Más voluntarismo con la Ley de Góndolas

Con lo que se viene hablando sobre la Ley de Góndolas que quieren sancionar antes de fin de año, los legisladores muestran su incapacidad de entender las verdaderas causas detrás de la realidad.

Por Javier Boher
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Estamos salvados. Si alguna vez -abatidos- decidimos bajar los brazos, va a aparecer el diputado que proponga un proyecto de ley para mantener los brazos siempre por encima de la línea de los hombros. Ese es el voluntarismo con el que redactan las normas nuestros legisladores.

Aunque el caso suene exagerado, lo real es que la inmensa mayoría de las veces los diputados y senadores -lejos de las verdaderas necesidades de la gente- orientan su práctica en base a extraños criterios metafísicos sobre el funcionamiento del mundo. No parecen comprender las verdaderas causas detrás de los eventos sobre los que deben dirigir su acción legislativa.

Hace ya un tiempo se habla de la sanción de la Ley de Góndolas como un hito fundamental en la legislación actual, una piedra basal para alcanzar la diversidad de productos en las repisas de los supermercados. Nadie duda de que elegir entre las tres, cinco o siete marcas que provee una misma empresa no respeta la máxima capitalista de la competencia.



Sin embargo, parece algo tan promisorio como un Consejo contra el Hambre constituido por un conductor televisivo, una cocinera antipática, un puñado de dirigentes sindicales con sobrepeso y otros referentes de áreas que poco tienen que ver con el conocimiento científico probado sobre las mejores políticas para atacar la problemática. Voluntarismo puro.

Pretender garantizar por ley la provisión de diversidad de marcas en las góndolas (integrando un 20% de productos regionales o locales o favoreciendo la incorporación de bienes producidos por pequeñas y medianas empresas) es otra muestra de la incapacidad de los políticos de darse cuenta de los verdaderos carriles por los que discurre la problemática.

Así como el Código Penal prohíbe los asesinatos o los robos pero no puede eliminarlos, una ley que exija o demande la provisión de bienes de determinados proveedores (que resultan políticamente correctos o progresistamente aprobados) no puede modificar las condiciones estructurales que determinan la forma en la que se reparte la oferta de productos.

En la ilusión progresista, la mera enunciación de la propuesta dejaría todo en manos de los supermercados, que serían responsables de desacato, agio, especulación y algunos epítetos más si no pudiesen llenar sus góndolas con lo producido por Pymes y cooperativas regionales o familiares.

Lo que los legisladores siempre olvidan es que para mejorar la oferta deben mejorar las condiciones de producción o de distribución en las que se desarrollan los beneficiarios de esta ley, ambas cuestiones enemigas naturales del corporativismo que siempre se ha privilegiado para negociar políticamente con más facilidad.

Sindicatos que reclaman beneficios ridículos o se niegan a retocar los convenios colectivos de trabajo, camioneros que bloquean trenes porque quieren el monopolio de la logística y la distribución de bienes o grandes empresarios que acuerdan beneficios con el Estado para evitar la competencia con el exterior.

Todos son enemigos de las pequeñas y medianas empresas que deben lidiar con juicios laborales muchas veces injustos e impagables, cargas impositivas que hacen imposible el crecimiento, transporte excesivamente caro o falta de crédito para inversión.

Los legisladores se resisten a cambiar esas cuestiones de fondo que de ser revisadas generarían las condiciones para que los pequeños y medianos productores puedan competir con autonomía por su lugar en las repisas de los supermercados. Ah, pero qué lindo suena cuando los diputados leen el proyecto de Ley de Góndolas con el que dicen protegerlos.

Este tipo de proyectos importados del primer mundo tienen sentido cuando hay efectivamente una matriz productiva en la que no hay una excesiva concentración de la propiedad empresaria. Extrañamente (y por cinismo o desconocimiento) tratan a la industria como si fuese un sector de competencia perfecta y al campo como si estuviese concentrado, cuando la realidad deja a la vista que es exactamente al revés.

Seguramente veremos discursos enérgicos sobre la mesa de los argentinos, sobre la protección del trabajo o sobre la posición monopólica de los supermercados y algunas empresas que no le dejan la posibilidad de insertarse a los que están tratando de llegar a los hogares nacionales.

Esa idea casi bíblica de que con la palabra alcanza para revertir lo que lleva décadas sin funcionar es un clásico de nuestros legisladores, para los cuales la voluntad está por encima de la realidad, aunque contradigan la máxima peronista de que esta última es la única verdad. No los subestimemos: ya se van a tomar el tiempo de legislar para decirnos que estamos equivocados.