¿Cómo se arreglan los problemas de las democracias?

La crisis que se hace patente en toda Latinoamérica deja a la vista los límites de las democracias, pero también nos plantea el debate sobre cuál puede ser el camino para arreglarlas.

Por Javier Boher
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Probablemente el mayor aporte de los líos en todo el mundo sea que se volvió a poner en debate el rol de la democracia. Suena ridículo, pero el siglo XX puede haber sido una ilusión: nada parece haber transcurrido desde la década del ‘20 del siglo pasado, porque el nacionalismo, los autoritarismos y el liberalismo se debaten en una misma trinchera del mismo modo que lo hacían un siglo atrás.
El resurgir de los nacionalismos (con el rechazo a los inmigrantes y los impulsos a cerrar las economías) se ve también al nivel de las regiones, donde casos como el de Cataluña se convierten en una lucha que pone en evidencia los límites del Estado para resolver problemas.
Los autoritarismos, si bien nunca desaparecieron, están regresando desde la primavera que se vivió en los ‘90 del optimismo absoluto tras la caída del Muro de Berlín. Muchos regímenes que habían llegado a esbozar una alternancia del poder o algunas instituciones de protección de los derechos humanos hoy se abrazan a esquemas en los que la participación popular sólo existe cuando puede legitimar las decisiones de ejecutivos cada vez más fuertes.
La fuerza en resistencia es el liberalismo, que además encarna una defensa de la democracia como ninguna de las otras dos. Los nacionalismos, porque ponen por encima a los propios por sobre los de afuera, en esa creencia ridícula de que compartir el terruño te hace tener algo de lo que el de afuera carece. El autoritarismo, porque suprime la libertad individual de elegir el propio destino.
En un artículo escrito para el New York Times, el politólogo Javier Corrales desarrolla unas “tristes lecciones desde Bolivia sobre cómo arreglar las semi-democracias”. Allí se pregunta sobre los límites que tienen las democracias para lidiar con las amenazas. ¿Cómo hace el liberalismo para no perder la batalla ante las otras dos fuerzas?
En el texto hace un desarrollo sobre la situación boliviana, resaltando los puntos altos y los problemas que hubo en la forma en la que se desenvolvieron los hechos. Habla de la resistencia civil que obligó a Evo Morales a llamar a nuevas elecciones, pero también del acoso militar que lo empujó a renunciar; hubo manifestaciones pacíficas, pero también oportunistas radicalizados.
Esas desprolijidades que opacan el caso boliviano son producto de la imposibilidad de responder unívocamente a la pregunta precedente. Como en la paradoja de Popper sobre la tolerancia, algunas veces habría que recurrir a prácticas semidemocráticas para detener a las semidemocracias que amenazan con torcer la balanza hacia los autoritarismos.
Por supuesto que todo encuentra límites, básicamente que la voluntad popular no degenere en ideologizados gobiernos despóticos. Sin embargo, sería inocente creer que los regímenes que amenazan -desde la democracia- con arrastrar a la democracia a la deriva van a estar dispuestos a hacer los cambios necesarios para corregirla.
Aníbal Pérez Liñán y John Polga intentan explicar desde la Ciencia Política los golpes de estado y los juicios políticos, dos formas de interrupción del gobierno muy habituales en la historia de la región. Los académicos llegan a la conclusión de que la radicalización y polarización de la política atenta contra la democracia.
Si bien muchos factores explican que la gente se canse de los gobernantes, la radicalización es la clave sobre la forma que va a adoptar el cambio. Oposiciones radicalizadas intentan por todos los caminos llegar al poder, mientras los gobiernos radicalizados intentan por todos los caminos bloquear la posibilidad de dejarlo.
Finalmente, una relación que se desprende de lo anterior es que cuanto más antidemocrático sea un gobierno, más antidemocrática será su oposición: si no hay caminos institucionales, cualquier opción será considerada legítima para rebelarse al poder.
Si en la dinámica de la polarización los moderados son cada vez menos, la posibilidad de que haya oportunistas que se metan por la ventana aumenta, como en el caso boliviano. Condenar internacionalmente las prácticas antidemocráticas (en lugar de la tibieza de la no injerencia en asuntos externos de la que siempre hizo gala Argentina) parece ser una forma correcta de marcar límites a las pulsiones autoritarias de los líderes regionales.
Mientras muchos bromean respecto a la paz y estabilidad uruguayas (atribuyéndola a la legalidad de la marihuana) frente a lo convulsionada que se encuentra la región, ayer José Mujica dijo que no quiere “un país partido en dos” tras el ballotage del domingo próximo, porque “sería terrible para una pequeña sociedad como la nuestra”. Después agregó: “Si nos toca ser oposición seremos oposición y no esperen que estemos con una piedra en cada mano”. Lo dice quince años después de que su partido llegó al gobierno.
Así, parece ser que la forma de salvar la democracia arranca mucho antes de que su vida corra peligro. La actitud democrática, amplia, tolerante y respetuosa de las normas es la que evita que todo se salga de control, poniendo la discusión en el terreno de “Fraude vs. Golpe” como pasó en Bolivia. Las palabras de Mujica lo dejan bastante claro.