La salud es un problema de los vivos

La refutación de discursos anticientíficos también es parte de la política de salud, que debe acompañarse además con un accionar más serio por parte de los políticos.

Por Javier Boher
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Hace un tiempo me crucé con un tuit de una supuesta bióloga (en redes hay que desconfiar de los que uno no conoce) en el que decía que su mayor miedo era una combinación de calentamiento global y evolución: ¿qué pasaría si al derretirse las grandes masas de hielo se descongelaran también algunos virus o bacterias para los que no estamos preparados?
Aunque el escenario es bastante apocalíptico, resulta de una pregunta genuina de alguien que entiende que la ciencia debe adelantarse a los hechos en la búsqueda de certezas. No se puede proyectar a futuro si no somos capaces de imaginarlo antes.
Ese temor de la supuesta bióloga en lo personal me parece exagerado, no por improbable, sino porque la verdadera amenaza está entre nosotros hace rato. El relativismo extremo se ha apoderado de la gente hace bastante, reemplazando a la humildad de los que quieren saber por la soberbia de los ignorantes.
Ese relativismo extremo se ha acoplado además a discursos anticientíficos que provienen desde sectores con poder suficiente tanto para cortarlos como para amplificarlos. Todavía resuena el bruto alegato del Dr. Abel Albino sobre la (falsa) ineficacia del preservativo como método de barrera para la prevención de enfermedades de transmisión sexual o la analogía de la ex vedette -devenida en conductora televisiva evangelista- Gisela Barreto para explicar con un vaso de vidrio los motivos por los cuales no se podía practicar sexo anal.
Por supuesto que la mayor parte de la responsabilidad corre por parte de los políticos, que muchas veces se saltean sus obligaciones en lo referido a ser algún tipo de ejemplo para los ciudadanos. Aunque algunos en su fuero íntimo dejen mucho que desear, su perfil público igualmente debería ser digno de imitar. El político es -aunque no le guste- una medida sobre lo que está bien o lo que está mal, sobre lo verdadero y lo falso.
Sin embargo, los que más específicamente deberían hacer las cosas bien son los que ejercen (o están por ejercer) los puestos de poder. Los problemas para la provisión de vacunas que exhibió la gestión macrista es un claro ejemplo de ello. Puede haber mil justificativos, pero es difícil entenderlos cuando es una obligación básica del Estado.
Esa falta de vacunas además se combina con la moda naturista y paranoide de los que las rechazan, aumentando el riesgo de contagio de diversas enfermedades para la población. El relativismo absoluto, sumado a las malas políticas de salud en lo referido a la prevención (una constante de más de dos décadas) han llevado a que por ejemplo este año el país enfrente el peor brote de sarampión desde 2000.
Por eso es fundamental la comunicación científica de calidad desde fuentes de relevancia política, no el furcio que antes de ayer volvió a cometer Alberto Fernández. Por segunda vez en menos de diez días (problemas de asesoría, seguramente) el presidente electo se volvió a referir a los problemas con las enfermedades que vuelven, como el sarampión, la tuberculosis y… la viruela, erradicada hace 40 años.
La postura habitual entre nuestra clase dirigente -independientemente del color político- es la del ignorante, la soberbia de creer que sabe todo porque no alcanza a darse cuenta de que no sabe nada. Es difícil pretender que sean distintos al común de los ciudadanos, que prefieren ganar sin tener razón antes que aceptar los mejores argumentos de los que saben más que ellos.
La supuesta bióloga del inicio de la nota no debería temer tanto a la posibilidad de que revivan virus o bacterias de otros tiempos, congelados en zonas lejanas e inaccesibles para la mayoría de los mortales. La verdadera amenaza para todos es la ignorancia de la gente y la indolencia de los dirigentes. Es que, a fin de cuentas, todo termina siendo como canta León Gieco en “Ídolo de los quemados”: temele a los vivos, nunca te harán daño los muertos.