El lobo bolivariano sopla su brisa sobre la República

Los conflictos en toda América Latina se multiplican, mientras en Argentina seguimos confiados de que no tiene nada que ver con nosotros. Sin embargo, suma dudas a días de las elecciones.

Por Javier Boher
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repúblicaLa última semana ha dejado mucha tela para cortar en el plano internacional. Aunque eso puede parecer lejano o irrelevante para el momento político interno que está atravesando Argentina, tiene mucho más que ver que lo que la gente podría pensar. De hecho -e involuntariamente- Nicolás Del año lo dejó en claro hace poco más de una semana, cuando pidió el patético minuto de silencio por los muertos en Ecuador.

El conflicto en aquel país, al igual que el que estalló este fin de semana en Chile, tiene aires de semejanza con la situación de la región: básicamente se trata de algunos sectores que no aceptan que cuando se pierde el poder es el momento de controlar desde las instituciones.

El ocaso del bolivarianismo -que llegó de la mano de la caída del precio del petróleo, sepultando las aspiraciones imperiales regionales del chavismo delirante- expulsó a los gobiernos progresistas hacia el llano, donde debieron reconvertirse en una oposición tolerante y decente (algo que paradójicamente se pudo ver parcialmente en Argentina).



Las legítimas protestas contra el aumento del costo de vida, los combustibles o el boleto de transporte (distintas causas en las distintas latitudes) viraron en enfrentamientos violentos, que no son más que la reafirmación de la razón de los brutos, que se conoce por la prepotencia y la fuerza. La negación ante la derrota ha empujado a sectores que habitualmente no superan la barrera del 5 o 10% de los votos en la búsqueda de una victoria política ante las fuerzas del Estado, que conserva para sí el monopolio del uso legítimo de la fuerza.

Cuando esas minorías intensas pretenden erigirse en vanguardias revolucionarias para empujar a las masas hacia la toma de conciencia, lo único que se constata es que se profundizan las divisiones y las desconfianzas, no se resuelven los problemas ni se ganan derechos, sino que se justifica el resurgimiento de un ala política conservadora que defiende el uso de la fuerza como única respuesta a las demandas populares. Si se patea mucho el panal en algún momento van a salir las abejas.

La negación de la política (que por definición implica negociar o dialogar con los que piensan distinto) queda a la orden del día, con los que luchan contra el sistema enfrentándose a los que lo conducen. Que la gente quede de rehén de ese conflicto estéril parece ser poco más que un dato de color para los que se niegan a apaciguar a las masas.

Otra vez la doble vara emerge entre los que entran en éxtasis viendo a los manifestantes tirar piedras o a los uniformados tirar gases. Mientras personajes como la izquierda clasista o el kirchnerismo duro ven una gesta épica del “valiente pueblo” chileno o ecuatoriano, los del otro bando celebran la decisión política de mandar a los uniformados a la calle.

Al revés, unos defienden la dictadura cubana o la venezolana, mientras los otros se pronuncian por el “sufrido pueblo” de esos países. Las convicciones son absolutamente negociables en la búsqueda por el poder, con una visión del mundo que sólo concibe un futuro brillante si “los otros” no pueden echar mano a la cosa pública.

La “brisa bolivariana” de la que habló el dirigente venezolano Diosdado Cabello (que remite al fantasma del comunismo que se cernía sobre Europa según la primer oración del Manifiesto Comunista de Karl Marx) enciende las alarmas en la región, que ya ha visto la influencia de tan nefasto régimen en los últimos tiempos, principalmente en lo referido al regreso de una facción de las FARC a la lucha armada.

La suspensión del escrutinio provisorio en Bolivia cuando los números estaban indicando la posibilidad de un ballotage (que podría significar el freno a un quinto mandato de Evo Morales) es otra muestra de que en su fase decreciente los populismos no tienen miedo de romper el sistema democrático y las instituciones que abraza, algo que queda claro en los conflictos de toda la región.

Este dato es fundamental de cara al futuro argentino. Esa visión amenaza lo que pueda pasar después del 10 de diciembre, haya o no un cambio de color político al frente del gobierno. ¿Qué le espera al país si la brisa bolivariana llega a sus calles? ¿Grabois dejará de marchar o lo hará lo mismo? ¿Seguirán las lluvias de piedra a las puertas del Congreso? ¿Qué rol jugarán las fuerzas de seguridad? ¿Qué pasará con “nosotros” y con “los otros”?

Son demasiadas preguntas a menos de una semana de las elecciones, que se dan en el marco de una región en conflicto creciente aunque la mayoría prefiera asignarle una épica de rebelión joven que nada tiene que ver con los gerontes que la incentivan.

Vienen tiempos duros para la democracia liberal, amenazada por el lobo bolivariano que sopla sobre el hogar republicano deseando derribarlo hasta los cimientos. Esperemos que esta vez hayamos hecho la casa de ladrillos y no de pura paja.