Fernández y el aborto: hacia una moral sin dogmas

El futuro presidente se pronunció en México sobre la legalización del aborto, un parteaguas que probablemente recuperará protagonismo legislativo en los próximos meses.

Por Javier Boher
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abortoEl futuro presidente se pronunció en México sobre la legalización del aborto, un parteaguas que probablemente recuperará protagonismo legislativo en los próximos meses.

Algunas veces resulta difícil abandonar los dogmas. Es mucho más fácil someterse a una regla de vida bastante estricta respecto a lo que se considera bueno o malo que cuestionar las acciones o experiencias que nos cruzamos a diario. Esto no quiere decir que hay que dudar de todas las experiencias diarias, pero cada tanto conviene revisar las posiciones personales.

Queda claro en el texto de José Ingenieros titulado “Hacia una moral sin dogmas”: la moral y las costumbres no pueden derivarse de una visión rígida o estrecha de la vida. Por el contrario, la ética como disciplina debe imponerse como reflexión consciente de la norma. Todos los aspectos humanos están atados a ese principio de la duda.



Ayer, mientras continúa su viaje por México, el futuro presidente Alberto Fernández se pronunció sin margen de dudas sobre la legalización del aborto, uno de los temas más polémicos de los últimos años (un parteaguas que distrajo por un momento de la crisis económica).

«A lo largo de toda la campaña le pedí a la Argentina que deje de ser hipócrita y deje de penar el aborto, entender que es parte de la hipocresía argentina que condena a la mujer sin recursos a tener que recurrir a realizarse el aborto en condiciones malas de asepsia», dijo ante la audiencia reunida en la clase magistral organizada por la UNAM.

Completó diciendo “Que el aborto no sea castigado no quiere decir que las mujeres estén obligadas a abortar. Aquel que por creencias religiosas o por convicciones personales piense que el aborto no es una buena salida, pues simplemente lo que debe hacer es no abortar”. Bingo: en cualquier régimen liberal la voluntad de un grupo no puede imponerse como regla de vida a todo el colectivo.

Por supuesto que los detractores de la idea sienten que es una imposición de un sector radicalizado sobre la postura que ellos abrazan, pero la clave está en eso de que los que no aceptan practicarlo no están obligados a hacerlo. Se trata sólo de darle la posibilidad a las que con la legislación actual están impedidas de realizarse la práctica.

No hay dudas de que hay un sentimiento de contradicción sobre las más elementales reglas de la vida, la protección del indefenso (según lo entienden los que se oponen a la práctica). Hay un conflicto que sólo se puede entender desde la convicción absoluta sobre lo moralmente reprochable del acto.

Salvando las distancias, se trata del mismo conflicto que se presenta con los veganos, mayormente ubicados en las antípodas ideológicas respecto a los “provida”. En algún punto se trata de proteger los derechos de los que no pueden defenderse, igualando a la categoría de persona a todos ser vivo. Si para el “pañuelo celeste” un feto (además de vida) es persona, para el vegano las personas son animales iguales al resto. Toda forma de vida igualada de manera absoluta.

En ese sentido, para el vegano comer una hamburguesa es igual de reprochable que practicar un aborto lo es para aquellos que se oponen. Tanto unos como otros pretenden imponer sobre el colectivo lo que es una visión parcial o sesgada de la realidad a todo el colectivo, que impediría la posibilidad de elegir libremente lo que se quiere sin afectar a terceros, aunque ellos entiendan que un conjunto de células o un lechón son terceros vulnerados en sus derechos.

La decisión de Fernández no es inocente. Independientemente de su postura personal (que según él es la misma desde hace décadas), está buscando los puntos de contacto necesarios para desviar el conflicto latente entre las facciones internas de su gobierno. Una bandera verde que los englobe a todos parece ser más o menos útil para esa misión.

Por supuesto que luego restará resolver algunas cuestiones concretas de balance entre el apoyo tácito de la iglesia católica al regreso del peronismo y los gobernadores del norte frente a la juventud más radicalizada o a la inteletualidad progresista urbana. Seguramente habrá tiempo de ir resolviéndolo en el mientras tanto.

Si la convicción política es convertirlo en ley, lo más probable es que eso ocurra. Nuevamente el debate desviará la atención, no sólo de la interna peronista sino también de lo que se anticipa como un duro escenario económico para el año próximo. Externalidades positivas de una discusión que se postergó por demasiado tiempo en este país, que tendrá otra vez la posibilidad de alejarse un poco más de los dogmas para otorgar más libertades a sus ciudadanos.