Charles Brand deja Córdoba atrás (Segunda Parte)

Un viajero inglés empeñado en acelerar su viaje a Chile y Perú, en 1827, avanzaba penosamente entre postas solitarias y húmedas, por tramos intransitables del camino cordobés hacia el oeste.

Por Víctor Ramés
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Detalle de una ilustración del libro de Charles Brand “Journal of a voyage to Peru”, dibujo del autor (1828)

Para el marino Charles Brand, el tramo cordobés del camino al oeste era apenas un accidente en su viaje hacia la Cordillera de los Andes. Brand iría hasta Perú y volvería por este mismo camino a Buenos Aires, completando un periplo de doce meses entre su partida de Londres y el regreso a casa. El paso por tierra cordobesa se tornaba muyagobiante debido al terreno. El carruaje debía de pronto atravesar un terreno cenagoso con mucho cuidado y lentitud. El paisaje, al cabo,resultabano obstante reparador:
“En algunos tramos de este bosque debimos cerrar las ventanas del coche para evitar ser lastimados por los arbustos, que eran muy gruesos. Al medio del bosque había un pantano que, pudimos atravesar gracias al esfuerzo de los caballos que cinchaban. Tras superarlo, las colinas de la Sierra de Córdoba aparecieron de pronto ante nosotros, las primeras que veíamos desde que dejamos Buenos Aires: mientras el sol se ponía sobre ellas, pudimos percibir sus cumbres cubiertas de nieve. Luego de pasar una capilla pequeña, la Capilla del Rosario, llegamos a la posta de Punta del Agua al atardecer, haciendo apenas diecinueve leguas.”
Brand inaugura el capítulo IV de su libro para el resto de esa travesía cordobesa, con altibajos que templan la paciencia del viajero:
“Martes 31 de julio. Arrancamos a las ocho, con caballos de relevo hacia Santa Bárbara, nueve leguas por un camino malo; cabalgué esta etapa en un caballo excelente y llegué dos horas antes que mis compañeros, de quien supe luego que el coche había volcado, no pudiendoavanzar sino a paso de hombre debido a lo pésimo del camino.”
La siguiente posta era Tegua, “que dejaba mucho que desear, y el camino era deprimente”, dice con su síntesis habitual el teniente Brand. El viaje da un rodeo hacia el sur y sigue la línea de la sierra, por una “planicie inhóspita y estéril”. Un nuevo contratiempo le permite al marino inglés expresar su juicio admirativo sobre los peones criollos que los acompañaban:
“Mientras me divertía a costa de mis compañeros por no haber estado en el coche cuando este volcó, y ellos me relataban como tuvieron que salir a gatas de su interior, íbamos al galopejunto a un barrial extenso y profundo, cuando de pronto el coche se torció hacia la derecha, a punto de volcarse. Ese accidente me demostróla conveniencia de ponerles arreo a los caballos en este país, ya que los peones se desprendieron de inmediato y vinieron en nuestro auxilio en un segundo. Realmente son personas ingeniosas, siempre tienen una ocurrencia a mano: nunca vi un hombre torpe o estúpido durante el viaje. Enseguida enderezamos el carruaje, que no había sufrido daño, y proseguimos muy lentamente, debido al camino, y en especial al propio coche. Este no era un vehículo de viaje del país ya que el ancho de las ruedas no era suficiente para los hondos caminos, por dos pies; en consecuencia, andábamos con una rueda adentro y la otra afuera, a lo largo de todo este suelo escabroso, lo que no solo era incómodo sino también, por momentos muy peligroso.”
En Corral de Barrancas Brand valora: “posta excelente”, “habitación espaciosa para pasajeros”, “dueño muy amable”. Sin embargo, a la hora de dormir los viajeros tienen que optar entre la tierra húmeda y un par de bancos, también de tierra húmeda. Esto le extrae un consejo para lectores y lectoras:
“…no había ni el lujo de un catre, que no se suele encontrar, como ya mencioné, en estas pampas salvajes. Recomiendo mucho a los viajeros que traigan uno consigo; se puede construir fácilmente y es sencillo de transportar. Si viajan mujeres, verán el beneficio de su uso.”
Recambian caballos en las próximas postas: la de El Tambo y, a cuatro leguas, sigue la de Agüadita. El camino empeora, cruzan el arroyo de Barranquita, cerca de la posta del mismo nombre.Allíel coche logra velocidadyendo por la orilla, y comenta Brand:
“Era realmente hermoso sentir el galope pleno que los peones imprimían sobre el banco, arrastrando al carruaje por los declives del suelo. Llegábamos a la posta de Barranquita; los torrentes de la sierra habían erosionado el camino, por lo que solo avanzamos doce leguas este día.”
Las constantes demoras y la imposibilidad de ir más rápido debido al estado del coche -que ya tenía un muelle quebrado y había volcado dos veces- hizo que Brand y su acompañante, “muy ansiosos por seguir adelante”, decidieran separarse de los españoles propietarios del coche y continuar a caballo. Sin embargo, la lluvia los retiene en la posta de Barranquita, cuyos dueños eran ricos y no se ocupaban suficientemente de ella. También poseían una capilla que estaba frente al lugar. La larga y caudalosa lluvia hacía reflexionar a Brand:
“He oído sobre las miserias de estar confinado en una posada durante un día lluvioso; dejaré juzgar sobre esto a quienes cruzaron la pampa y se protegieron en una miserable choza húmeda, sucia y plagada de alimañas, obligados a dejar abierta la puerta, aunque entrase el viento, la lluvia y el frío, para no quedar a oscuras. Nuestro equipaje se desparramaba sobre el piso sucio y embarrado, proclamando la utilidad de asientos y mesas.”
Tras la lluvia, al atardecer, llegaban unos visitantes a la posta: era un grupo de gente originaria amigable, que llevaban consigo a dos cautivos chilenos: un hombre y un muchacho. Los indios tenían semblantes y miradas inexpresivas. Brand y sus acompañantes compartían la mesa con el maestro de posta y su familia, y se produjo una escena musical:
“Los cautivos vinieron a la puerta y cantaron un aire muy lastimero, acompañándose de una guitarra que les había prestado la hija de nuestro anfitrión, quien también nos agasajó con una muestra de la música de la pampa, un tintineo de melodía monótona, bastante quejumbrosa.”
Al partir, en la mañana helada, Brand y su compañero encontró a los indios durmiendo sobre el piso escarchado, a la intemperie. Se despidieron de los españoles y galoparon hacia la posta de Achiras, la última antes de entrar en territorio de San Luis.