Revisitando el cordobesismo para los albertistas

Las expresiones de Alberto Fernández a C5N dejan en claro que fuera de nuestras fronteras todavía tienen problemas para entendernos. Vaya una nueva explicación para los distraídos.

Por Javier Boher
[email protected]

Hace muchos años, hablando sobre la rudeza de un equipo de rugby de Buenos Aires (habitualmente asociados al juego vistoso en lugar del de contacto), algún cordobés me dijo que el error de los provincianos era creer que los porteños no se la bancaban por preferir no jugarlo.
“Uno puede elegir no dar la pelea, y si el otro acepta, el juego es vistoso para todos. Ahora bien, si uno no quiere, pero el otro sí, entonces no sólo hay que dar la pelea: también hay que ganarla”. Los cordobeses suelen elegir no dar la pelea, pero si se la proponen no la esquivan.
Alberto Fernández no encuentra la sintonía para entrar a los hogares cordobeses. Ya que el juego de seducción ha sido poco efectivo, todo parece indicar que apostará por volver a tensar la cuerda con la provincia, proponiendo el contacto y la rudeza al distrito más antkirchnerista del país.
En una entrevista concedida al canal C5N, con nuestro autóctono Tomás Méndez haciéndole de puerta de entrada, el próximo presidente respondió a lo que interpreta de la obstinación de los cordobeses que no quieren dar el brazo a torcer ante las promesas kirchneristas. Su desarrollo fue sesgado e inexacto, casi como el de los romanos que intentaban explicar las formas de la irreductible aldea gala de Ásterix y Óbelix.
“Córdoba tiene históricamente una posición muy reactiva al peronismo, ¿no? Fue punto de origen de la Revolución Libertadora, entre otras cosas”. Linda forma de hacer elipsis a la historia: “otras cosas”, entre las que están la Reforma Universitaria (que debería conocer en su rol de docente de dicho nivel) o el Cordobazo (que tampoco debería serle indiferente cada vez que dice representar un espacio político para los trabajadores, emocionándose ante el auditorio de la CGT). Son quizás los dos episodios que más orgullo despiertan en los cordobeses.
“Durante muchos años gobernó el radicalismo, y el radicalismo menos progresista que ha habido”. Esta es sin dudas muy interesante, porque el radicalismo menos progresista fue el mismo que consiguió que Illia sea presidente y toque ciertos intereses que lo hicieron irse rápido. Es el de un Angeloz que propuso liberalismo cuando fue candidato a presidente, pero mantuvo intacto el rol del Estado cuando gobernador. Es el de Martí y Mestre padre, que cambiaron la cara de la capital.
“Y el mismo peronismo que gobierna es un peronismo que se identifica con algo que llaman cordobesismo. Pero que oculta mucho su condición peronista”. No lo hace, simplemente el peronismo cordobés no es como su contraparte conurbanita o norteña, sino una versión a la medida de la provincia.
El peronismo cordobés sabe interpretar la voluntad del pueblo que gobierna, por eso erigió una versión más institucionalista y prolija que la que se ve en otras latitudes. Tal vez eso le valió hacer la mejor elección de su historia hace siete meses, sin renegar de su pertenencia.
“Córdoba no deja de tener los problemas que tiene toda la Argentina”, sobre lo cual hay poco para discutir. “Sigue necesitando del auxilio del Estado nacional para poder pagarles a sus jubilados, porque no puede pagarles por sí misma” y “tiene un endeudamiento en dólares muy fuerte, al que probablemente no pueda hacerle frente por sí sola”. Córdoba representa el 13% de las exportaciones que ingresan dólares a Argentina, pero sólo recibe alrededor del 8% de coparticipación. Probablemente eso tenga algo que ver.
“Córdoba tiene otros problemas, sin ninguna duda. Tiene en sus plantas automotrices gente suspendida. Tiene empresas de motocicletas que han cerrado, porque dejan de fabricarse, pero cuando uno ve todas esas cosas se da cuenta de que a Córdoba le pasa más o menos lo mismo que le pasa a toda la Argentina”. De nuevo, esto es inobjetable. Ahora bien, quizás acá se prefieren otras formas de resolver los problemas, no el cartón pintado de Cristina y sus camporitos.
“Pero pasa que los cordobeses no creen en el peronismo, les cuesta creer. Y no sé, tal vez nosotros habremos hecho algo mal, por lo cual ellos no creen, no lo sé”. No es el peronismo, Alberto, es Cristina. Por las dudas no recuerde, lo que hicieron mal fue no mandar gendarmería en diciembre de 2013. Ahí anularon toda posibilidad de acercamiento.
“Yo voy a hacer todo el esfuerzo para que Córdoba entienda que yo no soy un ladrón, que no voy a dejar que roben y que lo que quiero es que la Argentina se ponga de pie, incluyéndola a Córdoba”. Respecto a lo segundo, los cordobeses quieren lo mismo.
“Que entiendan que podemos hacer otro país, simplemente”. Córdoba no quiere hacer otro país. Córdoba quiere ser Córdoba, respetada en su autonomía. Los que no entienden eso son los que esperan que acá se agache la cabeza como en el resto de los territorios nacionales a los que se doma con látigo y chequera.
En los años de la austeridad forzada por el cristinismo más duro, los cordobeses aprendieron de De la Sota que acá “no peleamos por pelear, peleamos por Córdoba”. Porque aprendimos por las malas que cuando te proponen la pelea no alcanza con darla: también hay que ganarla.