Macri lleva el palacio a la calle

La serie de movilizaciones ordenadas desde el oficialismo muestran una actitud política diferente de parte del gobierno, que parece molestar a los que se creen legítimos dueños de las calles.

Por Javier Boher
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macriMiguel Bonasso, ex diputado y ex montonero, escribió hace varios años (cuando todavía circulaba entre los programas políticos de la noche) un libro titulado “El palacio y la calle”, en el que relata los episodios vinculados al 19 y 20 de diciembre de 2001 que significaron el fin del gobierno de Fernando De la Rúa.

A lo largo de la mencionada obra, Bonasso repasa las negociaciones de palacio que transcurrían hacia dentro de las puertas de la Casa Rosada, pero también el fragor del conflicto en las calles aledañas. El palacio y la calle aparecían retratados entonces como dos realidades opuestas, casi incompatibles, con los políticos refugiados en la casa de gobierno y el pueblo tomando la cosa pública en sus manos.

Ese relato marcó una idea de la política, con una épica de la movilización (propia de los regímenes populistas) que pasó de una interpretación cabal de la realidad post 2001 a una caricatura de pueblo sublevado sobre el final del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Con una visión tradicional de la política, había que ganar la calle para demostrar poder.



La elección de Mauricio Macri en noviembre de 2015 rompió esa lógica. El Big Data, la microsegmentación, las campañas de slogans vacíos y los globos de colores le ganaron a los colectivos, los bombos y los choripanes. La informática contra el territorio, la chetura contra la mística.

Quizás no fue para tanto, pero así lo entendieron muchos, que cuando en 2017 trataron de ocupar las calles se encontraron con una masiva movilización oficialista que demostró que la calle no solo le pertenecía a los que pretenden ejercer el monopolio sobre la palabra pueblo.

Como todo año electoral, 2019 volvió a mostrar a una oposición físicamente activa. Paros, piquetes, marchas, todas fueron formas de expresar en las calles el descontento con lo que se estuvo haciendo en el palacio por cuatro años, que dieron como resultado una elevada inflación, caída de los salarios reales, aumento de tarifas, pobreza y desocupación. Para ese núcleo opositor no existían motivos para dejar la deliberación de la calle, esa forma de demostración de músculo político para sacar de una patada a los que rompieron la simbiosis que había marcado al período anterior.

La derrota en las PASO empujó al gobierno a buscar un triunfo casi imposible, no solo por la distancia con el candidato que salió primero, sino porque a todas luces parece improbable que la gente pueda decidir apoyar a un gobierno que decepcionó a casi todos los sectores que apostaron por él.

Las promesas se multiplicaron, pero no alcanzaron. El esquema ponzi para reclutar votantes y la militancia “vietnamita” que pidió Peña no dieron sus frutos. Ahí si, entonces, llegó la hora de la política dura que creían haber enterrado hace cuatro años.

Macri anunció una serie de movilizaciones en distintos puntos del país (específicamente donde había cosechado las mayores adhesiones) para encarar el último tramo de campaña. Treinta marchas para treinta días. Como una mala copia de la larga marcha de Mao Tse Tung, el presidente arrancó lo que muchos bautizaron con ingeniosos nombres, como la “Gira de despedida” o la “Marcha de la derrota”.

Sin embargo, lo que arrancó como algo risible se convirtió en una sensación de escozor, que paulatinamente pasó a incomodar cada vez más a los que en un principio se reían.

Las concentraciones masivas rara vez han despertado mi simpatía, independientemente de su signo político. Es que la movilización permanente le quita épica o dramatismo a la marcha, algo parecido a lo del pastorcito mentiroso: si marchan por el hambre, pero prefieren el iPhone, cuando realmente necesiten comida probablemente estemos todos mirando para otro lado.

Pese a lo que puede ser una postura personal, hay muchos otros que hacen apología del movimentismo, de esa lógica de mostrar en la calle lo que muchas veces no consiguen por los canales institucionales que consagra la constitución liberal republicana que ordena nuestro juego político. Si en el palacio mora la oligarquía y en la calle se expresa el pueblo, ¿en qué cabeza cabe que los chetos quieran salir a ocupar el foro popular?

Las imágenes de Tucumán son elocuentes, por las intenciones de los opositores o la suerte que decidió acompañarlos, dándole épica a lo que de otra manera no sería más que la gira despedida de un presidente que no logró la mayor parte de lo que se propuso. El paro de transporte o el corte de luz que el macrismo interpreta y vende como una mano que intenta frenar la ola de marchas ayudan a construir un relato que no gusta a los que adoran salir a la calle.

Sobre el final de su mandato, y como manotazo de ahogado tras el fracaso de las PASO, el palacio decidió salir a la calle. Los que militaban para que eso pase no terminan de digerirlo, y esperan que aquellos chetos se vuelvan a encerrar tras las puertas de la Rosada.



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