Muchos aspirantes con poco tiempo

El domingo será el primero de dos encuentros en el que los aspirantes a conducir el país se crucen para contraponer sus distintas visiones de futuro.

Por Javier Boher
[email protected]

El domingo vamos a volver a enfrentarnos a un evento atípico, un debate presidencial. Aunque hace cuatro años Mauricio Macri y Daniel Scioli se cruzaron frente a las cámaras, fue sólo en la etapa previa al ballotage, que forzó un encuentro que hasta entonces había sido resistido.
Desde entonces a hoy, cambió la ley y las dos instancias de debate se agregaron para cerrar el último tramo de la campaña. Todos los candidatos tienen la posibilidad de hablarle a la ciudadanía, haciendo el último esfuerzo de convencer a los votantes.
El evento es tan extraño que no hay antecedentes en los que hayan participado todos los aspirantes a la presidencia. Esto es así porque la norma no escrita manda que el que lidera la intención de voto no se presta a un evento que podría hacer crecer a sus rivales. La vocación democrática tiene que ser demasiado grande para aceptar ese riesgo personal, que no es más que un beneficio para los que tienen que elegir.
Los seis candidatos que pasaron el corte de 1,5% que establecen las PASO (entre los que no hay ninguna mujer, una ofensa para el feminismo extremo que decidió dejar fuera de competencia a la única que participó en la cita de agosto) se verán las caras en la Universidad Nacional del Litoral, locación elegida para mostrar algo de federalismo desde las formas.
Por las particularidades de nuestro sistema electoral (y una gran falta de sentido común desde el punto de vista del espectáculo) probablemente no haya que esperar nada muy emocionante. Los acotados tiempos de exposición y respuesta, sumado a que están en igualdad de condiciones candidatos de escaso caudal electoral con otros de alto perfil, le restan interés frente a lo que podría ser una situación de mano a mano en la que se puedan profundizar las diferencias (como se vio en el debate de hace cuatro años).
La rigidez del formato no permite la repregunta o la respuesta fuera de los momentos establecidos, a la vez que los 30 segundos para contestar no se pueden destinar a responderles a todos. Mientras haya cinco candidatos pidiendo al presidente que rinda cuentas, éste no podrá hacer más que dirigirse a uno solo (que ya todos saben cuál será).
Ya en la previa se puede saber más o menos por dónde intentará llevar el debate cada candidato. Todos apuntarán al fracaso económico de la gestión macrista, que a esta altura ya no es ninguna novedad. La duda es cuánto podrán explotar eso que ya quedó muy claro desde las PASO y para lo que seguramente el presidente ya haya estado repasando posibles respuestas.
Alberto Fernández y Roberto Lavagna tendrán la dura misión de venderse como los padres de la recuperación post 2001, un juicio filiatorio en el que los dos se quieren hacer cargo de la criatura pero no de la madre, que guardará silencio por la ausencia de debate entre aspirantes a la vicepresidencia.
Seguramente Nicolás Del Caño diga que la crisis es de los capitalistas y que la deben pagar ellos, porque la derecha es la responsable del hambre, la represión, el FMI y todo eso que repiten en loop pese a que hace tres décadas cayó el muro de Berlín. Aunque para los puristas pueda ser considerado antipolítico, seguramente haría un mejor papel si se dedicara a cantar o actuar el trap que se popularizó en las redes usando su nombre.
Gómez Centurión izará la bandera celeste en contra de la legalización del aborto, buscando el voto de nicho que jamás podría llevarlo a gobernar desde la Casa Rosada, aunque seguramente lo acerque a poner un diputado en el Congreso. Ese objetivo legislativo es el que demuestra que la presencia de candidatos de menos del 20, el 10, o el 5% no tiene sentido.
El que probablemente pueda dar su show (si el tiempo lo deja) es José Luis Espert, el verdadero outsider en el encuentro, que está cómodo con las provocaciones que lo hicieron conocido en las redes sociales. Es el que más tiene para ganar, aunque paradójicamente no se trate de esta elección que lo enfrente a “la casta política”, como le gusta decir.
Ante lo que se anticipa como una casi segura derrota de Macri, la apuesta de Espert es ser el candidato del hartazgo en 2023, para cuando supone que la situación económica se habrá agravado si prosperan las propuestas de Fernández, que deberá balancear el sentido común con las presiones del kirchnerismo más extremo.
Tal como se presenta la previa, esa situación por la que un Macri casi fuera del gobierno puede prometer más que un Alberto que aún no puede ejercer el cargo puede llegar a generar algún cruce interesante, algo en principio improbable. Sin embargo, nada debe descartarse en un país como el nuestro, en el que las sorpresas están a la orden del día, sin importar las palabras que se viertan sobre un escenario, con la mayoría de los candidatos despreocupados por lo que pueda pasar.