Un argentino descubre Córdoba, 1869 (Primera Parte)

Santiago Estrada relató en su libro Apuntes de viaje del Plata a los Andes, su tránsito por tierra cordobesa y sus impresiones recogidas en la ciudad capital.

Por Víctor Ramés
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Santiago Estrada, diplomático y escritor argentino (1835-1891).

Entre los numerosos viajeros que recorrieron en el siglo XIX la línea de pueblos y ciudades tendidas sobre el camino de Buenos Aires a la cordillera, en ambos sentidos, la figura de Santiago Estrada se destaca, en primer lugar, porque era un compatriota. Nombrado Secretario de la Legación Argentina en Chile en enero de 1969, Estrada pisó por primera vez ese trayecto y, al pasar por Córdoba, su mirada llevaba el mismo asombro que el de un viajero venido de lejos.
Al hacer ese viaje Santiago Estrada (1835-1891) contaba treinta y cuatro años y cumplía el sueño de cualquier niño lector empedernido de libros de viajes que no había tenido aún ocasión de experimentar.
“Las aventuras de los que penetraban en el África, escalaban los Andes, atravesaban los mares ó levantaban sus tiendas en los lugares mas desconocidos de la América, exaltaban mi imajinacion y predisponían mi espíritu á las emociones”, escribió en el prólogo de su libro Apuntes de viaje del Plata a los Andes y del Mar Pacífico al Mar Atlántico, publicado en 1872.
El viajero entró a territorio cordobés en el tren que venía de Rosario, cuyo ramal se interrumpía en las inmediaciones de lo que hoy es Villa María.
“Atravesando chácaras sembradas de maiz y campos cubiertos de algarrobos, llegamos á las seis de la tarde á Villanueva, última estación entonces del central arjentino. En este lugar debíamos tomar la dilijencia dela carrera de Córdoba.”
Allí mismo debió pernoctar, para partir al alba:
“La noche no tuvo nada de agradable. El hotel, que así llamaban al malhadado paradorespañol en que la pasamos, nos ofreció una comida perfumada con especias, vino mendocino, camas de dudosa limpieza y una buena dosis deescozor producido por causas que es mejor dejar en los respectivos catres en que habitan. La luna la echó de melindrosa y no quiso dejarse ver por los huecos de las ventanas, que debieron tener vidrios sin cierta fuerza mayor queocurrió al fundarse el establecimiento. Dicho lo malo que había dentro y la oscuridad quereinaba por fuera, es casi innecesario agregar que no pudimos ni dormir la noche ni pasearla á la luz de la compañera de los desvelados. Al amanecer nos despertó el conductor de la dilijencia, mestizo de reducida estatura, doctor en pereza y mas marmota que mayoral.”
En ese transporte recorrerían todavía varios kilómetros hasta llegar a la ciudad de Córdoba, destino de todos los viajeros a los que se sumaba Estrada:
“La dilijencia era como todas las dilijencias,salvo que la manejaban ocho postillones, caballeros en otros tantos caballos, cargados de años,de hambre y de mañas. Entre los pasajeros iba un ingeniero alemán, un comerciante que trataba de introducir en Córdoba el alumbrado á gas, un poeta que había escrito dramas y un canónigo de la Catedral del Paraná.”
El largo viaje es rico en retratos, descripciones y anécdotas de interés, pero se puede hacer elipsis de esa distancia y retomar la lectura cuando el autor arriba a la ciudad de Córdoba. Esa visita comienza, en el relato del diplomático argentino, al grito del mayoral desde el pescante: “¡Córdoba!”
Con sus sensaciones inmediatas y el conocimiento previo que traía, Santiago Estrada hace sus apuntes sobre la ciudad de Córdoba.
“Estábamos sobre la ciudad y no la veíamos. Edificada en una hondonada, se la descubre de golpe después de ascender una rampa natural.Es muy agradable la primera impresión queproduce la variedad de formas de las torres y el gran número de cúpulas, agrupadas á la derecha del pasajero. Se comprende á una simple mirada la importancia de aquella población, por la abundancia de grandes y hermosos edificios públicos que ostenta en sus arenosas calles. El mas inesperto reconoce en ella la ciudad que ciñe el bonete de Santa Teresa.”
Mientras entraban en la ciudad, Estrada se sintió incómodo “escuchando á algunos de mis compañeros de viaje que saludaban á Córdoba con la risa del desdén y con epigramas mas ó menos mordaces”. Esto le lleva a una reflexión sobre la fama de Córdoba en la Argentina, y ensaya una defensa:
“Se ha dado en incurrir en una especie de crueldad, que se parece al desprecio que algunos abrigan por los hombres de otra época, lanzando al ridículo todo lo que tiene orijen ó se relaciona con la ciudad de Córdoba. Si algún pueblo de la República se hace acreedor a un proceder contrario, es aquel que cuenta entre sus edificios los claustros de una célebre Universidad y las aulas del colejio de Monserrat, en que se educaron la mayor parte de los hombres notables de la revolución de Mayo y de los que mas tarde han figurado en nuestro pais. Convengo en que los pueblos que no son sino Universidad, Bolsa ó Convento, incurren en exageracion al subordinarlo todo á las leyes, al comercio y á la teolojía. Pero no por eso debemos desconocer lo bueno y lo bello que se esconde detrás de esas exageraciones. No están tan difundidas en la República Arjentina las ciencias y las letras, para que podamos mofarnos impunemente de la Universidad y de los doctores de Córdoba. Si hay en aquella algún pueblo susceptible de ser con el tiempo el emporio del saber, no será aquel que haya enjendrado mas soldados ó que tenga la vanidad de manejar mejorla lanza. Tal gloria le cabrá al que conservemas vivas sus tradiciones literarias y crea que el bastón del doctor es preferible á la espada delmontonero.”
Y luego retoma el cultivado pasajero la descripción de su experiencia inmediata:
“Paréntesis á un lado. La ciudad de Córdoba está edificada en unahondonada cubierta de arena, á lo cual debe adjudicarse el fuerte calor que reina en el estío. Delineada como todas las ciudades españolas, presenta mirada desde la azotea del excelente Hotel de la Paz el aspecto de un gran damero, en el cual se elevan, como piezas de un ajedrez proporcionado, las torres y miradores de los edificios públicos. El mas notable de ellos es la Catedral, que revela el sello morisco de las artes españolas. Trabajada en piedra, sus torres están cubiertas de esculturas y calados hechos á punta de cincel.”