Máxima albertista: no replicar mosaico de tribus K en Córdoba

Desde Buenos Aires, el albertismo hizo una lectura negativa de la elección y la campaña en la provincia, y extrajo una conclusión capital: no debe replicar el modelo de tribus K. Su construcción estará centralizada en un solo sello, el partido Parte.

Por Felipe Osman

Tras los festejos del domingo, el albertismo volvió al trabajo el lunes, y en las oficinas de calle México en San Telmo, donde Fernández tiene su base de operaciones, se dedicaron algunos días al análisis de los resultados electorales, desmenuzándolos por cada distrito electoral.

Cuando llegó el turno de Córdoba, la lectura no fue positiva. En la provincia Juntos por el Cambio aplastó al Frente de Todos, y aunque nadie esperaba paridad, la ventaja del oficialismo nacional fue mayor a la prevista y la boleta de los Fernández, lejos de crecer, decreció con respecto a los resultados de las primarias.

Y aunque los factores que determinaron un resultado (muy) adverso en Córdoba son muchos, y varios escapan al control del albertismo, si se entiende que hubo errores que no deben repetirse, y uno de ellos es estructural.



El Frente de Todos se compone en Córdoba de 15 partidos políticos, y ninguno de ellos ejerce un rol de liderazgo sobre el resto. Desde su aparición, el kirchnerismo no ha encontrado en Córdoba una figura rectora, un referente que concentre alrededor de sí al resto de los socios menores, y hoy, con Eduardo Acastello reinstalado en las filas Hacemos por Córdoba, parece estar más lejos que nunca de lograrlo.

Sin el control del Partido Justicialista, el kirchnerismo terminó por convertirse en la provincia en un mosaico de tribus, de sellos si una estructura de mando definida, y desde el albertismo atribuyen -en parte- a esto la limitada eficiencia del armado ya no sólo para llevar adelante una campaña electoral organizada, sino también para siquiera montar una fiscalización medianamente efectiva en la capital y el interior.

Más aún, desde las oficinas de calle México entienden que los referentes locales del kirchnerismo se limitaron a oficiar de anfitriones de Alberto Fernández y sus emisarios en sus incursiones a la provincia, y que en poco más que esto se agotó la campaña cordobesa del Frente de Todos.

Tomando nota de ello, el albertismo -que piensa construir en Córdoba- tiene como máxima no replicar el esquema descoordinado y, por lo tanto, fatalmente horizontal del kirchnerismo en la provincia. Por el contrario, planea una construcción centralizada en un único partido, el partido Parte, que a nivel provincial preside el ex legislador Enrique “Quique” Asbert, y a nivel nacional dirige Claudio Ferreño, ambos amigos personales de Alberto Fernández.

Bajo estas instrucciones, el albertismo no avalará la creación de ningún otro partido. Habrá, desde luego, agrupaciones y espacios políticos que permanecerán activos para llegar a distintos sectores de la sociedad, tales como, por ejemplo, Encuentro Militante, el brazo territorial de Parte, que conduce Juan Solano, y el Grupo Montevideo, conjunto de profesionales dirigidos por Guadalupe Zayas que trabajaron para la campaña y fiscalización de la fórmula Fernández-Fernández en Córdoba. Y como estos, seguramente se respaldará el surgimiento de otros, pero siempre bajo una estricta condición: todos tributaran a Parte, y desde Parte se tomarán las decisiones y definirán las estrategias.

En resumen, el albertismo intentará procesar este error del kirchnerismo para no cometerlo una vez más. Y tanto menos en un distrito electoral tan importante y tan adverso como la provincia de Córdoba.