Fernández, restauración sin moderación

Atención moderados: Alberto Fernández no pertenece al club de la mesura. Después de las elecciones ha comenzado a mostrar quién es realmente. Y no parece ser otra cosa que un retoño del kirchnerismo más auténtico.

Por Pablo Esteban Dávila

Atención moderados: Alberto Fernández no pertenece al club de la mesura. Después de las elecciones ha comenzado a mostrar quién es realmente. Y no parece ser otra cosa que un retoño del kirchnerismo más auténtico.
Repásese una vez más de cómo llego al poder. Cristina Fernández (la verdadera dueña de los votos) lo puso a la cabeza de la fórmula que ella también integraría con un tuit. La jugada fue genial y le salió bien: Fernández, quién nunca ganó una elección ni gobernó nada, es el inminente presidente de los argentinos.
Su éxito resultó en una combinación de dos factores. El primero, la unidad peronista en torno a un candidato sin los reparos que generaba la expresidenta; el segundo, una pátina de moderación personal que contrastaba vivamente con la beligerancia de los K. A pocos días de asumir, ambos supuestos parecen ser parte de un monumental engaño.
El gabinete que anunciará hoy es una prueba de ello. Ninguno de sus ministros le fue propuesto por los gobernadores que con tanta candidez lo apoyaron. Por el contrario, la mayoría responde al molde K, esto es, supuestos progresistas de corte antiliberal. No es el equipo de alguien que apueste a gobernar en forma diferente de lo que lo hicieron los Kirchner; de hecho, Cristina podría haber presentado absolutamente el mismo.
Tampoco está equilibrado geográficamente. Casi no hay gente del interior entre ellos. Es un gabinete que refleja las raíces territoriales del Frente de Todos, con fuerte presencia bonaerense y de la Capital Federal. Y no es que Mauricio Macri se haya destacado, precisamente, por la procedencia de sus colaborares pero, al lado del que anunciará el presidente electo, el que todavía permanece en funciones es un dechado de federalismo.
Es, precisamente, el tema del interior un asunto que amanecerá complicado para Fernández, especialmente en las provincias que votaron por Macri. Si, como todo indica, procederá a incrementar las retenciones a las exportaciones agropecuarias, puede que un nuevo conato de rebeldía fiscal se asome a lo largo y ancho de la pampa húmeda, al estilo de la Resolución 125. Y, para contenerlo, difícilmente ayude el perfil del nuevo ministro de Agricultura, el formoseño Luis Basterra, aparentemente lejano a los intereses de los productores.
Las retenciones pueden que sean un rumbo de colisión, pero la relación con Córdoba ya lo es, habida cuenta las últimas declaraciones de Fernández. ¿En qué quedaron aquellas muletillas sobre que no repetiría los errores de Cristina en su relación con la provincia? Resulta que ahora descubre que aquí “que los cordobeses no creen en el peronismo” y que el justicialismo que la gobierna se “se identifica con algo que llaman ‘cordobesismo’, pero que oculta mucho su condición peronista”, como si José Manuel de la Sota o Juan Schiaretti fueran marcianos que abdujeron el sello partidario, lavándoles la cabeza a propios y extraños. No es, si se quiere, la mejor relación inaugural con el distrito más resistente al Frente de Todos.
Otro aspecto que desmiente la moderación que dijo tener es su relación con la opinión pública. Alberto aparentar estar siempre enojado, a la defensiva. Sus motivos de irritación son los típicos de la camarilla nacional y popular: la prensa de los grupos hegemónicos, el lawfare, los jueces federales y el imperialismo; cualquier cosa viene bien para sacar el látigo. Es difícil de creer que este talante vaya a endulzarse en medio de las tensiones a las que lo someterá el gobierno y la delicada situación económica que vive el país. Probablemente ocurra todo lo contrario.
Está claro que, en las vísperas de su mandato, ya se vive una especie de restauración del régimen que gobernó hasta 2015. Aunque se niegue enfáticamente, resulta inevitable asociar la preponderancia de la expresidenta en el Congreso sobre el gabinete a punto de desvelarse. Tampoco son neutras las enfáticas posiciones de Alberto sobre los presos K, no obstante que, técnicamente, algunas pudieran ser correctas. Son todos indicios de que la política que se viene será de alta tensión, bien lejos de cualquier intento de cerrar la grieta abierta hace ya tantos años.
Por supuesto que, al menos como una cortesía republicana, primero el presidente electo debe asumir y tomar sus decisiones para luego poder juzgar sus intenciones y sus logros. Esto le es debido, incluso por sus críticos. No obstante debería tomar nota que, más allá del fuego revolucionario de sus ministros y de sus propias ensoñaciones, existen condicionantes que pronostican una mecha corta. La crisis económica, la imposibilidad de acceder a financiamiento barato, el delicado equilibrio de la matriz energética y el indomable gasto público son amenazas que lo aguardan a la vuelta de la esquina y que limitarán la posibilidad de dar buenas noticias, del tipo que adoran los populistas.
Además, es posible constatar que los sectores no kirchneristas no están dispuestos a permanecer en sus casas ante previsibles excesos del gobierno. Hace ya rato que la calle ha dejado de pertenecer en exclusividad al peronismo o los “movimientos sociales” -el desafío de la clase media se ha hecho ver en múltiples ocasiones- y la oposición, esta vez, no estará fragmentada como en las épocas de Néstor y Cristina, al menos en un primer momento. También debería sugerir contención el hecho de que Macri, a diferencia de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa, efectivamente concluirá su mandato, terminando con la maldición de que sólo los peronistas podían hacerlo.
Esto significa que la restauración que propone Fernández tendrá límites precisos si es que, en definitiva, decide avanzar por los caminos ya fatigados por su mentora. ¿Lo hará realmente? No queda nada para descubrirlo pero, dígase una vez más, las señales a disposición de cualquiera están lejos de presagiar algo diferente a lo ya se conoce.