Debate presidencial o el arte de no perder

El hecho de que haya sido un debate igualitario entre candidatos desiguales, tal como lo sostuvimos en nuestra columna del pasado viernes, diluye un tanto la preponderancia de los principales contendientes, aunque los analistas se han ocupado, correctamente, de poner la lupa en el desempeño de los indubitables duelistas del 27 de octubre

Por Pablo Esteban Dávila

En las últimas horas mucho se ha escrito sobre el debate presidencial del domingo pasado. La mayoría de los análisis se aventuraron en el campo de lo previsible. No porque sus plumas no tengan talento -que, sin discusión, la mayoría lo tienen- sino porque el acontecimiento estuvo completamente guionado por sus propios intérpretes, sin lugar para las sorpresas. Incluso la presencia de Daniel Scioli, un verdadero golpe de efecto preparado por Alberto Fernández, había sido adelantado a la prensa en la mañana del domingo por el propio interesado.
En tren de simplificaciones, Fernández agredió a Mauricio Macri todo lo que pudo y este sobrellevó con dignidad y profesionalismo una parada complicada. Roberto Lavagna se mostró como deslucido, incómodo, en tanto que Juan José Gomez Centurión demostró que el manejo de las cámaras no es su fuerte. José Luis Espert, un comunicador experto, cumplió con su objetivo de mostrarse como el postulante antisistema y Nicolás Del Caño habló exclusivamente para la izquierda, sin ánimo de sumar desde otras canteras ideológicas. Como nota de color expresó, cada vez que pudo, su solidaridad con los huelguistas de Ecuador y su tirria contra el presidente Moreno quién, por paradojas del destino, se llama Lenin.
El hecho de que haya sido un debate igualitario entre candidatos desiguales, tal como lo sostuvimos en nuestra columna del pasado viernes, diluye un tanto la preponderancia de los principales contendientes, aunque los analistas se han ocupado, correctamente, de poner la lupa en el desempeño de los indubitables duelistas del 27 de octubre. Y, a este respecto, debe decirse que tanto Macri como Alberto cumplieron con sus objetivos.
Esta certidumbre aleja la tentación de inventar un podio a los efectos de aherrojar un ganador artificial a los brazos de la opinión pública. Por otra parte, el intentar hacerlo sería un ejercicio aleatorio y asaz superfluo, máxime cuando ambos tuvieron, a su turno, puntos altos y bajos casi por igual.
En este sentido, debe partirse del supuesto de que los debates no sirven para ganar votos pero que pueden ayudar magníficamente a perderlos. El público que los siguen en general ya tiene decidido de antemano sus apoyos y su entendimiento del espectáculo se encuentra más próximo al de los romanos en el Coliseo que a asépticos ciudadanos tratando de elegir el mejor presidente. Prueba de que estos eventos son una cuestión de audiencias intensas antes que mayoritarias la ofrece el hecho de que fue Susana Giménez la ganadora del rating del domingo y no los que tienen la posibilidad de conducir el país. Para los contrincantes el asunto se trata, en consecuencia, de agradar a quienes ya los apoyan sin meter la pata.
Esta perspectiva permite comprender mejor la estrategia desplegada por los principales gladiadores. Es cierto que Fernández se mostró agresivo casi todo el tiempo (una actitud censurada por algunos medios), pero esta posibilidad ya se computaba dentro del distrito de lo inevitable. ¿A guisa de que podría haberse mostrado comprensivo si sus propios votantes están evidentemente enojados con el presidente? No le convenía bajo ningún aspecto reinterpretar el humor de apoyos que cuenta como seguros. Además, no hay dudas de que la actual crisis económica es en buena parte producto de la propia mala praxis del gobierno nacional, por lo que haber obrado de otra manera hubiera sido desperdiciar un verdadero arsenal de motivos puestos en bandeja por el propio macrismo.
Desde el punto de vista técnico, Macri tampoco defraudó. Se nota que tiene oficio en el arte de sobrellevar debates. No se excedió de los tiempos fijados, en ningún momento perdió el control y devolvió golpes con eficacia cuando pudo. Y, lo más interesante, defendió razonablemente bien una administración a la que resulta difícil encontrarle aristas positivas. No debe haber muchos ejemplos en el mundo de un presidente que llega con tantas dificultades a una encrucijada como esta.
Ambos satisficieron sus propósitos de, por lo menos, mantener lo que tienen. Les hablaron a sus propios electorados, con Macri esforzándose en recuperar la renuente tropa de la clase media, un sector profundamente afectado por sus políticas, y con Fernández mostrándose como el estadista capaz de sacar al país de la postración, aunque sin aclarar como lo hará. En este sentido, el despliegue manifestado en el paraninfo de la Universidad del Litoral resultó una extensión de sus respectivas campañas, sin sorpresas ni innovaciones de nota.
Sólo una cosa llamó poderosamente la atención: el presidente casi ni habló de la corrupción K. ¿Moderación o cálculo? Convéngase de que el vector es potente y, a estas alturas, prácticamente indiscutido. Sin embargo no hubo una acción clara sobre este flanco y el candidato del Frente de Todos no necesitó recurrir a la monserga sobre que él es inocente y de que los acusados deben responder en el marco de la ley, sin privilegios pero sin arbitrariedades.
Semejante olvido puede que tenga una explicación oportunista: que el postulante de Juntos por el Cambio se esté guardando esta carta para el próximo domingo. Como se sabe, el debate en Santa Fe fue sólo el partido de ida en un campeonato con dos fechas, la última a jugarse en la faculta de derecho de la UBA el domingo venidero. ¿Será este el escenario en donde Macri intentará que Fernández cometa el error fatal? ¿Movería el amperímetro electoral el batir el parche sobre la corrupción en medio de una fenomenal recesión económica?
Otro punto del cual Macri se abstuvo de indagar fue del rol de Cristina en un eventual gobierno de Alberto. Tal vez lo analizó y prefirió descartarlo o, posiblemente, lo reserve como otro as en la manga. En todo caso, es un arma de doble filo. Su adversario podrá siempre negar cualquier interferencia futura con sólo apelar al recurso, tan caro al presidencialismo argentino, sobre “el que manda soy yo”. Además, el interpelado podría responder como si ya estuviera en funciones, relegando al presidente a la condición de exmandatario cuando todavía faltaría una semana para conocer el veredicto de las urnas.
En definitiva, fue un debate orientado a no perder antes que a ganar y, como tal, cauteloso y táctico. No deja de ser un arte, uno del tipo bizantino. Los artistas le hablaron a sus respectivos públicos, sin defraudarlos pero también sin entusiasmarlos. Fernández ratificó que, a pesar de no haber logrado nunca un cargo electivo por las suyas, es un candidato formado y filoso. Macri, por su parte y no obstante los inconvenientes por los que atraviesa, ratificó que el suyo es el dominio de la voluntad y que no bajará los brazos hasta que sea contada la última urna.