Alberto y Cristina, respetuosos de (su) división de poderes

Dentro de veinte días asumirá como vicepresidenta de la Nación y, como tal, fungirá como la mandamás del Senado. Desde allí procurará mantener su influencia y, de ser posible, acrecentarla.

Por Pablo Esteban Dávila

Cosas de la política: después de haber conferido trato de mera escribanía al Congreso de la Nación durante sus dos mandatos presidenciales, Cristina Fernández está a punto de convertirlo en otro de sus lugares en el mundo, casi al mismo nivel que El Calafate. Dentro de veinte días asumirá como vicepresidenta de la Nación y, como tal, fungirá como la mandamás del Senado. Desde allí procurará mantener su influencia y, de ser posible, acrecentarla.
Aunque, en un país presidencialista como lo es la Argentina, es muy difícil competir contra la Casa Rosada en el arte de construir poder, Cristina tiene algunas herramientas a mano. La primera y más evidente es que Alberto Fernández, el próximo titular del Ejecutivo nacional, fue designado por ella como candidato. No obstante que no debería menospreciarse su capacidad personal y las posibilidades concretas de un presidente para adquirir vuelo propio (recuérdese el caso de Néstor Kirchner), es un hecho que la señora Fernández es reconocida públicamente, aún por sus adversarios más enconados, como la madre de la criatura. Como tal, es de esperar que, especialmente en los primeros tiempos del nuevo gobierno, su ascendiente sea importante así como lo fue el de Eduardo Duhalde durante los tiempos iniciales de su esposo.
La segunda herramienta, y la más importante desde el punto de vista estructural, es el manejo que tendrá del Congreso. El Senado, naturalmente, será configurado a su entera satisfacción, con el hiper cristinista Oscar Parrilli como presidente provisorio del cuerpo (y tercero en la línea sucesoria) y la mendocina Anabel Fernández Sagasti como presidenta del bloque del Frente de Todos. Salvo alguna catástrofe hoy impredecible, la Cámara Alta será el principal reducto del kirchnerismo duro.
Sin embargo, el largo brazo de Cristina llegará a la Cámara de Diputados, en donde su hijo Máximo oficiará como presidente del interbloque oficialista y el recientemente rehabilitado Sergio Massa asumirá como el presidente del cuerpo. Como se advierte, la expresidenta manejará buena parte de la línea de sucesión si, por las razones que fuera, Alberto tuviera que alejarse del poder.
Esta situación, lejos de serle ajena, tiene el visto bueno del mandatario electo. En la división del trabajo pactada oportunamente, le corresponde a su compañera de fórmula manejar el Poder Legislativo, tomando todas las decisiones del caso. A cambio de tal prodigalidad Alberto goza (al menos en teoría) de una razonable autonomía para armar su gabinete. Esta independencia no excluye un mecanismo de consulta previa no vinculante que, a fines prácticos, se asemeja a conversaciones de palacio, lejos del escrutinio público.
Claro que Alberto no se hace ilusiones de que este armado funcione con la fluidez que desearía. Muy probablemente las cosas marchen sobre andariveles razonables durante los cien primeros días de su mandato (la célebre luna de miel presidencial) pero, a posteriori, tal vez se compliquen. A nadie escapa que tendrá que tomar decisiones difíciles, muchas de las cuales escaparán a los criterios “nacionales y populares” que defenderán los K atrincherados en el Congreso. De seguro este ejercicio de realismo ejecutivo generará tensiones que, en algún punto, podrían complicar la sanción de leyes claves u obligar al presidente a mantener negociaciones vidriosas con el cristinismo.
Es inevitable pensar que, se adhiera a visiones optimistas o pesimistas sobre el futuro de su armado, el oficialismo nacional tendrá dos polos insoslayables: uno, asentado en la Casa Rosada; el otro, en el palacio legislativo. Estarán comunicados por la línea A del subterráneo porteño -el único vínculo que puede darse por seguro- pero políticamente puede que el ligamen entre ambos sea bastante más líquido y sujeto a la marcha general de la economía.
¿Será esta la razón por la cual el presidente electo ha ponderado públicamente al diputado Kirchner la semana pasada? “¿Por qué Máximo no podría ser presidente?” -hubo de preguntarse retóricamente ante Viviana Canosa, su entrevistadora. Lo definió como “un chico razonable, moderado” y confió que habla mucho con él, todo el tiempo. Son, a todas luces, elogios prematuros para alguien que, objetivamente, cuenta como sus mayores logros el hecho de ser hijo de y el haber inventado, en su hora, la estudiantina de La Cámpora.
Lisonjas semejantes son concedidas a cambio de algo, sea en el presente o en el futuro. Y Máximo tiene entre manos, efectivamente, asuntos que interesarán a la Casa Rosada. Una de ellas es la llave para destrabar leyes que podrían ser objeto de filtros no deseados. Su bloque, a diferencia del que comandará Fernández Sagasti, será la segunda minoría en un recinto dominado por Juntos por el Cambio, lo que requerirá una particular interlocución con Balcarce 50 y alguna vocación por el diálogo y los consensos. Son molestias que ni su madre ni su colega en el Senado deberán afrontar.
¿Estará a la altura? Por de pronto Alberto le ha otorgado, públicamente, su confianza institucional, ponderándolo como un joven sensato y frugal. Son atributos no conocidos dentro del linaje kirchnerista y de los cuales deberá hacer gala en los próximos años, si es que pretende desempeñar correctamente el rol parlamentario que el presidente espera que cumpla. De lograrlo, Máximo podría ser acreedor al reconocimiento de demócrata ejemplar (un blasón antes inimaginable) y el único que capaz de despegarse exitosamente del imaginario faccioso que rodea al entorno de Cristina, aunque más por necesidades institucionales que convicciones políticas.
Por de pronto, el presidente electo ha acordado con la expresidenta una verdadera división de poderes. No en el sentido estricto de la Constitución, sino en un loteo de sus respectivos ámbitos de acción y autoridad. Nunca se había visto algo semejante desde 1983, pero deberá aceptarse en adelante como una solución de compromiso entre la que detenta buena parte del poder real y el que le toca hacerse cargo del formal. Aunque es probable que, con buen tiempo y algo de suerte, el formal vaya acrisolándose en el real, lo mejor es tomar precauciones y no arriesgarse a una guerra de posiciones entre ambos extremos de la Avenida de Mayo.