Las mentiras electorales como verdad absoluta

La proliferación de información falsa en internet ya no alcanza a ser contrarrestada por las iniciativas de chequeo. Tal vez sea hora de avanzar sobre los monopolios digitales.

En tiempos de elecciones y virtualidad, el valor de las noticias se convierte en algo esencial para el funcionamiento del mismísimo sistema democrático. Acorralados por los números, los políticos suelen aprovecharse de las rendijas que quedan abiertas en los nuevos entramados digitales.

En los últimos años la inmediatez de la información generó una nueva necesidad para los usuarios, la de saber si la información que consumían o compartían era verdadera. Así nació un fenómeno mundialmente conocido como “fact-checking”, que no es otra cosa que la comprobación de datos (algo que debiera ser la vara para cualquier periodista serio).

En Argentina la punta fue marcada por Chequeado, una página que se propuso poner bajo la lupa los argumentos de la discusión política, algo que se vio obstaculizado la falta de información oficial, sumado a la falta de objetividad de algunos colaboradores. En los últimos meses, producto también de la hiperinflación noticiosa en año electoral, nació Reverso, otra propuesta similar, con la salvedad de estar respaldada por medios tradicionales.

Sin embargo, nada de eso es suficiente. Las imágenes sobre supuestas obras mal hechas, sobre el accionar de grupos piqueteros, sobre supuestas declaraciones de algunos candidatos, se mezclan con información real, generando confusión sobre qué es cierto y qué no.



Aunque ya hace un tiempo tocamos este tema, cada vez se hace más importante, especialmente en el tramo final de la campaña, en el que cada candidato tratará de torcer el destino que señalaron las PASO.

En ese sentido, y por el uso malintencionado de las herramientas virtuales, ha tomado fuerza una tendencia que se está posicionando en el primer mundo. Ante la insuficiencia del fact-checking, ahora de lo que se trata es de regular las plataformas por las que se difunden esas mal llamadas noticias falsas (porque una noticia es real, mientras que las “fake news” son mentiras).

La precandidata presidencial demócrata Elizabeth Warren ha decidido dirigir sus cañones contra los grandes monopolios informáticos que modifican el debate público en Estados Unidos. Atenta al poco efecto del fact-checking como mecanismo de control sobre el discurso mentiroso del presidente Donald Trump, prefirió llevar la pelea un poco más allá.

La jugada fue magistral, logrando por primera vez en mucho tiempo dejar en evidencia la poca neutralidad de las plataformas sociales a través de las que se canalizan las interacciones en el mundo virtual, que han logrado posiciones monopólicas por una agresiva política de adquisiciones.

Los estrategas de campaña decidieron publicitar una noticia falsa según la cual Mark Zuckerberg (dueño de Facebook, instagram y Whatsapp) habría dado su apoyo público al presidente Trump. La falta de filtros permitió que eso llegue a Facebook y se viralice como si fuese cierto, dejando a la vista la falta de ética de la empresa que sirvió de medio de propagación.

Esto excede lo que puede ser el fervor militante o la falta de luces de algunos fanáticos. La original propuesta demuestra que las campañas políticas pueden mentir de manera intencional, sin encontrar más filtros que los que pueda tener el receptor de las mismas. Se elimina el código de ética del medio, que en sus formas tradicionales mantiene ciertas líneas de conducta respecto a la veracidad de lo que publica.

Esto no tiene que ver con regular el flujo de información en internet, que es libre y debe seguir siéndolo. Tiene que ver con preservar el derecho del usuario (y más importante, del ciudadano) de recibir información real, garantía cierta para el correcto funcionamiento de un sistema en el que las personas deciden el rumbo político a través de su voto. El Estado debe dar un paso en la dirección de lograr que deje de ser negocio para algunos el propagar noticias falsas.

Candidatos y plataformas obtienen un rédito enorme por la difusión de mentiras, que llenan los bolsillos de las empresas y le dan el poder a los políticos, mientras engañan y dividen a los ciudadanos. Así, todos quedamos sumidos en una especie de pesadilla en la que nunca se puede saber qué es real y qué es mentira, aunque todo se viva como si se tratara de una verdad absoluta.