier país maduro y una clara señal de tranquilidad hacia el país.
No importó mucho que, después de aquel promisorio comienzo, nadie tocara las puertas de la Casa Rosada invocando al presidente electo. Preocupados, los ministros nacionales hicieron saber que, habiendo preparado la información requerida, las carpetas todavía esperaban que sus destinatarios las reclamasen. El análisis del estado de la Nación realizado por el peronismo, aparentemente, terminó siendo más importante que las pruebas concretas de la situación previamente diagnosticada.
Podría denominarse a esto dogmatismo, pero debe reconocerse que la escenografía de la transición fue mucho más efectiva que la transición en sí. La política es representación y, en tal sentido, tanto Macri como Fernández se desempeñaron como actores consumados. Ni siquiera los redivivos malos modales de la vicepresidenta electa lograron apartarlos del libreto. Fue una buena estrategia, convenientemente ratificada por la decisión del actual presidente de entregar los atributos del mando allí donde su sucesor lo deseara e independientemente de sus propias ideas.
También debe agregarse un componente, si se quiere estructural, que colabora a explicar la paz que se pondera. El peronismo victorioso asegura una red de contención de las expectativas que, al menos en un inicio, funciona como un antídoto frente a las crisis. Basta que un presidente del palo se apreste a asumir su mandato para que la CGT, la mayoría de los movimientos sociales o de los gobernadores se apresuren a decir que “hay que poner el hombro” o que “no es momento para más reclamos” y otras muletillas por el estilo, del tipo que jamás le habrían concedido a un mandatario de diferente signo político. Como se advierte, el sistema político argentino, aunque costoso, tiene algunas ventajas especialmente benéficas cuando se viven momentos aciagos.
Ni Chile ni Bolivia cuentan con este crédito. En ambos países las estructuras de mediación entre el poder del Estado y la sociedad son débiles o inexistentes. Es esta la razón por la cual el presidente Piñera, en el caso chileno, se las ve en figurillas para desarmar manifestaciones que, en esencia, reclaman por cualquier cosa; simplemente, no tiene interlocutores con quienes acordar algún mínimo programa de acción. En la Argentina quizá sobren pero esto, al menos, colabora para que el descontento social no se transforme en una catástrofe política.
El peronismo tampoco ha puesto muchos palos en la rueda, ni en los últimos meses ni durante el núcleo de la gestión macrista. Casi todas las leyes que necesitó el gobierno de Cambiemos fueron sancionadas por el Congreso y, en general, aun las posiciones más críticas de la posición estuvieron dentro de un marco de razonable disenso republicano. Siempre se podrá ironizar sobre lo sumisos que fueron los gobernadores del PJ con Cristina Fernández y lo belicosos que resultaron al final del mandato de Macri, pero esto pertenece al universo de la relatividad política. Como se sabe, estos asuntos finalmente se zanjaron con fondos públicos y no con agravios, lo que no deja de ser un progreso.
Mañana la transición dará paso a un nuevo gobierno y, a partir de allí, cambiará el marco de análisis y muy probablemente los ejes de la discusión. Ya hay algunas pistas de lo que ocurrirá: la composición del gabinete fernandista, monolíticamente centralista y con un carácter antiliberal, presagia decisiones más cercanas a los Kirchner que a Carlos Menem. Pero será necesario esperar para sacar conclusiones. Los primeros 100 días de la nueva gestión demandan prudencia en los pronósticos.
La asunción de Fernández coincidirá con la reasunción del gobernador Juan Schiaretti. En su caso, será un trámite dilatado desde mayo pasado. No habrá muchos cambios en cuanto a su equipo, toda vez que el gabinete reincidirá en la mayoría de sus nombres y profundizará su perfil ejecutivo. No obstante, se adivina que estará indefectiblemente signado por un horizonte de estrechez y una relación compleja con la nueva administración nacional. El temperamento que, en lo sucesivo y por tal razón, adoptará el gobernador en esta etapa será diferente al desplegado en los últimos años.
Finalmente, y en la ciudad de Córdoba, Martín Llaryora marcará el regreso del peronismo al Palacio 6 de julio después de 46 años. Lo hará después de haber protagonizado una transición confusa con Ramón Mestre y tras retirarse con alguna sobreactuación de la mesa establecida al efecto. Pese a ello, no existe una situación de tensión insalvable entre la administración que se va y la que llega. Amén de los escarceos, todos los involucrados en el proceso son gente del sistema y no consideran lo sucedido como un casus bellis que pudiera empañar el desembarco del sanfrancisqueño y sus colaboradores. Muy lejos de este escenario se encuentra el penoso antecedente del inefable Luis Juez, quién prefirió optar por la leyenda a la responsabilidad allá por diciembre de 2003, cuando decidió recibir la municipalidad a manos de un escribano y no de Germán Kammerath, su legítimo antecesor en el cargo.
Sea la transición en la Nación, la provincia de Córdoba o en el municipio capitalino, bueno es comprobar que la Argentina muestra su mejor rostro político a pesar de sus severas dificultades económicas y los problemas regionales. Siempre es alentador comenzar de esta manera.