Marchando hacia la recta final

La marcha oficialista le dio una presencia simbólica a un sector del electorado que no suele salir a mostrarse. Sea por pagar una deuda o para definir un espacio, la marcha fue fundamental.

Por Javier Boher
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marchaLe pido que me disculpe, amigo lector, pero le voy a deber una lectura mordaz sobre el debate. Es que a la hora en la que los muchachos se juntaron a tirar facha yo estaba en una de esas típicas cenas de día festivo, en la que en la mesa hay asado frío, ensalada media mustia, medialunas, un cuarto de pastafrola, un tupper con fiambre de algún evento anterior y pan recalentado en el horno, toda comida sana, como corresponde a estas épocas fit.

Como debía repartir mi tiempo entre festejar con mi madre, con la madre de la madre de mis hijos, con la madre de mi padre y las madres de mis sobrinos, opté por lo simple de escribir en algún ratito libre al medio, o entre varios de los mismos. Le metí más intermitencia que Giacomino a los párpados, pero “sí se pudo”.

aYa me adelanté con la frasecita esa de arriba, el slogan con el que Gatricio y su pandilla nos quieren convencer de que van a dar vuelta los más de 15 puntos de las PASO, algo más difícil que afeitarle la melena a la Mona Jiménez mientras pedalea por la Donato Álvarez. Se merece un reconocimiento a la insistencia, cual adolescente libidinoso que quiere consumar el acto con cuanta fémina se le cruce.



La marcha del sábado fue un evento político importante, pero más por lo simbólico que por otra cosa. Como escribió Ernesto Tenembaum hace unos días, esto es una reafirmación de una identidad. Básicamente, Miauri está tratando de convertirse en el líder de la futura oposición, así como hizo la Silenciosa del Calafate cuando llenó la plaza antes de poner los portarretratos y las lapiceras de la Rosada en una caja de cartón para empezar la mudanza.

“Hay Gato para rato” repetían los manifestantes, convencidos de que un presidente con problemas de dicción es la mejor figurita para jugarle al universo kirchnerista en el futuro. Es casi tan arriesgado como pensar que un tipo que no pega un puñete pueda ser campeón del mundo de boxeo, pero si Locche lo logró pegando menos que cerveza sin alcohol estos confían en que el presi pueda.

La apuesta de Macri fue distinta a lo que marca el manual duranbarbista de evitar el contacto humano, como esos fóbicos a los gérmenes menos dispuestos a dar la mano que Scioli cuando le piden la de plástico para marcar uno de los palos del arco cuando sale picadito en la playa.

Gatricio ha abrazado gente, besado pies, manejado tractores y cuanta cosa le haya pintado hacer. Buscó conectar con sus votantes mejor que a través de un algoritmo, algo que molesta tanto a los que sienten que tienen el monopolio de la calle como a los que odian salir a caminarlas.

Ojo, que esto no quiere decir que puede levantar un muerto más grande que el de Lucho Castro, sino que hay un conjunto de ideas que están, existen y deben ser escuchadas porque una parte de la población las abraza. Básicamente, con ese nivel de movilización en todo el país (pero especialmente en Buenos Aires) quedó claro que hay gente decidida a alzar la voz como hace un tiempo no pasaba.

Si todo sale como esperan los muchachos, que andan menos afilados para los números que estudiante de filosofía, pueden asegurarse una minoría de alrededor del 40% de los votos, mucho más que lo que sacaron los que en 2011 fueron separados y le permitieron a Cristina su fatídica reelección. No es lo mismo perder por 15 que perder por 30, amigo lector, especialmente en los presidencialismos como el nuestro.

De lo que debería tomar nota el Presidente Encargado Alberto Fernández, es de esa masa de gente que volvió a la movilización después de mucho tiempo. El polo antiperonista está como el cuarentón recién separado que se hace fanático del running: salió a la calle y ya le agarró el gustito.

Con una causa más bien difusa, el populismo de Gatricio está al dente, y esas cosas se sabe cuándo y cómo arrancan pero no cómo pueden transformarse en el mientras tanto, como esas novelas de Suar que arrancan como comedia y al final son unos culebrones dramáticos que nada que ver.

Lo que pasa en Ecuador, en Chile, en Cataluña y en todos lados es un síntoma de los tiempos, un hartazgo con la clase dirigente que no distingue entre partidos (aunque muchos dirigentes intenten aprovecharse, obviamente). Ante el ajuste que nos va a tocar a futuro (tan inevitable como la piedra en verano) estas grandes masas reclamarán su protagonismo. Aunque lo ideal sería que fuesen un poco menos inflamables, negarlas es más arriesgado que atarse los cordones en marcha por la flexibilización de las penas a violadores (como las que le gustan a Vicky Donda y sus aliades progresistas).

La posibilidad de cambiar de gobierno no peronista por vías institucionales es toda una deuda que teníamos con nosotros mismos. Esta marcha fue en parte para asegurar eso. ¿Se imagina a Alfonso el bueno juntando en el ‘89 la misma cantidad de gente que en el ‘83? ¿O a De la Duda con la plaza llena en el 2001, pero para que se quede y no para que se vaya?. Nos hubiésemos ahorrado muchas penas, amigo lector, de eso no hay dudas.

Usted sabe a quién va a votar y por qué. Está bien que así sea y así siga. Con marchas o sin ellas, sólo hay que tratar que sea siempre hacia adelante y nunca hacia atrás. Disfrute la última semana y no se vuelva loco, que con lo que vivimos después de las PASO ya tuvimos suficiente.