Bienvenida ignorancia

En una entrevista televisiva, la cantante Billie Eilish, quien tiene apenas 17 años de edad, dijo desconocer al grupo Van Halen, una ignorancia que fue condenada con alevosía por parte de los defensores del apotegma que reza desde el fondo de la historia: “Larga vida al rocanrol”.

Por J.C. Maraddón
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Las primeras camadas de músicos de rock tenían la sensación de estar inventando algo nuevo, algo completamente diferente a todo lo que se había escuchado antes de que ese género hiciera su arribo. Por eso, se jactaban de desconocer lo que había ocurrido en el pasado, a pesar de que abrevaban en fuentes de un estilo tan antiguo como el blues. Parecía como si la historia se hubiera empezado a escribir a partir de “Rock Around The Clock” o del suceso de Elvis Presley. Como si nada se le debiera a quienes habían habitado el panorama musical antes de los años cincuenta.
Fue una ruptura muy abrupta, que separó de forma tajante los gustos generacionales. Los adultos rechazaron sin remilgos a ese nuevo ritmo que se regodeaba en su omnipotencia, en tanto los jóvenes lo adoptaron como propio y lo bailaron con frenesí, contentos de que por fin alguien pensara en complacer sus necesidades de esparcimiento. Ambas posturas se radicalizaron hasta volverse irreconciliables, un enfrentamiento que arrancó en el arte pero que se trasladó luego a la sociedad en su conjunto, con el Mayo Francés como máxima expresión de un empoderamiento juvenil que confrontaba a la dictadura del status quo.
Diez años después, cuando desde la cima de la popularidad los rockeros ya habían bajado sus banderas de renovación, vinieron los punks e instaron a empezar de cero otra vez. Aunque conocían a la perfección quiénes habían sido sus predecesores, los abominaban públicamente y se negaban a heredar el movimiento que aquellos habían originado. Sólo algunos héroes del rockabilly y unas pocas bandas de garaje se salvaban de la tábula rasa que proponía la punkitud, para terminar de una vez por todas con ese pomposo modus vivendi en que se habían involucrado los mismos que en los sesenta apenas podían disimular su condición de marginales.
Pero el punk también caducó (y de manera precoz), para dejar paso a una voracidad comercial inédita que en la década del ochenta encumbró al pop y al rock como líderes del mercado. Fue ese el momento en que comenzó a evidenciarse una estructura de consagración musical que consistía en refritar lo mejor de lo que ya habían hecho otros, con la ayuda de arreglos novedosos o de artilugios tecnológicos. Nunca más hubo chance de descartar o negar el pasado sonoro, porque se trataba justamente de la cantera desde la que se extraía la materia prima para confeccionar un futuro hit.
Tal vez por esa rutina de funcionamiento que ya lleva casi cuarenta años de vigencia, lo que se entronizó fue una gerontocracia rockera a la que se debía rendir honores para justificar luego que se exprimiera su legado en busca de sacarle un poco más de jugo. Y allí es donde entra a tallar la desfachatez de la cantante Billie Eilish, quien en una entrevista televisiva dijo no conocer al grupo Van Halen, ignorancia que fue condenada con alevosía por parte de los defensores del apotegma que reza desde el fondo de la historia: “Larga vida al rocanrol”.
Con apenas 17 años, Eilish es la estrella del momento y su palabra tiene una repercusión amplificada, sobre todo en el océano de las redes sociales. Más allá de que su estilo no tiene nada que ver con el de la antigua banda ochentosa de hard rock, que la joven promesa no registre la trascendencia de Van halen dentro de la genealogía rockera, es un dato llamativo en estos tiempos de tributos infinitos. Quizás ella sienta que su aporte no tiene nada que ver con ese linaje que arrancó hace más de medio siglo. Y por eso, su exabrupto suena más esperanzador que indignante.