La crueldad desnuda

Tal vez lo agobiante de “Guasón”, lo que le ha procurado el desaire de los fanáticos del universo comiquero, sea que nos enfrenta al desafío de aceptar que ya no hay bondad ni maldad absolutas, como ocurría en esos tiempos dorados en que un héroe sólo podía luchar para salvar a la humanidad.

Por J.C. Maraddón
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Una película donde se dramatizan las consecuencias de los recortes de los servicios de salud pública, donde se señala la opulencia de la dirigencia política y la orfandad de los marginados y donde se escenifica la turbulencia de un estallido social imparable. Un filme que sindica como emblema de la rebelión a un demente que no cuenta con los medios para conseguir la medicina que puede contener los síntomas de su patología. Un argumento que no da respiro al espectador, sometiéndolo a que sea testigo de la debacle moral de un hombre que confiesa no haber atravesado en su existencia ni un solo momento de felicidad. Ante un largometraje de semejantes características, parece inapropiado hablar de un producto perteneciente al negocio del entretenimiento. Podrá ser un éxito de taquilla, podrá considerárselo como parte del universo de cómics de la compañía DC (donde también habita Batman), y podrá figurar en los paneles de publicidad de las principales salas cinematográficas del mundo. Pero, más que entretener, “Guasón” conmueve hasta al menos sensible y pone al público en riesgo de atragantarse con el pochoclo, ante un cuadro desolador que no deja espacio ni al romance convencional ni al escape humorístico, pese a la profusión de estandaperos y payasos. La obra de Todd Phillips no podría ser más oportuna, porque arriba justo cuando Martin Scorsese acaba de sentenciar que el cine de superhéroes no es cine. Y pocas semanas después de que Quentin Tarantino admita, a través de la magistral “Había una vez en Hollywood”, que quizás todo tiempo pasado fue mejor. “Guasón” puede gustar o espantar, pero nadie en su sano juicio podría expulsarla del género cinematográfico. Y, además, plantea nuevos desafíos hacia el futuro, que se sustentan en un guion poderoso y en la consagratoria actuación de Joaquin Phoenix, antes que en los consabidos efectos especiales. Scorsese está tácitamente presente, porque al vínculo que se establece en la ficción entre Phoenix y Robert De Niro, es imposible no asociarlo con el que desarrollan el propio De Niro y Jerry Lewis en “El rey de la comedia”. De la misma manera, las escenas de violencia asesina que exhibe el filme evocan ese estilo tan propio de Tarantino, donde los criminales siguen con su vida cotidiana manchados por la sangre de sus víctimas. Pero Todd Phillips (más que conocido por dirigir “¿Qué pasó ayer?” y por producir “Proyecto X” y “Nace una estrella”) no agota su potencial en esa influencia, sino que lo dispara hacia una dirección mucho más escabrosa. Tal vez lo agobiante de “Guasón”, lo que ha dividido a la crítica estadounidense y le ha procurado el desaire de los fanáticos del universo comiquero, sea que nos enfrenta al desafío de aceptar que ya no hay bondad ni maldad absoluta, como ocurría en esos tiempos dorados en que los héroes no podían sino luchar para poner a la humanidad a salvo. Y ese revisionismo que alguna vez transformó a Batman en un personaje oscuro y vengativo, se vuelve ahora como un bumerán y traza el perfil de un villano que sintoniza con el reclamo de las masas. Más allá de que se acomode dentro del género fantástico y que se ambiente en una imaginaria Ciudad Gótica, hay demasiados elementos realistas en esta película, y eso resulta provocador para la gente distraída que ingresa a la sala en busca de esparcimiento y se topa con una cinta casi testimonial que pinta un panorama apocalíptico, caracterizado por la ausencia de empatía, de solidaridad y de respeto por el prójimo. Al desnudar la crueldad global, bajo la fachada de un título taquillero, “Guasón” nos deja atónitos y con más preguntas que respuestas.