Informe del Visitador de Correos, 1771 (Primera Parte)

Alonso Carrió de La Vandera fue funcionario de la corona española en el Virreinato del Perú, tras residir en México diez años. Su libro “Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima” describe en detalle ese camino, cuando era flamante comisionado de postas.

Por Víctor Ramés
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En “El Lazarillo de Ciegos Caminantes” editado en 1773 en Gijon, figura como autor Calixto Bustamante Carlos Inca, alias Concolorcorvo”.

Publicado en Gijón (ciudad natal de La Vandera) en 1773, el Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima ofrece una excelente ocasión de “meterse” en la historia y acompañar al autor en su inspección como Visitador de Correos, a través de un documento de primera mano cuyo foco de interés, en nuestro caso, es el tramo cordobés -quizá no el más rico del libro- próximo a la creación del Virreinato.
El “Lazarillo” en sí es una colección de elementos: literatura, informe, descripción de paisajes rurales y urbanos. Reúne relatos, costumbres, chismes, diálogos y consejos a viajeros. Mediante una estrategia entre realidad y ficción, el autor encubrió su identidad en la portada del libro. Alonso Carrió de La Vandera viajó durante diez meses, desde Buenos Aires hasta el Potosí, acompañado por su amanuense local Calixto Bustamante. Curiosamente, es el nombre de éste el que figura como autor en la edición de 1773, lo que llevó a errores de atribución de la autoría: ¿Era el indio quien escribía, o el blanco-europeo-superior? Hoy se admite prácticamente sin dudas que Carrió de La Vandera fue su autor.
A poco de ingresar en territorio cordobés, la descripción se entreteje con las leyendas:
“Así como a la India Muerta y al Fraile Muerto se dice comúnmente porque algún tigre mata a una india o a un fraile, se dice también que la Cabeza del Tigre es porque un hombre mató a una fiera de este nombre y clavó su cabeza en aquel sitio. El Saladillo de Ruy Díaz, y que comprende a todos los Saladillos, se dice porque siendo comúnmente las aguas algo saladas, se hacen mucho más las que en las avenidas se quedan remansadas en algunos bajos de arena salitrosa que, aunque corran en tiempo de lluvia, siempre mantienen un amargo fastidioso. Igualmente se dicen Esquinas a aquellos sitios bajos por donde el río se extiende más y no hay bajada perpendicular para vadearlos, como las del Castillo y de Colman. Es opinión común que esta voz de Colman fue apellido de un inglés tan valeroso que, habiendo perdido un brazo en un combate, y después de haberse curado, continuó sirviendo con uno solo contra los indios, manejando la lanza y alfanje con el mismo denuedo y asombro de amigos y enemigos.”
El “Lazarillo” aporta con precisión lo que le espera al viajero en cada parada para cambiar caballos, y las providencias a las que debía atender. La siguiente cita nos aproxima un poco más a la orilla del río Tercero:
“Antes de pasar a la banda oriental del río, procurarán los caminantes a la ligera llevar alguna prevención de agua para una repentina necesidad, pues aunque está el río próximo, sólo en las esquinas o pasos tiene fácil descenso, y sin embargo de que a la parte occidental y muy cerca del camino real se presentan algunas lagunas que forman las lluvias, no se puede sacar agua de ellas porque en toda la circunferencia, y en más de cuatro varas, hay grandísimos atolladeros que causan la multitud de ganados que beben en ellas. Todas las casas, aunque estén muy próximas al río, tienen sus pozos, sin más artificio que una excavación y un bajo pretil de adobes. Los cubos con que se saca el agua son de cuero crudo, que causa fastidio verlos, pero el agua es más fría y cristalina que la del río.
Los Puestos de Ferreyra se dicen así porque en un llano de bastante extensión tiene su casa y varios ranchos un hacendado de este apellido, llamado don Juan, a quien se estaba disputando la posesión. El sitio de Ampira, hacienda y tierras propias del sargento mayor don Juan Antonio Fernández, tiene varios manantiales de agua perenne, dulce y cristalina, con muchos bosquecillos muy espesos y agradables a la vista, de que es maestro de postas su hijo don Juan José Fernández, con beneplácito de su padre. Tiene buenas casas y el sitio convida a que los pasajeros se desahoguen y descansen de sus fatigas.”
Aproximándose sin pausa hacia Córdoba, otra pincelada del tramo ilumina la zona que atraviesan los viajeros:
“Desde dicho sitio se empieza a perder de vista el río Tercero y a las cinco leguas se presenta el río Segundo, caudaloso y de las más cristalinas y mejores aguas de todo el Tucumán. Su pasaje está a las orillas de una capilla, con algunas casas en donde se pueden proveer los caminantes y correos de algunos bastimentos y agua hasta Córdoba, porque el río se deja a la parte occidental, muy distante del camino, que es de nueve leguas hasta dicha ciudad”
Tras llegar a la capital cordobesa, hace Carrió el siguiente cuadro y su correspondiente reflexión:
“La ciudad es casi cuadrada, con siete iglesias, incluso la plaza mayor, a donde está la catedral, que tiene una perspectiva irregular porque las dos torres que tiene a los dos cantos de la fachada no exceden en altura a la media naranja. El tamaño de la iglesia es suficiente. Su pobre y escaso adorno, y aun la falta de muchas cosas esenciales, manifiestan las limitadas rentas del obispo y capitulares, que acaso no tendrán lo suficiente para una honesta decencia.
Es digno de reparo que una provincia tan dilatada y en que se comercian todos los años más de seiscientos mil pesos en mulas y vacas, con gran utilidad de tratantes y dueños de potreros, estén las iglesias tan indecentes que causa irreverencia entrar en ellas, considerando por otra parte a los señores tucumanes, principalmente de Córdoba y Salta, tan generosos que tocan en pródigos viendo con sus ojos casi anualmente las iglesias de los indios de Potosí al Cuzco tan adornadas, que causa complacencia ver el esfuerzo que hacen unos miserables para engrandecer al Señor con los actos exteriores, que excitan mucho a la contemplación y dan materia a los españoles para que le den gracias y se congratulen de la feliz conquista que han hecho sus antepasados. (…) A un lado de la catedral está la casa del Cabildo secular, que por su humilde fábrica manifiesta su antigüedad.
En lo demás de la ciudad hay muchas casas buenas y fuertes y, aunque son pocas las que tienen altos, son muy elevados los techos de las bajas y las piezas suficientemente proporcionadas.”