Sospechosa conversión

Siempre al límite, siempre provocador y nunca fácil de digerir, un artista emblemático de esta época, Kanye West, se ha despachado hace pocos días con “Jesus Is King”, un álbum donde profundiza la veta religiosa que ya había insinuado en otros momentos de su trayectoria.

Por J.C. Maraddón
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Una importante lista de obras musicales de las últimas décadas han estado inspiradas o motivadas por arrebatos místicos o por el espíritu religioso de sus creadores, que procuraron plasmar allí su devoción. De hecho, el estilo gospel, nacido al amparo de los coros que animaban las ceremonias en iglesias y templos, ha sido por demás influyente en la música occidental y ha aportado algunas de las voces más aclamadas desde los años cincuenta hasta el presente. Se trata, sin duda, de una de las corrientes de la música afroamericana que ha conseguido perdurar, revestida más tarde por la pátina mundana del pop.
Entre los muchos episodios memorables de la carrera de Bob Dylan, se cuenta la súbita metamorfosis religiosa que experimentó hacia finales de los años setenta, después de atravesar una crisis artística que también se trasladó a sus propias finanzas y que llegó a su clímax con la ruptura matrimonial. Supuestas visiones divinas que lo acometían en cuartos de hotel, terminaron de convencerlo de que debía prestar mayor atención a las cuestiones que trascendían su vida de rock star. Y, como no podía ser de otra manera, ese giro en su cosmovisión tuvo una traducción directa en su producción musical.
“Slow Train Coming”, su álbum de 1979, el primero en mucho tiempo de Bob Dylan que recibió críticas favorables, estaba impregnado por ese aura evangélica, con abundantes referencias bíblicas y algunos pasajes que recreaban un clima ceremonial, como reflejo del proceso de cambio que vivía su autor. El ídolo de la contracultura se había unido al Vineyard Fellowship, una iglesia pentecostal que posaba una mirada apocalíptica sobre el mundo, aunque aseguraba una salvación a cargo del Jesucristo resurrecto que vuelve para instaurar la paz eterna, la felicidad, la prosperidad y la armonía entre todas las personas.
Por supuesto, que Dylan apareciera como una especie de pastor en busca de convertir a las ovejas descarriadas, desató una controversia de proporciones en el planeta del rock, que si bien admitía la presencia del gospel entre sus componentes originales, de ninguna manera podía alejarse de una genealogía entregada a los placeres prohibidos. En todo caso, lo que había logrado Dylan con su evangelización tan polémica, era la recuperación de su fervor compositivo, que había empezado a escasear cuando su carrera sufrió el amesetamiento lógico de quien parece haber logrado en poco tiempo todo lo que se había propuesto desde el inicio.
Un artista emblemático de esta época, Kanye West, se ha despachado hace pocos días con “Jesus Is King”, un álbum donde profundiza la veta religiosa que ya había insinuado en otros momentos de su trayectoria. Siempre al límite, siempre provocador y nunca fácil de digerir, este músico ha combinado en su música (y en su vida personal) el grado máximo de frivolidad con la reflexión donde se citan pasajes de las sagradas escrituras. Ese pastiche, tan representativo de este tiempo que estamos viviendo, decanta ahora en un arrebato catequista que adorna su sonido con los arreglos típicos de los coros gospel.
En sintonía con la prédica del presidente Donald Trump, que no se avergüenza de ostentar su opulencia mientras exige el respeto a ultranza de la moral cristiana, Kanye West plantea un universo musical donde el credo evangélico convive con la “religión” que rinde culto a las redes sociales. Allí, el rezo de una plegaria no se contradice con el conteo de los likes que reciben las fotos posteadas en Instagram. Escuchar “Jesus Is King” depara momentos de goce auditivo, pero al prestar atención a las letras es imposible no sospechar que nos están tomando el pelo, tal como sucedía 40 años atrás con las canciones de “Slow Train Coming”.