Retrato local por un viajero chileno, 1890 (Tercera Parte)

Concluyen aquí los apuntes transcriptos del libro “Diario de Viaje por la Argentina”, del diplomático chileno Abraham König. El viajero captaba muy bien los contrastes entre el pasado y el presente de la ciudad de Córdoba.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Abraham König en una caricatura de Caras y Caretas en 1900. Se satirizaba su nota al gobierno boliviano reivindicando el derecho a las tierras tomadas por Chile durante la Guerra del Pacífico.

Viajaba Abraham König por la Argentina y se hallaba visitando la capital de Córdoba. Debido a la presencia de una comitiva nacional y del ministro brasileño Quintino Bocayuva, la ciudad estaba “entregada al trasporte de alegrías patrióticas que no eran, por cierto, mui favorables a nuestro país”. Se hace notar el viejo resquemor entre las naciones a ambos lados de la cordillera. El visitante anota luego que “como las iglesias permanecen abiertas todo el dia i solo se cierran en la noche (pues es prohibido abrirlas después de las oraciones), mas de una vez fui a buscar quietud, reposo i campo para la meditación dentro de las naves de la catedral o bajo la ancha i espléndida bóveda de la Compañía”.
König percibe que “este agrupamiento de templos en tan reducido espacio, pinta a maravilla lo que fué la Córdoba antigua i el papel que ha debido desempeñar en la historia arjentina. Situada en el corazón de la República, lejos del mar i de todo contacto estranjero, los habitantes de Córdoba vivian con el recuerdo de las cosas pasadas, con la creencia en la inmovilidad del presente, sin desear nada, sin aspirar a nada en la tierra”. Y agrega: “Los jesuítas hicieron de ella el centro de su poder i del culto católico, i no supieron inspirarle otra vida que la mística, ni otras ambiciones i deseos que las de visitar las iglesias, morir en paz i vivir después en un cielo poblado de ánjeles i de armonías. A pesar del ferrocarril, del telégrafo, de las trasformaciones profundas, materiales i sociales, que se han verificado en los últimos años, todavía flota este espíritu relijioso del pasado alrededor de los templos, dentro de sus anchas bóvedas de piedra. Hai ajitacion en el esterior, pero por dentro es de creer que Córdoba es todavía la ciudad petrificada, destinada a servir de baluarte a las viejas ideas que van desapareciendo”.
El impulso de progreso, sin embargo, parecía imparable en la ciudad. Señalaba el diplomático sudamericano:
“Apresúrense los que quieran conocer a Córdoba; la ciudad histórica va a desaparecer. Por donde se ande se nota una trasformacion que impresiona vivamente i hace meditar. No se ven casas de adobe; para conocerlas he tenido que salir del pueblo i tomar el camino de la colonia de San Vicente, o bien atravesar las murallas provisorias que deslindan las avenidas recientemente concluidas, pues en el espacio que dejan, hai en pié todavia algunas casuchas que daban a la calle hace mui poco tiempo.”
El viajero tomaba nota de la abundancia del mármol en las construcciones más nuevas:
“A poca distancia del pueblo hai canteras en actual esplotacion que sirven para las necesidades de la ciudad i aun para el adorno i comodidades de otros pueblos. Es cosa común que los zócalos de centenares de casas estén cubiertos de mármoles oscuros i lustrosos, que brillan como un alabastro a la luz del sol. Los zaguanes de la mayoría de las habitaciones tienen pavimento de mármol, que se riega en la tarde i se mantiene fresco i limpio todo el dia. Este lujo, unido a las pinturas murales de esquisito gusto que adornan las paredes i los techos de las casas recientemente concluidas, dan a Córdoba la fisonomía de una ciudad artística, rica, residencia de una sociedad fastuosa, acostumbrada a gozar de todas las comodidades de la vida.”
Entre sus activos paseos, König realizó una visita al cementerio San Jerónimo, fundado en 1844:
“Al poniente de la ciudad se encuentra el cementerio, que se estiende sobre una de las pequeñas colinas que la dominan. A la entrada hai una iglesia de reducidas dimensiones, pero aseada i mui elegante; sus dos torres terminadas en punta, me traen a la memoria la de San Lázaro de Santiago: es la misma arquitectura moderna, enteramente francesa.” En su paseo se detuvo ante la tumba del ex gobernador de Córdoba Justiniano Posse, fusilado en 1865 en la actual esquina de Rivera Indarte y Deán Funes en medio de las nefastas exaltaciones de la época. “Una tumba modestísima en forma de ataúd, me hace detener un momento a la salida. Una viuda la ha consagrado a la memoria de su esposo, asesinado en 1865. Tristeza i dolor amargo brotan de aquellas tiernas palabras, de aquel túmulo pobrísimo i oscuro. ¿Pereció en las guerras civiles? ¿Fué asesinado en una de las luchas intestinas que han sido tan frecuentes en estas rejiones? Es posible: la historia de Córdoba presenta a cada instante pajinas sangrientas i crueles que hacen estremecer de horror.”
No escapa a la mirada de Abraham König la fuerte presencia de los inmigrantes italianos en conventillos que describe sin nombrarlos:
“Los italianos viven en las fondas administradas por sus compatriotas, que se encuentran en todas las calles, ya populosas, ya humildes. Pagan por alojamiento un peso al dia, moneda nacional, se entiende. En un cuarto reducido, que apenas sería suficiente habitación para una persona sola, duermen seis, siete, ocho, es decir, el número preciso de catres que caben en el departamento, puestos uno a continuación de otros casi sin espacio intermedio. Fácil es concebir lo que resultará de esta aglomeración humana en casas pequeñas, sin agua corriente, situadas en calles angostas, calentadas por el implacable sol que abrasa por meses enteros el estrecho i encajonado vallecito donde la ciudad ha sido edificada.”
Cerrando el libro de König, se transcribe su vista de la estatua del General Paz, en la plaza con su nombre:
“En una de las plazas recien abiertas i en donde desemboca la calle del Jeneral Paz, antiguamente llamada calle Ancha (porque tiene treinta metros de vereda a vereda, i es la primera del pueblo), se alza la estatua del jeneral Paz, que considero superior a las nuestras. La fisonomía revela coraje, enerjía i bondad al mismo tiempo. El pedestal es soberbio. Sobre una cama de granito se levanta en graciosas formas i a grande altura, pues la estatua tiene una elevación de siete a ocho metros, por lo menos. El arquitecto ha andado tan feliz en la construcción de la base, que parece que caballo i jinete estuvieran en el aire.”