Diario oculto de un prisionero inglés (Segunda Parte)

En su libro “Gleanings and remarks”, Alexander Gillespie relató los meses transcurridos en su confortable cautiverio en San Ignacio, Calamuchita, en el año 1807. Aquí se citan algunos episodios.

Por Víctor Ramés
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Retrato en miniatura de un oficial inglés desconocido, comienzos del siglo XIX.

Los prisioneros ingleses, entre ellos Alexander Gillespie, que habían partido en marzo de 1807 de San Antonio de Areco, llegaron a San Ignacio el 5 de mayo de 1807. A poco de su arribo se hizo evidente que sólo un tercio de los ingleses cabía en el edificio destinado a ese fin. Hubo acuerdo para que algunos se trasladasen a Santa Rosa, a unas cuatro millas. “Los oficiales navales fueron transportados a Córdoba y a los que aún quedaban sin lugar se les permitió establecerse donde pudieran en el valle. El 9 de mayo se hicieron todos los arreglos y el confort doméstico y la economía pasaron a ser el objeto exclusivo de cada individuo.”
Gillespie da en su libro una descripción del lugar donde acababa de alojarse:
“San Ignacio está prácticamente rodeado por bosques y huertos, posee un río poco profundo a una milla del edificio. Hacia el este, y frente al viejo colegio jesuita, se eleva una continuación de la montaña, que no se destacaba por su altura, sino por laexuberancia de árboles que tapizaban de la base hasta la cima. Don Ortiz, nuestro anfitrión, propietario de esa tierra, cultivaba un gran jardín con gusto y economía. Fue el único que vi en Sudamérica que contuviera en su justa medida los vegetales comestibles de nuestra isla. Manzanas, peras, duraznos, nueces, membrillos y aceitunas, abundaban en regular orden, y rábanos, zanahorias, coles a nuestro gusto.”
Ya instalado en las proximidades de San Ignacio, Alexander Gillespie y los demás ingleses compañeros suyos permanecieron cautivos en las sierras de Córdoba hasta fines de 1807, en que regresarían a Buenos Aires y de allí hacia Londres. Gozabande bastante libertad; incluso dedica Gillespie un capítulo completo a narrar la fuga de un breve grupo de oficiales hasta Montevideo, desde donde se preparaba la segunda invasión a Buenos Aires.
Una mañana, a pocos días de su asentamiento en Calamuchita, cuenta Gillespie que a seis leguasSan Ignacio se internó en el valle para visitar a algunos colegas suyos. Tras recorrer unos veinte kilómetros, su caballo estaba cansado, y a la distancia vio una caravana de mulas procedente de Córdoba. La vieja casaca roja que llevaba puesta el militar atrajo la atención de tres de los que conducían a las mulas, quienes torcieron su rumbo y al galope se aproximaron a Gillespie. Este extrajo, por precaución, sus dos pistolas, una en cada mano. No quedaron claras las intenciones de los hombres montados quienes, al ver las armas, hicieron algunas preguntas confusas referidas a San Ignacio y luego se alejaron a la misma velocidad a la que habían llegado.
Más adelante refiere uncrimenque ocurrió en el valle el mismo mes de su llegada:
“Un hecho de depravada barbarie, y la impotencia de la policía, tuvo lugar por la tarde del 25 de mayo. La esposa de un soldado del 71° regimiento se instaló en Santa Rosa y luego caminó hasta el colegio en compañía de un amigo a hacer unas compras. Durante la transacción, algunos de los guardias españoles la vieron cambiar un doblón. Estos malhechores los siguieron rumbo a casa y cerca del pueblo acuchillaron al acompañante, que murió en unos pocos minutos, y machucaron a puñaladas a la mujer en tal forma, que la desgraciada solo sobrevivió dos días. La despojaron de su dinero y al recaer la sospecha en algunos ausentes, insistimos en revisar a las personas y a las armas. Había manchas de sangre en un par de ellas, una evidencia circunstancial, pero con lo fuerte que era la prueba, ni el capitán de la guardia ni el propietario del lugar hicieron algo al respecto. El asunto quedó en la nada, pero creó sin embargo una hostilidad mutua que pronto estallaría en serias disputas.”
Sobre esa desgraciada experiencia, reflexionaba el militar inglés:
“Debido a que los funcionarios del estado y el clero habían absorbido con creces su porción de los ingresos públicos, la corona, cuya responsabilidad era la de juzgar crímenes, estaba en la ruina y el tesoro se hallaba demasiado vacío para establecer una policía vigorosa más allá de la capital…”.
Para cerrar las transcripciones del interesante libro de Alexander Gillespie, tomamos el episodio de las acciones dirigidas a secuestrar el cuaderno en el que tomaba sus notas, fuente del libro de donde extraemos estas citas.
Dice Gillespie que “debido a habérseme designado en su momento Comisario para los prisioneros de guerra, en la capital,el General Liniers dedujo que yo debía ser el depositario de todos los documentosrelativos a la invasión.” En particular, les interesaban los folios en los que se había estampado las firmas de la plana mayor de la oficialidad porteña, comprometiéndose a no alzar las armas contra el invasor. Esa hoja, por honor, les impedía violar su juramento. Esto derivó en que una partida de soldados fuese hasta la estancia donde se alojaba el prisionero británico, en Calamuchita, a diez meses de la capitulación del ejército invasor. La comandaba el Capitán Martínez, quien “se presentó con su guardia en busca de ese documento. Al llegar dicho oficial, desplegó la guardia en nuestra puerta y llamándome por mi nombre oficial, extrajo dos papeles de su bolsillo, una era su autorización para este procedimiento, y la otra una orden firmada por el General Liniers y el Gobernador de Córdobade que yo entregara el cuaderno que contenía las firmas de los oficiales españolesprisioneros durante la captura de Buenos Aires”.
Mediante una artimaña, Gillespie -que efectivamente tenía dicho documento- permitió al oficial revisar un cofre que no era el suyo, sino el de uno de sus compañeros de cautiverio, el teniente Pilcher y luego, a pedido del capitán Martínez, escribió una nota dirigida a Liniers, diciendo que había puesto a salvoel documento en un lugar seguro, antes de la rendición de su ejército. Asimismo, dio fe de que el Capitán Martínez hacía requisado el lugar a conciencia, cumpliendo sus órdenes con gran celo.
Luego de alejarse la guardia, Gillespie y el teniente Pilcherprocedieron a enterrar dicho documento, para prevenir futuros inconvenientes.