Vida siempre

El miércoles pasado, como cierre del ciclo Flashbook, se realizó una charla a propósito del décimo aniversario del concierto de las Bandas Eternas, con la presencia del fotógrafo oficial de ese espectáculo que brindó Luis Alberto Spinetta en 2009 en la cancha de Vélez Sársfield.

Por J.C. Maraddón
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El pensamiento religioso se remonta a los albores de la historia y, si bien fue estructurado e institucionalizado por los distintos credos que vinieron después (muchos de los cuales todavía subsisten), en su trasfondo aún es posible encontrar los rastros de aquellos cultos antiguos. Según las conclusiones a las que arribaron los estudiosos que dedicaron su vida a analizar esos fenómenos, aquellos rituales intentaban dar respuestas a los interrogantes que han afligido a la humanidad desde siempre, como encontrar una razón por la cual estamos vivos y averiguar qué ocurre (si es que sucede algo) después de la muerte.
Esta última cuestión fue resuelta por los primitivos agricultores de un modo muy simple, a través de la metáfora de lo que acontece en el mundo vegetal: antes de que una planta desaparezca, ha esparcido sus semillas en la tierra, de las cuales volverá emerger y así sucesivamente. Este proceso natural dio lugar a mitos como los de la reencarnación o la resurrección, que son habituales en las creencias de las religiones más extendidas y que, bajo diversas interpretaciones, desde hace milenios brindan respuestas tranquilizadoras a esas almas preocupadas por la mera posibilidad de que, tras el fallecimiento, sobrevenga la nada misma.
Pero muchas de estas verdades reveladas, que en su origen tenían bastante de superstición, subyacen no solo bajo las enseñanzas de las doctrinas de fe, sino también en las reflexiones paganas, que de forma casi inadvertida replican ideas provenientes de ese inconsciente colectivo ritualista. Con sólo detenerse a analizar un momento las afirmaciones públicas o privadas que realizamos o escuchamos a diario, detectaremos que están impregnadas de una retórica con reminiscencias de los textos sagrados, aunque hayan sido pronunciadas en ámbitos que aparentan ser contrapuestos a todo lo que tenga que ver con templos y pastores de cualquier jerarquía eclesiástica.
En el rock, que partió desde una vocación ligada más al entretenimiento que a cualquier otra cosa, es muy sencillo señalar el uso de estos tics, una práctica que ya hemos emprendido otras veces desde esta columna. Tanto en la cultura como en el lenguaje del rock, aparecen vocablos y conductas que se superponen con los de cualquier culto a una divinidad, por más que ese movimiento musical haya cobijado en su mayoría a gente alejada del espíritu religioso. Quienes son objeto de veneración, en este caso, son los propios músicos, a los que muchas veces se adjudican milagros, que justifican la necesidad de que se los adule sin límites.
El miércoles pasado, como cierre del ciclo Flashbook, se realizó una charla a propósito del décimo aniversario del llamado Concierto de las Bandas Eternas, un recital que brindó Luis Alberto Spinetta en 2009 en la cancha de Vélez Sársfield, donde rememoró canciones y formaciones de toda su carrera, a lo largo de más de cinco horas. Como parte de un selecto panel de expositores, estuvo como invitado especial Hernán Dardick, un fotógrafo que, tocado por la varita mágica del Flaco, tuvo a su cargo la responsabilidad de registrar en imágenes aquella inolvidable noche.
Desde una humildad conmovedora, Dardick relató cómo llegó hasta Spinetta por una vía fortuita. Y no ahorró detalles al confesar que ese héroe musical, fallecido en febrero de 2012, se seguía manifestando en cada instancia de su vida. “Seguro que él está acá ahora, entre nosotros”, afirmó en un pasaje de su testimonio, mientras el auditorio lo escuchaba con un nudo en la garganta. Pareciera que, ante la fatalidad de la desaparición física, seguimos sintiéndonos tan impotentes como nuestros antepasados. Y, tal vez, por ese motivo, sostener que la vida continúa de maneras insondables nos resulta imprescindible.