Charles Brand deja Córdoba atrás (Primera Parte)

Un marino inglés que cruzó el continente por el sur cordobés, en 1827, tomó sobre la marcha en su diario anotaciones que dicen lo mínimo, fruto del examen superficial del viajero que lleva prisa.

Por Víctor Ramés
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Ilustración del libro “Journal of a voyage to Peru” de Charles Brand (1828), hecha por el autor.

Cuando era apenas un muchacho, en julio de 1810, Charles Brand abordó como voluntario de primera la fragata Apelles 14. Era el mes y el año en que estallaba la revolución en Buenos Aires. Sin embargo, el joven inglés nada sabía de estas tierras sudamericanas, e iniciaba su carrera naval, la que sería pródiga en experiencias y recorridos por mares diversos, participando incluso en la captura de varias embarcaciones enemigas. Fue recién en junio de 1827 que el teniente Charles Brand pisaría tierra sudamericana, visitando Brasil y Uruguay antes de dirigirse a Buenos Aires. Allí preparó su viaje a través de la pampa, en dirección a la Cordillera. En total, su periplo, desde su partida de Londres hasta su regreso al mismo punto, duró doce meses, en los que cruzó dos veces el continente por tierra, a través de los Andes; y recorrió también la Banda Oriental. Permaneció en Chile tres semanas, siete semanas en Lima, una en Mendoza, ocho en Buenos Aires, una en Montevideo y una en Río de Janeiro. Ese viaje, incluidos los días de navegación, fue descripto por Brand en su diario, que publicó en Londres en 1828: Journal of a voyage to Peru, que incluía el Viaje a través de la Pampa, en el invierno de 1827).

En el prólogo, Charles Brand declaraba no tener pretensiones literarias. Sus páginas habían sido escritas en la marcha del día a día, durante viajes muy rápidos, en el lugar de los hechos. De allí la brevedad de sus descripciones. Esperaba que la publicación sirviese, entre otras cosas, para que los lectores contasen con “un fiel relato de las diversas dificultades que deberá enfrentar un viajero al atravesar el continente sudamericano en la estación invernal”.

El interés de esta nota se limita al trayecto de Brand por el sur de Córdoba, en dirección a Chile y a Perú. Esa parte de la historia comenzaba al cruzar el viajero la frontera entre Santa Fe y Córdoba, el 28 de julio de 1827. Brand, junto a un acompañante, iba en el carruaje de dos caballeros españoles, quienes lo habían adquirido con el fin de viajar a Mendoza.



“Luego de veinticuatro leguas de camino llegamos a la villa La Cruz Alta, que separa la provincia de Santa Fé de Córdoba. Esta villa consiste en diez o doce ranchos de barro totalmente cercados, y algunos rodeados con paredes de barro, como defensa contra los indios; de hecho, la mayoría de las postas en las provincias de Santa Fe y Córdoba están protegidas con paredones de barro o cercos, por lo expuestos que se hallan a los ataques de los salvajes del sur. Al dejar La Cruz Alta, pudimos ver el Río Saladillo, cuyos márgenes son casi perpendiculares, bordeados por algunos árboles. Al atardecer arribamos a Lobatón, luego de hacer noventa y nueve millas aquel día.”

El río anunciaba la proximidad de la localidad también llamada Saladillo, que sería la siguiente posta donde se detendría el coche en que viajaba Brand.

“Domingo 29. Partimos a las ocho: a cuatro leguas de distancia llegamos al río Saladillo y, tras el cruce, arribamos a la posta y pueblo del mismo nombre, que consistía en diez o doce cabañas cercadas.  Aquí estaba instalado un guardia y comandante contra la incursión de los indios, y habiéndonos provisto de pasaportes, cambiamos caballos en Barrancas, y nos encontramos con doce carretas del campo dirigiéndose a Buenos Ayres. Esas máquinas están hechas de bambú, la parte superior cubierta con cuero; están montadas en dos grandes ruedas, de diez u once pies de diámetro, que nunca están engrasadas, de manera que cuando se está cerca de ellas, sus crujidos y chirridos llegan a ser aturdidores.”

Brand dedica algunos párrafos a la descripción de la carreta, algo que ya otros viajeros hicieron antes que él y luego otros. Aquí abreviamos esa parte del texto y retomamos la continuidad del viaje con una animada escena dominguera en la actual Bell Ville:

“Pronto llegamos a la villa Fraile Muerto, donde los gauchos estaban de carreras de caballo, que es la diversión general de los domingos. Estaban vistosamente ataviados para la ocasión, en sus apuestos ponchos de varios colores. En su mayoría, estas gentes miserables y sin aseo lucen no obstante sus espuelas y estribos de plata; sus carreras son muy cortas, y siempre montan sin silla.”

Dada la brevedad y la prisa que son signos de su diario, tenemos al inglés ya en el siguiente tramo:

“Al pasar a la vista del Río Tercero, llegamos enseguida a la posta de Esquina de Medrano, situada muy agradablemente en sus orillas, y la mejor a la que habíamos llegado hasta el momento. El río corre cerca de la misma, ancho y profundo, con orillas muy escarpadas con árboles que, tras viajar a través de una vasta planicie de ciento treinta leguas, con nada sobre qué posar los ojos, nos brindaban una alegre apariencia. Aquí la defensa contra la incursión de indios parecía haberse vuelto innecesaria. Por hallarse la próxima posta a ocho leguas, y por un camino malo, decidimos quedarnos a hacer noche y tuvimos una buena cena y habitación limpia para dormir.”

Otra vez en marcha, desde temprano. Nada retiene a viajero, ni tampoco a su mirada. La única excitación resulta ser una falsa alarma:

“Lunes 30. Salimos a las 8, con relevo de caballos para el coche. Las primeras cuatro leguas fueron a través de una maleza y un mal camino; las cuatro segundas leguas por una monótona pampa. Obtuvimos caballos frescos en el Arroyo de San José, una muy buena posta, y nos llevaron hasta Cañada de Lucas, una horrible. Saliendo de ese lugar, uno de nuestros caballos pisó en un pozo de vizcacha y rodó junto al jinete casi debajo de las ruedas del carro. Sorprendente como pueda parecer, y aunque iba a todo galope, los otros peones lo detuvieron con tal presteza que ni el hombre, ni el caballo resultaron heridos.  A una distancia de tres leguas, cambiamos caballos en una cabaña sobre la izquierda, donde nos informaron que se había visto a ladrones en el bosque que debíamos atravesar en nuestra ruta a La Punta del Agua; preparamos por ende nuestras pistolas y llegamos enseguida allí, sin hallar sobresaltos.”