Los clics de una lista

A los 89 años, el crítico cultural Harold Bloom falleció el lunes en Nueva York, y su deceso reflotó aquellas discusiones de hace un cuarto de siglo, cuando con su más que polémico libro “El canon occidental” se atrevió a sacar la teoría literaria de las aulas para transformarla en un best seller.

Por J.C. Maraddón
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bloomMuchos portales web y perfiles de redes sociales exponen una inocultable necesidad por generar clics a través de trucos que, de tan utilizados, terminan siendo inofensivos. Y uno de ellos es el de generar listas al estilo de “los 10 … más exitosos” o “los 50 … indispensables”, frases en las que la línea de puntos puede ser rellenada con el objeto cultural que uno desee. Parece que, en este caso, el atractivo consiste en que el usuario se vea tentado de buscar y encontrar allí alguno de sus favoritos, para corroborar de esa manera que su gusto no estaba tan equivocado.

Quizás esto resulta un poco más fácil con géneros que son propios de las últimas centurias, como por ejemplo, el cine, que suele dar pie a “las 100 películas que hay que ver antes de morir”, entre otras compulsas más o menos sutiles. También son habituales estas enumeraciones en la música, porque las grabaciones comerciales circulan desde comienzos del siglo veinte, en tanto que los álbumes son todavía más recientes, con lo cual el periodo abarcado es extenso, pero no tanto como para invalidar la posibilidad de revisar cuáles han sido los más brillantes o los que mayor repercusión han tenido.

Al igual que podría suceder con las artes visuales, la literatura es un ámbito en el que realizar estos procedimientos resulta bastante engorroso. La cantidad de libros escritos desde tiempos remotos es inabarcable, e incluso si limitamos ese universo a lo publicado después de la invención de la imprenta, nos encontramos ante una tarea de titanes. Quizás algunas vertientes literarias más específicas y recientes admitan la confección de un listado medible en decenas, pero remitirse a los libros en general podría dar lugar a una columna integrada por miles de títulos, una colección cuya lectura total nos insumiría varias vidas.



Sin embargo, hace 25 años apareció un volumen que llevó adelante una misión tan ciclópea como esa. El profesor Harold Bloom, que por entonces ya había pasado los 60 años de edad y contaba con un historial pletórico de ponencias por demás controvertidas, publicó su ensayo “El canon occidental”, donde elige 26 autores que, a su juicio, son los más representativos de las letras universales desde el siglo XIV hasta finales del segundo milenio. Al momento de su aparición, las disidencias le llovieron. Y con el correr del tiempo, la polémica creció de manera exponencial.

En ese cuadro de honor donde el argentino Jorge Luis Borges se codea con Cervantes, Dante y Shakespeare, no sólo fueron las ausencias de otros nombres claves las que suscitaron reclamos, sino sobre todo la falta de una perspectiva de género (apenas tres mujeres: Emily Dickinson, Virginia Woolf y Jane Austen), la prevalencia del idioma inglés (13 escritores angloparlantes) y el predominio de figuras europeas (22 oriundos de ese continente). A capa y espada, Bloom defendió el criterio de selección que había empleado, basado en la “sublimidad” y la “naturaleza representativa” de los nombres elegidos. Y se hizo cargo de su propia arbitrariedad y de su incorrección política.

A los 89 años, Harold Bloom falleció el lunes en Nueva York, y su deceso reflotó aquellas discusiones de hace un cuarto de siglo, cuando con su lista canónica sacó la teoría literaria de las aulas y la transformó en un best seller. Un éxito cimentado, entre otras cosas, en las voces que se levantaron en su contra y que ahora se proponen instaurar un nuevo canon, más diverso, inclusivo y multirracial que aquel que transformó a su autor en blanco de las críticas. Como precursor de esa tendencia que hoy prolifera, Bloom viralizó una lista a la que muchos todavía le dan clic.