Dulzura criminal

Tal cual suele suceder con cada una de sus bandas de sonido, en la que eligió para “The Irishman” Martin Scorsese ha puesto especial énfasis en rescatar algunas perlitas que traslucen la esencia del gusto popular estadounidense, como la canción “In the Still of the Night” de The Five Satins.

Por J.C. Maraddón
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En los años cincuenta, cuando surge el rocanrol, la música estadounidense gozaba de una riqueza sonora acorde a la expansión económica que alcanzaba un país que encarnaba los ideales del desarrollo capitalista. El fermento de los géneros afroamericanos, que había dado pie a la evolución del blues, el góspel y el jazz, siguió aportando nuevos formatos expresivos, que son los que en combinación con el country & western iban a procrear el rock. Tras la Segunda Guerra Mundial y en consonancia con la necesidad de un distractivo musical que ayudase a olvidar aquella tragedia, las canciones ampliaron su variedad y rompieron las antiguas categorías.
Fue un periodo en el que se sucedieron modas y tendencias cuya duración no superaba el lustro en la mayoría de los casos, pero que durante su reinado concitaban la atención de la gente y desataban fenómenos de gran suceso comercial. Sobre todo, esta oferta se dirigía a satisfacer los requerimientos de las pistas de baile, donde en esa época proliferó la rítmica caribeña, al amparo de variantes como el calipso o el mambo, mientras que para las sesiones más melódicas venía a la perfección el bolero, que vivió un periodo de enorme popularidad en todo el mundo.
Así como estas corrientes musicales son por demás conocidas, incluso en estas latitudes, hay otras que han empezado a cubrirse con la pátina del olvido, pese a que a mediados del siglo pasado tuvieron una aceptación masiva y alcanzaron cifras de ventas descollantes. Uno de esos estilos, que devino en exitoso durante la década del cincuenta y que extendió su predominio hasta entrada la del sesenta, fue el denominado Doo-wop, cuya característica principal fueron las armonías vocales en las que se incluían onomatopeyas que, en ciertas ocasiones, reemplazaban a instrumentos musicales como los vientos, la percusión o el contrabajo.
Bajo influencias del swing, el góspel y el rhythm and blues, estas formaciones podían tener acompañamiento instrumental, pero siempre por detrás de los juegos de voces que constituían su sello distintivo. En general, la temática de sus interpretaciones rondaba en torno al amor, lo que sumado a su estética melodiosa y a la ausencia de un ritmo galopante, convertía a esas piezas en un aditamento esencial para esos noviazgos que debían sojuzgar sus impulsos si pretendían acatar las normas de conducta establecidas. A través de esas composiciones, se podían sugerir cosas que tal vez no podían ser dichas en voz alta.
Como suele suceder con cada una de sus bandas de sonido, en la que eligió para “The Irishman” Martin Scorsese ha puesto especial énfasis en rescatar algunas perlitas que traslucen la esencia del gusto popular estadounidense. Y, entre las que se escuchan con mayor volumen durante la película, se destaca “In the Still of the Night” de The Five Satins, que está considerado como uno de los clásicos del repertorio de Doo-wop, aunque en la instancia de su publicación en 1956 no logró un suceso inmediato y recién se transformó en un estándar con el correr de los años.
El efecto que provocan esa melodía romántica y esas voces edulcoradas en el espectador es sublime, porque tanta dulzura contrasta con las escenas de violencia explícita que se suceden en esa historia donde la furia criminal sobrevuela las relaciones entre asesinos a sueldo, mafiosos impunes y políticos que negocian con unos y con otros. De esa oposición entre lo que se escucha y lo que se ve, brota una sensación que va mucho más allá de los trucos de la industria del entretenimiento: es la magia del arte cinematográfico que Scorsese representa y que, según él mismo ha denunciado, estaría en peligro de extinguirse.