Mejor cortar con las tradiciones

Ayer se celebró el día de la tradición, o el día de la idea de que las cosas deben hacerse como se hicieron siempre. Quizás sea la hora de abandonar esa idea.

Por Javier Boher
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¡Feliz día atrasado, amigo lector! Qué cosa maravillosa esto de celebrar la tradición, comiendo asado con unas empanadas y algo de vino. No sé cuánto tendremos de razón en esto de sentirnos orgullosos de la argentinidad, pero por lo menos sirve para darse un gusto una vez al año.
A mí me gusta pensar a la tradición como la definió Max Weber, un sociólogo alemán que la odiaba. Básicamente decía que el pensamiento tradicionalista es aquel que sostiene que las cosas se deben hacer como se hicieron siempre, porque en esa repetición hay sabiduría o experiencia acumulada. En algún punto se trata del zogaca al cambio, y ahí los argentinos podemos dar cátedra.
En ese sentido, el Carlos Saúl I de Anillaco en su modelo 1989, con patillas, look caudillesco y ofreciendo salariazo y revolución productiva sería el paradigma del “hacer las cosas como se hicieron siempre”.
Como todo personaje formado entre los bordes de los siglos XIX y XX, Weber entendía que la papa-papa era la racionalidad, básicamente hacer cálculos de costo y beneficio para tomar decisiones en lugar de usar como regla lo que otros hicieron antes. Ahí el cambio es la regla, no la excepción.
Ojo, que ese cálculo no es necesariamente económico: el gobernador que prefiere ser prescindente en una elección presidencial para no contradecir a su base de apoyo político también hace esas cuentas: ¿Cuánto hay para ganar o para perder si me corro del medio?. Los que jugaron a la rebeldía en realidad le pidieron tradición: si hay un candidato a presidente por el peronismo, ¿cómo no se va a llamar a que lo voten? Eso sí, a la larga la racionalidad siempre paga mejor.

Tradiciones peronistas
En este país todos viven de las tradiciones, pero algunos lo llevan hasta límites insospechados. La doctrina justicialista demanda lealtad a la palabra santa, con una liturgia que se armó para sostener ese culto laico. ¡Ahí hay tradición y no macana!
Cómo será que la tradición pesa para los compañeros que todos se deleitaron con la foto del movimiento sindical alineado para dar su apoyo al futuro presidente. Parte de la Santa doctrina se hizo patente en la aversión a las féminas en pie de igualdad. Cómo habrá sido de evidente que el epígrafe de la foto bien podría haber sido “tortilla de pobre”: puro huevo.
Lo más interesante de tan notable cónclave es que además anticipa que van a presionar para resolver las cosas “como se hizo siempre”, para espanto de Weber y de quien suscribe.
El menú de medidas incluye congelar sueldos y precios, sobre fino colchón de Pacto Social, acompañado con emisión para fomentar el crédito al consumo y vinagreta de control de cambios, con la regulación del comercio exterior de postre. Nada más sano que la tradición proteccionista del dogma peronista.
Como ese camino ya sabemos a dónde conduce, por las dudas también pidieron agrandar el combo: hay que revisar qué hicieron los periodista y los medios -como dijo el Mariscal del Bedford, Hugo Moyano- o hay que intervenir la justicia porque hay presos políticos -como dijo el Proxeneta de Recoleta, el ex juez de la Corte Eugenio Zaffaroni-.
Si alguno empieza con cosas raras, los compañeros saben que hay formas de hacerlos retornar a la senda de la tradición. Cinco por uno, no va a quedar ninguno; alambre de fardo para colgar a nuestros enemigos; “esto de la leña que ustedes me aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?”.
¿Probar otro camino y traicionar nuestras más profundas tradiciones? ¡Jamás!.

Hernández y Martín Fierro
El día de la tradición se celebra en memoria del nacimiento de José Hernández, al que no le alcanzó para llegar a prócer porque “sólo” se encargó de escribir el libro más impresionante de nuestra literatura (y se sabe que acá a los intelectuales se los quiere cerca para la campaña, pero lejos para opinar o tomar decisiones).
Si tuviera que quedarme con algo del Martín Fierro, sería con que el gaucho era lo opuesto a la tradición que nos piden los que dicen defender la argentinidad. Desconfiaba de la autoridad, no le gustaba ponerle el lomo a los mandatos ajenos y le reconocía la libertad a la mujer. Por eso fue el primer ídolo literario de los analfabetos y los anarquistas argentinos.
Ya le digo, amigo lector, que las tradiciones existen como un marco o un contexto para anclar algunas prácticas o entender algunas costumbres, pero abrazar la irracionalidad “porque siempre se hizo así” sólo tiene como corolario que la cosa termine como siempre, en crisis económica y con más pobres (cuando no a los tiros). Aunque esa sea la mayor de nuestras tradiciones, alguna vez podríamos rescatar la rebeldía de Martín Fierro para no hacerles caso y finalmente cambiar ese destino.