Volkspolizei kirchnerista

La propuesta de Victoria Donda sobre la creación de una policía popular democrática remite a esas fuerzas propias de los países comunistas que admira la progresía criolla.

Por Javier Boher
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La ilusión de la igualdad socialista es que todas las personas saben o pueden hacer lo mismo. Aunque pueda haber formaciones distintas o específicas, todos tendrían el potencial humano para ocupar una posición sobre ese supuesto de igualdad se han construido sistemas en los que la igualdad declarada ha cristalizado en estructuras de desigualdad asegurada.
Los países comunistas dieron muestra de ello creando instituciones estatales de nombres igualitarios que consolidaron regímenes que pusieron a algunos funcionarios por sobre muchos ciudadanos.
Ayer se conoció un proyecto de la diputada Victoria Donda para crear una “policía democrática” que reemplace a la Policía Federal, algo que remite en la elección lexical a las dos Alemanias que coexistieron durante gran parte del siglo XX en el corazón de Europa.
La República Federal Alemana fue la occidental y capitalista, mientras que la oriental y comunista fue la República Democrática Alemana. Federal contra Democrática, una diferencia abismal en libertades, formas y resultados que fue mucho más allá del cambio en una palabra en el nombre.
Aunque puede sonar exagerado, la Volkspolizei de la RDA era una fuerza que se autopercibía “popular”: era la policía del pueblo, el otro nombre con el que se podría identificar al trasnochado proyecto de Donda.
Entre las propuestas de la diputada aparecen algunas que contradicen el funcionamiento actual de la fuerza, alejándola de los modelos exitosos en países liberal-republicanos para acercarla a experiencias autoritarias y bolivarianas.
Como “obreros de la seguridad”, “proletarios del orden” o “trabajadores de la autoridad”, los policías de la nueva fuerza popular contarían con la posibilidad de armar un sindicato, una idea brillante que seguramente nos empujaría a un ritual anual de saqueos y depravación es que con el tiempo podríamos conformar en una tradición nacional.
Probablemente un paro policial cada diciembre, reclamando un bono o un mejor aguinaldo, nos podría remitir a la debacle cordobesa de 2013, cuando un justo y genuino reclamo sectorial degeneró en un festival de barbarie y destrucción.
Otra de las ideas es la de integrar a cualquier ciudadano a la fuerza, que incluso podría ocupar la jefatura. No se me ocurre una forma más simple de entregar la seguridad al narcotráfico, una de las actividades que hoy es perseguida por la Policía Federal. México puede ser un buen ejemplo al respecto.
Además, la posibilidad de incorporar civiles a una institución responsable de hacer cumplir la ley en un contexto de polarización política puede tener otras consecuencias. A horas de haberse conocido una lista de Excel con 800 tuiteros macristas a los que se debería perseguir o marginar (una locura de algún fanático inorgánico que no entiende las reglas de la democracia) suena descabellado que una persona capaz de ponerse a armar una lista negra pueda ocupar una posición de poder. Quizás el ejemplo de Venezuela sea suficiente para desistir de la idea.
Tal vez por eso la propuesta de Donda también contempla una limitación a la portación de armas, que quedaría exclusivamente limitada a las horas de servicio, para que no pueda actuar como policía de civil, como si una persona que se expone a las situaciones cotidianas de estrés por convivir con la delincuencia pudiera volver a la vida civil sin mayores inconvenientes.
Los proyectos de desprofesionalización de las fuerzas de seguridad son una vergüenza institucional que va a contramano de la tendencia mundial, que sólo pueden justificarse desde la demagogia inconsciente del verborrágico progresismo vernáculo.
La evidencia histórica no ayuda a esperanzarse con este proyecto, salvo que -por todo lo que algunos entendemos que son los riegos- Donda y sus compañeros vean una posibilidad de desarrollar sus utopías políticas igualitarias, esas que en los hechos se terminan pareciendo a las distopías autoritarias que se han transformado en tantas obras literarias.