Bolsonaro, el abusivo de la escuelita latinoamericana

La relación entre Argentina y Brasil se sigue tensando producto de la actitud infantil del presidente brasilero, que recuerda a la de los abusivos con los que supimos convivir en la escuela.

Por Javier Boher

Todo el mundo recuerda el paso por la escuela. Es muy difícil olvidarse de los compañeros que nos caían bien, las maestras que nos mimaban o los retos que recibíamos cuando las travesuras cruzaban el límite de lo tolerable. Sin embargo, de lo que nadie se olvida es de aquellos con los que la relación fue pésima.
Por algún motivo, todos a lo largo de la escolaridad encuentran su némesis, esa persona que representa todo lo que no son ni quieren ser. No importa qué sea lo que motive el rechazo: existe y no se puede negar. En ese punto, a algunos les toca sufrir el acoso, mientras otros se erigen en acosadores.
Jair Messias Bolsonaro ha decidido convertirse en un acosador. Argentina en general -y Alberto Fernández en particular- están sufriendo la insistencia con la que el presidente brasilero trata de quebrar la relación que une a los dos países.
La historia sabe mucho de esto. Períodos de amor y distensión, opuestos a momentos de rivalidad encarnizada. Mucho nacionalismo barato a cada lado de la frontera ayudó a que las diversas expresiones populistas usen en su beneficio una rivalidad que no existe en la realidad mucho más allá del fútbol.
Tal como se plantea en la nota publicada ayer en este mismo medio, Brasil es nuestro principal socio comercial. Nos unen con ese país muchos más intereses en común que los que podemos pensar: el Mercosur es el principal sostén de nuestra economía, y la decisión de Bolsonaro de derribarlo para liberalizar la de Brasil debería generar incentivos para evitar el quiebre.
Sin embargo, el abusivo del colegio no parece decidido a escuchar los consejos de los compañeritos, sino los de su hermano más grande, abusivo como él, que vive un poco más al norte. Por eso el presidente del país vecino sigue llevando la discusión a los terrenos más absurdos con tal de lograr su cometido.
Suma varios episodios polémicos con los que trató de interferir en la campaña (aunque no mucho más que Evo Morales prestando su imagen para los afiches en el conurbano bonaerense). Amenazó con suspender a Argentina del Mercosur, como si en lugar de una unión de iguales fuese un club privado conducido por él. Además, agitó en varias ocasiones el fantasma del comunismo o del populismo, como si él mismo no cayera en este último grupo.
Sin embargo, su insistencia -como la de los abusivos de la escuela- no conoce de límites personales, al punto de atacar a la familia del que no les gusta. Cuando el matón quiere pelear, cualquier motivo es más que bien recibido.
Apenas unos días después de las elecciones que determinaron la victoria del Frente de Todos en las elecciones presidenciales, el hijo de Jair Bolsonaro -el diputado Eduardo Bolsonaro- tuiteó una foto posando con armas largas, citando en el cuerpo del tuit una publicación de Estanislao Fernández, el hijo Drag-Queen y cosplayer del futuro presidente de Argentina.
La publicación -que apela a lo más conservador de la población, a los impulsos más primitivos de la relación entre personas- fue un ataque directo a Alberto, llevando cualquier discusión a un imposible plano personal. No sólo fue una publicación de mal gusto, sino también una que estratégicamente no sirve de mucho.
Independientemente de las valoraciones que se puedan hacer sobre la decisión del futuro hijo presidencial, la provocación de sus equivalentes brasileros es lo suficientemente burda como para dejar en claro que la relación entre los dos países no será la más fluida.
Además, como suele ocurrir cada vez que alguien recurre a criticar al rival antes que sus argumentos, lo que buscan los Bolsonaro es tapar los errores de su gestión y las vinculaciones con los asesinos de la diputada de izquierda Marielle Franco, que podría dejar al ex militar a las puertas de un juicio político.
Jair Bolsonaro ha dado sobrada muestra de su incompetencia, con un discurso infantil en la relación con otros países, que todavía no le pasa factura porque se mantienen las ilusiones económicas del populismo. No todo se gana aplicando más fuerza; probablemente la relación con Argentina y el comercio con el Mercosur sean un buen ejemplo.
Cuando baje la polvareda que levantó con sus declaraciones, seguramente le terminará pasando lo que a los abusivos de la escuela: estará lanzando chistes y provocaciones, sin darse cuenta de que los que sufrían sus ataques han armado otro grupo, en el que nadie le presta atención cuando habla.