Ganó Fernández (48% a 40%) y se impone transición ordenada

Macri es, por supuesto, el principal interesado en que la transición sea exitosa. Quiere pasar a la historia como el primer presidente no peronista en finalizar su mandato constitucional y, con este antecedente, liderar la oposición que, contrariamente a otras épocas, tendrá un peso considerable en la Cámara de Diputados, a tono con el porcentaje obtenido por la entente en todo el país.

Por Pablo Esteban Dávila

fernández-dylanCon el importante triunfo del Frente para Todos a la vista cuesta creer que el presidente Mauricio Macri haya tenido alguna vez chances genuinas de lograr su reelección. Sin embargo, apenas dos años atrás, el gobierno cantó victoria en las elecciones de medio término. Un prestigioso columnista de un importante matutino nacional escribió, por aquel entonces, que “Macri se ganó el derecho a fantasear con la reelección”.
¿Qué pasó en el medio? Nada más y nada menos que una crisis de proporciones colosales, en donde hubo mucho de mala praxis de parte de la Casa Rosada y bastante de mala suerte. La receta inicial del presidente, consistente en no hablar mucho de la herencia recibida y encomendarse a reformas graduales financiadas con préstamos blandos, se reveló catastrófica cuando se hizo evidente que los mercados ya no seguirían apostando a un país adicto al déficit fiscal, gobierne quien gobierne. La sequía y la mala cosecha de la campaña agrícola de 2017 – 2018 hizo el resto.
Hacer política en medio de semejantes dificultades es difícil para cualquiera, pero fue especialmente duro para una coalición acostumbrada a la política light de las redes sociales. Cuando la calle se pone dura y los sueldos no alcanzan es el bolsillo el que determina el voto antes de cualquier otra consideración. Las PASO dieron un claro mensaje en este sentido.
Lo sorprendente del tema es que dentro de Juntos por el Cambio hubo propuestas muy claras para suspender las primarias que Marcos Peña desdeñó. Alfredo Cornejo, uno de los grandes vencedores de la jornada de ayer, propuso directamente este remedio cuando todavía había tiempo. La propuesta tenía sentido: ninguna fuerza tenía más de un candidato que ofrecer al electorado. Eran primarias en las que no se elegía nada.
Sin embargo, los estrategas oficialistas siguieron adelante con su libreto, como una locomotora sin frenos y menospreciando la idea. Consecuentemente, el golpe con la realidad fue tremendo, casi sepultando cualquier perspectiva reeleccionista. Para agravar las cosas la polarización, que tan buenos dividendos había pagado en el pasado, quedó en entredicho desde el mismo momento que la villana favorita, Cristina Fernández, cedió su lugar a Alberto en el ticket del kirchnerismo. Una cosa resultaba confrontar con la expresidenta y otra muy diferente hacerlo con su ex jefe de gabinete. Los gobernadores peronistas, reticentes en general a manifestar su apoyo a CFK, no dudaron en aprovechar la coartada brindada por esta vuelta de campana, volcándose hacia el nuevo candidato con el alivio de los que se han sacado un peso de encima.
Con el agua al cuello, Macri descubrió el valor de la política tradicional. Una inesperada multitud autoconvocada en Plaza de Mayo el 24 de agosto le informó que importantes sectores sociales no estaban resignados a aguardar pasivamente que los Fernández regresaran al poder. De inmediato surgió la idea de 30 marchas en 30 ciudades que, a lo largo de la reciente campaña electoral, demostró una formidable potencia. Es difícil encontrar registros de un mandatario sumido en una crisis tan intensa que haya congregado multitudes semejantes a lo largo y ancho del país.
Qué hubiera sucedido si esta apelación a la movilización popular se hubiera producido antes forma parte del distrito de la especulación. Sin embargo, es innegable que el haber implementado una campaña convencional en desmedro de las del tipo 2.0 hizo que el macrismo se reinventara, al punto de superar el 40% de los votos y contra todo pronóstico. Sobre esta base el presidente pudo improvisar anoche, ya con la certeza de la derrota, uno de los mejores discursos que se le conozcan.
Dijo muchas cosas, con la serenidad de quien cree marcharse por una puerta bastante más grande que la pronosticada. Llamó a cuidar entre todos a sus logros de estos cuatro años y, lo que quizá sea lo más relevante, se manifestó dispuesto a calzarse el traje de principal opositor a partir del 11 de diciembre. “Esto recién comienza y vamos a estar juntos para defender los valores en los que creímos”, arengó a sus seguidores en el búnker de Juntos por el Cambio, invitándolos a “cuidar la democracia y la República” y soñar un sueño común “que nos incluya a todos los argentinos, ejerciendo una oposición sana, constructiva, responsable, que pueda reafirmar las conquistas logradas”. Como dicen en el campo, si ladra y mueve la cola es perro, aunque le digan el gato.
El hecho de que entre Fernández y Macri haya sólo 7% de diferencia (nunca un adverbio fue tan pertinente) y que el voto de Juntos por el Cambio continúe atravesando horizontalmente el país a través de sus provincias más productivas, hace que el presidente electo deba recalcular sus anteriores expresiones. Contrariamente a lo que se suponía, los resultados están lejos de haberle otorgado un cheque en blanco.
Es esta certeza la que introduce el problema de la transición que, dicho sin rodeos, venía malparida. En las últimas semanas, y probablemente envalentonado por los cantos de sirena de las encuestas, Alberto se había distanciado ostensiblemente del presidente, dispensándole consideraciones despectivas. Pero ahora puede que deba cambiar su enfoque. Pese a haber sido derrotado, Macri demostró ser capaz de aglutinar importantes porciones del electorado que, por amor o por espanto, hicieron saber que no están dispuestos a soportar mansamente, en adelante, el anterior destrato prodigado por el kirchnerismo.
Esta fortaleza relativa hace que Macri pueda invitar a desayunar a su sucesor con naturalidad y que Fernández haya aceptado el convite con igual predisposición, expresando públicamente sus intenciones de colaborar en una transición ordenada. Esta es una postal inédita para la Argentina y, por supuesto, bienvenida. Ambos necesitan que los cuarenta días que median entre hoy y la entrega de los atributos del mando discurran con alguna razonabilidad, excepto que la estrategia del presidente electo -aparentemente oculta- pase por apostar al estallido general y, sobre esta base, tomar las medidas más draconianas posibles echándole las culpas del caso a su antecesor.
Macri es, por supuesto, el principal interesado en que la transición sea exitosa. Quiere pasar a la historia como el primer presidente no peronista en finalizar su mandato constitucional y, con este antecedente, liderar la oposición que, contrariamente a otras épocas, tendrá un peso considerable en la Cámara de Diputados, a tono con el porcentaje obtenido por la entente en todo el país. Habrá que ver si las estrellas políticas del actual oficialismo lo aceptan como el primus inter pares una vez en el llano y ya sin las poderosas convicciones que el poder ayuda a imponer incluso a los remisos.