El macrismo desafía con un baño de multitudes

Un día, Mauricio Macri se acordó de hacer política. Bajo la consigna “30 marchas en 30 días” está reuniendo verdaderas multitudes en diferentes partes del país.

Por Pablo Esteban Dávila

macriUn día, Mauricio Macri se acordó de hacer política. Bajo la consigna “30 marchas en 30 días” está reuniendo verdaderas multitudes en diferentes partes del país. La de ayer, por ejemplo, en Tucumán, superó cualquier expectativa. En una provincia férreamente peronista, el presidente cosechó el respaldo espontáneo, vivaz, de miles de personas. Aparentemente va por más en los días que le restan de gira.

Este baño popular es, si se quiere, impensado. Macri no es un presidente a quien las cosas le hayan salido precisamente bien. Los índices económicos de su gestión son decididamente malos, la pobreza ha aumentado y, sobre el ocaso del mandato, muchas de sus banderas iniciales han sido arriadas con pena y sin gloria. Pero, y contra todo pronóstico, todavía se las arregla para convocar significativas cantidades de entusiastas detrás de su reelección.

Costaría visualizar a Raúl Alfonsín o Fernando de la Rua en sus momentos más aciagos apoyándose en movilizaciones semejantes. Lejos de suscitar simpatías, la mayor parte de la población suspiró con alivio cuando, agobiados por las circunstancias, tuvieron que renunciar. Sus crisis, literalmente, se los llevaron puestos.



No parece ser el caso de Macri. Aunque no puede negarse que el severo proceso de estanflación que vive el país ha puesto en jaque su continuidad en la Casa Rosada, algo más de un tercio del electorado sigue creyendo en él. Si a tal certeza se le agrega el hecho de que buena parte de esta porción es de clase media y que, por consiguiente, constituye el segmento más castigado por sus políticas, el asunto se vuelve incluso más sorprendente.

¿A guisa de qué lo apoyan estos sectores? La presión impositiva es inaudita, las tarifas de servicios públicos se han vuelto gravosas y el desempleo amenaza a muchos de sus votantes más leales, entre otras calamidades. No hay muchas razones para desgañitarse respaldando al presidente o de perder un par de horas para hacer número en las principales plazas y avenidas de la Argentina, a menos que se acepte que, subyacente a este fenómeno, se encuentran factores mucho más complejos que el económico.

Los más importantes quizás sean los institucionales. Cualquier argentino medianamente informado intuye que el próximo presidente, sea quien fuere, no tendrá mucho más margen de maniobra que el actual en el manejo de las principales variables macroeconómicas. Nadie espera algún milagro en lo que a este asunto respecta. No ocurre lo mismo en cuanto a las cuestiones, diríase, republicanas. En este sentido, el gobierno de Juntos por el Cambio ha sido muy superior al de sus antecesores kirchneristas, algo que amplios sectores valoran especialmente. Más allá de la moderación, real o fingida, que Alberto Fernández gusta de ostentar, el recuerdo de los excesos del pasado reciente funge con un cemento que aún es capaz de aglutinarlos en torno a Macri.

Resulta paradojal que el candidato oficialista (formalmente lo es) sea percibido como la resistencia frente al posible regreso de la oposición, invirtiendo el significado de resistente. Es una suerte de épica de la institucionalidad lo que brinda sentido al revoltijo de causas por las cuales se apoya al presidente. De lo contrario es difícil explicar lo que está sucediendo. Además, las muchedumbres que lo respaldan gozan de la bendición del realismo: no creen en un octubre triunfal; apenas en el balotaje. Es un programa político módico, pero lo suficientemente desesperado como para salir de la apatía post PASO.

No puede desdeñarse, asimismo, cierto componente de desafío al peronismo que promete volver. La clase media se ha acostumbrado a ganar la calle cuando se siente amenazada. Lo hizo con el corralito y lo reiteró muchas veces ante los excesos de Cristina Fernández. Ahora, con Macri, percibe que es el lugar para expresar su identidad política en un momento tan trascendente. Su espontaneidad (que no debe confundirse con ingenuidad, porque también aquí se trata de intereses) contrasta con la planificación extorsiva de la que hacen gala los piqueteros o sindicalistas en lo que a la apropiación del espacio público concierne.

Esta es una arista que debe ser tenida en cuenta, especialmente si Juntos por el Cambio no logra pasar a la segunda vuelta. ¿Constituyen estas manifestaciones el embrión de un frente opositor al neokirchnerismo? ¿Asumiría Macri el liderazgo de esta coalición? ¿Estaría dispuesto a ser el crítico más constante de un eventual gobierno del Frente de Todos? Las respuestas podrían concluir que “sí, naturalmente”, pero el hacer suyas estas opciones no tendría nada de natural. Macri regresaría al llano, vilipendiado por su gestión y hasta desdeñado por sus presentes aliados. Reconvertirse como el censor de Alberto y estar dispuesto a soportar las consecuencias supondría una buena dosis de proeza personal y una doctrina a largo plazo. Significaría, en prieta síntesis, hacer política, mucha política, con escaso herramental a mano y sin claras perspectivas de éxito.

Puede que algo de esto se esté incoando en el cartesiano cerebro presidencial. El roce con el gentío que lo apoya y vitorea en lugares tan distintos lo ha transportado a otra dimensión del gobierno, a entender que la lógica de la crisis es capaz de transmutarse en una lógica de la oportunidad a condición, claro está, de que sea capaz de impregnar a sus adherentes -los actuales y también los futuros- con un imaginario por el cual votarlo y continuar siguiéndolo a pesar de los tropiezos del momento.

Todo esto requiere pasión personal y creerse a pie juntillas el rol que se está actuando. En este punto, el hecho de besar los pies a una tucumana es el símbolo de la reconversión del Macri presidente al Macri político. Muchos podrán juzgar este gesto como una exageración y censurarlo como demagogia ramplona, pero no deja de ser una imagen fuerte, competitiva con la iconografía justicialista y superadora de las prevenciones de frialdad que suelen endilgársele. Es, igualmente, un signo de que está jugado al todo o nada (aunque la nada no existe, como bien sabe la metafísica) e invitando a mucha gente a que lo acompañe en la patriada. Todo muy tradicional, bastante sepia y, por qué no, suficientemente efectivo como para mantener la esperanza.



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