Chile y Bolivia, el contexto del comicio del domingo

Alberto podría agitar el fantasma chileno para advertir sobre lo que Macri realmente desea para el país; sin embargo, el presidente podría retrucar que el futuro al que aspira el kirchnerismo no es otro que el de Venezuela o Bolivia. Dos contra uno.

Por Pablo Esteban Dávila

A una semana de las elecciones argentinas, Latinoamérica agita el panorama local. Hasta el momento, en tren de evocar peligros, Mauricio Macri llevaba las de ganar. Enrolado abiertamente en la lucha contra la dictadura de Nicolás Maduro, presentó tradicionalmente a la tragedia venezolana como la fase superior del kirchnerismo. De hecho, es una de las banderas que actualmente agita para lograr su reelección.
Alberto Fernández no disfrutaba de esta suerte. El modelo K no tiene ningún país del mundo que pueda mostrar como un modelo del éxito de las ideas que persigue. Además, el caso venezolano se ha revelado como una auténtica piedra en el zapato en su campaña electoral. Hugo Chávez fue el referente internacional tanto de Néstor como de Cristina, y Nicolás Maduro quedó como su heredero. Durante sus mandatos el eje Caracas – Buenos Aires funcionó con admirable sincronización, y no son pocos los militantes del Frente de Todos que todavía miran con simpatía al “Socialismo del Siglo XXI”. A tal punto perdura aquel legado que el presidenciable no se atreve a decir que Venezuela vive en una auténtica autocracia, algo que mueve a sospechas republicanas.
Pero la súbita crisis trasandina vino en su auxilio. Chile, a menudo presentado como un oasis de libertad económica y lucha contra la pobreza, sufre por estos días momentos aciagos. Es evidente que detrás del orden y la prosperidad que exhibe existen expectativas no satisfechas que, llamativamente, se agigantan cada vez que gobierna la derecha. Recuérdese las manifestaciones estudiantiles de 2011, durante el primer mandato del presidente Sebastián Piñera, que reclamaban por cambios en el sistema educativo sin haberlo hecho jamás durante los gobiernos de la concertación nacional.
No es difícil asociar las imágenes de Piñera y de Macri en medio de la campaña. Ambos son empresarios y políticos, son amigos personales y, razonablemente, piensan de la misma manera. Para la izquierda en general -y particularmente para Fernández- la conmoción chilena le pega en los tobillos al modelo de país que propugna el presidente argentino. Si supuestamente el kirchnerismo llevaba el país hacia Venezuela, esto no justifica que el macrismo quiera conducirlo ahora hacia Chile. El candidato del Frente de Todos sintetizó este imaginario en una reflexión agorera: “gracias a Dios no ha habido reacciones de esta naturaleza” en Argentina, preguntándose retóricamente “¿Qué nos pasó para haber tolerado tanto?”.
El argumento, por supuesto, es falaz. Las imágenes de algunos días de furia, por más virulentas que parezcan, no pueden ocultar los éxitos del modelo chileno desde hace tantos años. Sigue siendo un faro de lo que debe hacerse para superar la pobreza y mejorar la competitividad nacional. No hay país en la región que iguale sus performances. Aunque haya cosas importantes por corregir, esto no obsta a que su sistema político, perfectamente republicano, no se las arregle en forma adecuada para hacerlo. Este no es, claramente, el caso de los países bolivarianos.
El actual ejemplo que brinda Bolivia es paradigmático. Contra lo que podría suponerse, Evo Morales no es un mal administrador. El país del altiplano ha crecido fuertemente en los últimos años, tiene una inflación bajísima y ha aprovechado mejor que otros el boom de las commodities de la década pasada. Sin embargo, el gobierno del Movimiento al Socialismo no cree ni en la alternancia ni en la República. En 2017, Morales fue habilitado dudosamente por el Tribunal Constitucional para una nueva reelección cuando la constitución (dictada por él mismo) se lo prohibía. Enancado sobre sus anteriores éxitos electorales, el fin de semana se jugó nuevamente a una amplia victoria frente al candidato opositor Carlos Mesa.
Fue entonces cuando apareció la sorpresa: escrutado el 85% de los votos, Mesa forzaba el balotaje contra el presidente. Misteriosamente, el Tribunal Superior Electoral suspendió el escrutinio provisorio y anunció que anunciaría los resultados cuando concluyera con el definitivo, ocho días después. Las protestas no se hicieron esperar y, en un todo conforme con el realismo mágico latinoamericano, el conteo regresó a las pantallas sólo para anunciar que, con el 95% de los votos, Morales superaba por diez puntos a su contrincante y que, por consiguiente, no sería necesaria la segunda vuelta. Nuevamente las acusaciones por el grotesco y, sumadas a ellas, la presión de la OEA, hicieron que la tendencia, finalmente, retornara al escenario del balotaje.
Macri bien podría tomar lo allí sucedido para alertar sobre los riesgos siempre vigentes del populismo y sus manías autoritarias. Manipular una elección es grave, más aún cuando el Estado de Derecho siempre está en jaque en ese tipo de sistemas. Chile puede que tenga problemas -tan sorpresivos que nadie los vio venir- pero el caso boliviano es un primo de la deriva política venezolana, aunque con mayor orden económico. Alberto podría agitar el fantasma chileno para advertir sobre lo que Macri realmente desea para el país; sin embargo, el presidente podría retrucar que el futuro al que aspira el kirchnerismo no es otro que el de Venezuela o Bolivia. Dos contra uno.
Además, la Casa Rosada parece no tener complejos en apostar fuerte en la política internacional, a despecho de sus conductas timoratas en la economía doméstica. El canciller Jorge Faurie no dudó en alinearse con la tesis de los agitadores extranjeros que habrían intervenido en Chile, a tono con lo dicho por Piñera y sus colaboradores. “Hay un accionar coordinado con métodos casi calcados” en la región, fueron sus expresiones. Es obvio de que lado juega el gobierno, especialmente en una semana crucial en donde el presidente apuesta a que sus recientes posiciones sobre temas centrales -la república, la previsibilidad económica, el aborto o la corrupción- tengan la virtud de forzar una segunda vuelta. Suena a milagro, aunque también la haya parecido tal cosa Carlos Mesa, ahora punto de poner a prueba la interminable presidencia de Evo Morales.