La historia trunca

En el disco “Mi esqueleto”, que tuvo su presentación en Córdoba la semana pasada, el cantante Pablo Dacal incluyó una versión de “Hotel de la soledad”, de Francisco Heredia, donde se mencionan personajes tan autóctonos como Doña Rosa o Daniel Willington.

Por J.C. Maraddón
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El golpe de Estado de 1976 y la dictadura que instauró, cortaron de cuajo la natural evolución de los movimientos culturales en el país, muchos de los cuales quedaron congelados en la escena de mediados de los setenta o fueron borrados del mapa. Los más perjudicados, como resulta obvio, fueron los que le imprimían a su obra un compromiso social o político que ponía en riesgo su vida. Varios de ellos tuvieron que exiliarse para no caer en las garras de los grupos de tareas, y vieron cómo su nombre ingresaba en las temidas listas negras.
Hasta el retorno de la democracia, en 1983, transcurrieron siete años siniestros, en los que apenas podía florecer aquello que no cuestionara el orden establecido. En la música, algunos pocos ensayaron una resistencia basada en letras cuyas metáforas buscaban transmitir mensajes en clave, que despistaran la pesquisa de los censores. Pero, desde una perspectiva general, puede decirse que la oscuridad del régimen impidió que hubiera una actualización en los estilos y contenidos. Y los protagonistas de la escena setentista quedaron en stand by, a la espera de que alguna vez pudieran reinsertarse en los primeros planos.
Cuando ese soñado tiempo llegó, cuando volvieron los expatriados y cuando el público reconquistó la libertad de escuchar lo que quisiera, la película de nuestro panorama musical siguió avanzando desde el momento en que se había interrumpido. Y se produjo así un extraño desfasaje: quienes habían debido escapar para salvar se, reclamaron el derecho a continuar su carrera, aunque eso involuntariamente implicara postergar las aspiraciones de los nuevos valores. Y así fue como aquel Canto Popular de Córdoba que la ciudad había incubado en los años setenta, derivó en una trova urbana que pobló los pubs locales durante los ochenta.
Un elemento fundamental en esa traslación fue el grupo Posdata, que obró como un nexo consagratorio: nacido durante la dictadura bajo el impulso de Horacio Sosa, el proyecto implicaba el rescate de un repertorio de poemas y canciones que aspiraban a redefinir la identidad cordobesa. Al inicio de la primavera democrática, fue lógico que el grupo cobrase vuelo antes que nadie y que su espectáculo pasara de las peñas a los escenarios festivaleros, hasta quedar plasmado en un disco, un logro que por aquel entonces resultaba casi imposible de alcanzar para los artistas del interior.
Las composiciones de Francisco Heredia, uno de los representantes del Canto Popular de Córdoba que debió radicarse en el exterior en los años de plomo, fueron los pilares del éxito de Posdata; sobre todo, una de ellas, “Córdoba va”, que adquirió la estatura de un himno. De regreso al país en 1984, Heredia se encontró con que aquello que había empezado a germinar diez años antes se había transformado en un fenómeno de masas. Y tuvo entonces la oportunidad de hacerse cargo de la parte que le tocaba en el asunto y de interpretar esas piezas que lo tenían como creador y que ahora eran cantadas por todos.
Dentro de lo que registró en esa época, Francisco Heredia aporta una pintura de la zona adyacente a la Terminal de Ómnibus, “Hotel de la soledad”, que permanecía opacada tras los títulos más conocidos de su autoría. En el disco “Mi esqueleto”, que tuvo su presentación en Córdoba la semana pasada, el cantante Pablo Dacal incluyó una versión de ese tema donde se mencionan personajes tan autóctonos como Doña Rosa o Daniel Willington. Y así, vuelve a recorrer un camino que había quedado trunco hace más de 40 años y que, tal vez por ese mismo motivo, admite que se lo retome una y otra vez.