El estigma de la incorrección

Fallecido ayer a los 77 años, el cantautor Cacho Castaña ha sido un representante paradigmático de la casta de los galanes chapados a la antigua en la Argentina. En su legado musical, la sensibilidad tanguera comparte espacios con el golpe bajo para la tribuna.

Por J.C. Maraddón
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Los cambios que se están viviendo en los paradigmas de la convivencia social son tan drásticos, que al comparar una opinión actual con otra de hace pocos años sobre el mismo tema, encontraríamos notables diferencias. Aquello de que “nadie resiste un archivo” se ha vuelto una verdad generalizada, sobre todo para las figuras públicas, que como tales han dejado su testimonio en sucesivas entrevistas, cuyo contenido puede ahora volverse en su contra. Salvo los contados ejemplos de una coherencia absoluta, es muy fácil hallar antecedentes de una conducta que hoy es considerada políticamente incorrecta, pero que antes era tolerada como algo natural.
Lo más notorio es lo que sucede en estos días en el segmento femenino de la población, donde el prototipo de la ciudadana independiente, empoderada y autosuficiente, es el que empieza a predominar y el que se expande a través de películas y series, donde las mujeres toman el protagonismo que antes se les retaceaba. Frente a fenómenos como la violencia de género y la discriminación, es lógico que se fortalezcan modelos de comportamiento que actúen como antígenos y que, de ser necesario, infundan el temor a la represalia sobre aquellos individuos que han desarrollado una tendencia agresiva contra sus parejas.
Pero lo que todavía no se vislumbra con nitidez es el lugar que le cabe al varón en este contexto. Y así es como afloran estereotipos arcaicos, cuyos defensores entran en la categoría de “machirulos”, y deconstrucciones en proceso, que en este momento nadie sabe muy bien en qué van a devenir. La transición se presenta así amenazada por una inestabilidad evidente, porque los antiguos cánones de la masculinidad han entrado en decadencia y su reemplazo por otros aún no parece haber terminado de concretarse. Y hasta tanto eso ocurra, los equívocos podrían llegar a estar a la orden del día.
Uno de los patrones de comportamiento que ha sido cuestionado, por ejemplo, es el del galán recio e inconquistable, que se especializa en acumular amantes en su prontuario, sin comprometerse demasiado en ninguna relación. Ese estándar del picaflor que manipula los sentimientos ajenos y que, al igual que los marineros, tiene un amor en cada puerto, debería haber caído en desgracia, si nos atenemos a los flamantes parámetros de personalidad varonil. Sin embargo, ese perfil no se resigna a perder vigencia, y no pocos de los astros de la música, el deporte y la actuación replican esas características.
Tal vez un representante paradigmático de esa casta en la Argentina haya sido el cantautor Cacho Castaña, quien falleció ayer a los 77 años, dejando un legado musical donde la sensibilidad tanguera comparte espacios con el golpe bajo para la tribuna. Repudiado por los exabruptos de algunas de sus declaraciones y de varias de sus letras, se jactó siempre de haber conquistado el corazón de las mujeres más deseadas de su época. Y, en su rol de experto seductor, desparramó consejos sobre cómo lograr su objetivo, muchos de los cuales no atravesarían en la actualidad ningún detector de expresiones machistas.
Su talento para captar la fibra más popular y su carisma de mujeriego le bastaron en sus comienzos para imponer un estilo y para encontrar un lugar donde lucir su estampa de trovador urbano en la farándula local. Pero esas mismas cualidades que alguna vez lo hicieron famoso, lo transformaron en un personaje al borde del patetismo cuando los vientos cambiaron y él se resistió a torcer la dirección de sus dichos. Además de sus canciones más logradas, seguramente lo sobrevivirá el estigma de sus actitudes incorrectas y el aura de ese latin lover que supo ser la envidia de sus pares.