La crisis de Bolivia desnuda el desafío para Alberto

La ideologización extrema de la crisis boliviana ha desempolvado términos de tiempos pasados, olvidando que cuando las cosas cambian también deben hacerlo los enfoques.

Por Javier Boher
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Un día, de golpe, enloquecieron todos. Nadie sabe muy bien por qué o cómo fue, pero en medio de una transición impecable, todos se pusieron a pelear por lo que pasa en un país vecino al que la inmensa mayoría no elegiría para vivir.
La crisis que explotó en Bolivia es demasiado compleja para abordarla desde la liviandad de las redes sociales. Aunque pueda tocar algún corazoncito progresista, la situación del otro lado de la frontera no puede resolverse opinando como doctor porque una vez compraron un pullover de alpaca en el viaje de ida al Macchu Picchu.
Tampoco la postura de creer que no hay golpe de estado porque hubo fraude parece sumar mucho. Pueden haber existido ambas cosas, igualmente graves por negar la voluntad popular de cambiar el gobierno a través de elecciones limpias.
Muchos de los que se resisten a hablar de golpe de estado (como el Canciller Faurie) deben tener algún tipo de escala lombrosiana según la cual las interrupciones del orden institucional sólo corren cuando se dan en países con menos raíces autóctonas. Descabellado.
Poco parece importarles a unos y otros que la gente se movilizó masivamente contra el fraude o que Evo ya estaba convocando a nuevas elecciones cuando le sugirieron que abandone el poder. Hay una incompatibilidad absoluta entre el pensamiento racional y analítico que se requiere para sopesar las causas y ordenar las variables respecto al mandato ideológico o dogmático que impone unos lentes que ayudan a filtrar los elementos que contradicen la cosmovisión de uno y otro grupo.
Además, esto parece venirle como anillo al dedo a la intelligentsia que opera a cada lado de la grieta, la misma que trata de engrosar la lista de argumentos conspiranoides para justificar todas las aberraciones de aquellos con los que comparten su imaginaria trinchera ideológica.
La aparición de liderazgos populistas de distinto color político han complejizado la situación, ya que el magnetismo y el carisma de tales líderes (sumado a sus discursos simples y efectivos) cruzan las fronteras para imponer un maniqueísmo burdo, como si todo se pudiera definir en un “nosotros contra ellos” que no admita grises.
Ahí aparecen personajes como Horacio Verbitsky, reconocido operador mediático desde la época en la que era prensa de Montoneros. En una columna en El Destape Radio, aseguró que el campo argentino está preparando un golpe contra el futuro presidente Fernández por el rumor de que aumentarían las retenciones a los productos agropecuarios.
Hay que ser muy estúpido o muy irresponsable para agitar ese fantasma en este país. Con una transición política diametralmente opuesta al papelón con el que Cristina Fernández se retiró del poder, Verbitsky prefiere no perder tiempo e izar una bandera para que todos la vean: acá estamos para hacer lo que todos decían que veníamos a hacer.
Si un personaje tan cercano al futuro gobierno es capaz de hacer afirmaciones de tal calibre, lo único que va a terminar ocurriendo es que la gente que posee y trabaja la tierra se prepare para lo peor. En ese alistamiento, el hecho de que Juntos por el Cambio haya ganado las elecciones en la región pampeana (aunque el kirchnerismo lo sufra profundamente) cobrará especial relevancia.
El mensaje de Verbitsky puede ser interpretado de muchas maneras, aunque la más simple y directa es que en la cabeza de la militancia dura del kirchnerismo está la idea de echar mano a los recursos del campo, el mismo que se movilizó hasta hace quince días para demostrar su apoyo al gobierno saliente, con el que se recuperaron los niveles de exportación de granos y de carnes previos a la espantosa política aplicada después del quiebre que significó la 125.
La otra opción es que los propagandistas del kirchnerismo pueden estar preparando una profundización de la grieta, una polarización creciente “que exponga las contradicciones del sistema”, en una lectura infantil y marxista de la situación. Tal vez están abriendo el paraguas ante lo que suponen pueda llegar a pasar una vez que deban empezar a administrar.
La retórica del golpe de estado, la revolución, el pueblo, el comunismo, la oligarquía y todo ese patético glosario setentista que parecía abandonado en el tiempo han sido recuperadas como marco discursivo para entender todo lo que está pasando en la región, aunque en medio siglo el mundo haya cambiado radicalmente.
El desafío del futuro presidente será bajarle el tenor a esas expresiones extremas entre sus filas, para no agitar viejos fantasmas que afortunadamente hoy están en el pasado. Poner a la contraparte la etiqueta de antidemocrático o antirepublicano (crítica que es extensiva también a los que están próximos a abandonar el gobierno) sólo habilita a que los eventuales rivales terminen convertidos en enemigos que abracen esa identidad. Todavía hay tiempo de recuperar la cordura.