El tango pop

Con la ayuda del poeta Horacio Ferrer y la voz de la cantante Amelita Baltar, hace 50 años Piazzolla sorprendió a todos al lanzar un simple que tenía dos composiciones nuevas en formato de canción: de un lado, “Chiquilín de Bachín”, y del otro, la que más polémica traería, “Balada para un loco”.

Por J.C. Maraddón
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Siempre se ha considerado al tango como un género típico de la Argentina, un sello identitario lo suficientemente fuerte como para representarnos en todo el mundo, por más que su origen y su epicentro hayan tenido lugar en la ciudad de Buenos Aires. Pero más allá de esos preconceptos, en la composición química tanguera se pueden rastrear orígenes de todo tipo. Como por ejemplo, las huellas que se remontan al continente africano, de donde provienen (según algunos) las palabras “tango” y “milonga”, que con el correr del tiempo pasaron a ser consideradas como la esencia del ser nacional y, por añadidura, como núcleo del ADN porteño.
En su evolución, la música ciudadana trascendió más allá de los piringundines arrabaleros donde se lo bailaba de manera clandestina, para ingresar en salones donde se requería de una instrumentación más estruendosa que la de las guitarras y el bandoneón. Fue en ese momento que empezaron a tomar forma las orquestas, cuyo esplendor dominaría la edad dorada del tango, entre los años cuarenta y cincuenta, no tan casualmente en consonancia con las grandes formaciones orquestales del jazz. Tanto en unas como en otras, comenzaron a lucirse las voces de los crooners allá en el norte, y de los cantantes aquí entre nosotros.
Astor Piazzolla, que inició su carrera como integrante de una de las orquestas mejor catalogadas, la de Aníbal Troilo, fue el primero que avizoró un horizonte estrecho para el dos por cuatro si no se practicaban modificaciones en el género que ayudaran a estilizarlo y a encaminarlo de acuerdo al rumbo que señalaba el contexto internacional. Con sus arreglos de alto vuelo, el bandoneonista logró ganarse la predilección de los europeos, pero al mismo tiempo cosechó el odio enconado de los tradicionalistas locales, que le adjudicaban a esta aventura un carácter extranjerizante y lo equiparaban a una traición a las raíces.
En perspectiva, hoy suenan insólitos estos calificativos, sobre todo si se tiene en cuenta que el propio tango contaba con elementos para nada autóctonos. Además, la tracción de Piazzolla podía fomentar la exportación de la troupe tanguera, tal como había ocurrido a comienzos de los años treinta con Carlos Gardel. Pero la actitud recalcitrante de la mayoría pudo más, y terminó fortalecida la vieja guardia, que finalmente se vería obligada a ceder terreno cuando el fenómeno del rock arribara a este lejano sur, primero bajo el manto de la nueva ola y después ya como un movimiento con juego propio.
En 1969, el mismo año en que Almendra y Manal estaban grabando su debut discográfico, Astor Piazzolla iba a emprender su mayor aventura en la búsqueda de unir el destino del tango al de la música pop, que se aprestaba a marcar el pulso de la industria discográfica. Con la ayuda del poeta Horacio Ferrer y la voz de la cantante Amelita Baltar, Piazzolla sorprendió a todos al grabar un simple que tenía dos composiciones nuevas en formato de canción: de un lado, “Chiquilín de Bachín”, y del otro, la que más polémica traería, “Balada para un loco”.
Hace pocos días se cumplieron 50 años de ese lanzamiento discográfico que cerraría de una vez y para siempre la posibilidad de que la catequesis tanguera aceptara a Piazzolla como parte de su santoral. Vale aclarar que el Polaco Goyeneche grabó una versión de ambos temas pocas semanas después, pero eso no alcanzó para zanjar las diferencias que separaban a los grandes valores de hoy y de siempre con el genial vanguardista. Después, Piazzolla volvería a refugiarse en la experimentación. Y el tango, contra la voluntad de sus cruzados, se prestaría por fin a la fusión con el rock, el jazz y otros géneros contemporáneos.