Córdoba y su mentalidad en 1910 (Tercera parte)

Con esta nota finaliza la extracción de elementos de interés para lectores y lectoras cordobesas, del libro De La Plata a le Cordillère des Andes, donde el periodista y escritor francés Jules Huret relataba su visita a esta ciudad.

Por Víctor Ramés
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Portada y mapa incluido en el libro que Huret publicó en Paris en 1913.

Como un espejo discrónico que nos muestra entre brumas el rostro de Córdoba, el relato del periodista Jules Huret, nacido en Boulogne-sur-Mer en 1863, permite conocer algunas actitudes y costumbres de época (todas las costumbres lo son) de los hombres y mujeres que vio, y sobre lo que indagó el cronista en conversaciones al pie de los hechos. Se trata de elementos reunidos por un viajero que es capaz de recoger la mentalidad a partir de la observación directa y en base a las opiniones que formaban parte del sentido común. Esto se ve, por ejemplo, en la caracterización de la aristocracia criolla cordobesa:

“Se me dice que, en la Córdoba de hoy, es posible imaginar la Buenos Aires de hace sesenta años. La inmigración cosmopolita que, en un cuarto de siglo, transformó las villas del litoral atlántico y del Paraná, no nos ha afectado. Y somos orgullosos de esto. Digo que nuestra provincia cuenta hoy 100.000 extranjeros, mientras en 1870 había apenas 1.500, incluidos los españoles. No obstante, aún mantienen su influencia las viejas familias criollas, una sociedad muy cerrada, que no se abre a los recién llegados y menos aún a los mestizos.”

Esenostálgico orgullo patricio cordobés, esa aristocracia local de la que le hablaban a Huret, se remontaría a los fundadores, cuya motivación no habría sido la aventura y el oro, puesto que descendían a su vez de la nobleza española:



“Esas familias de vieja y noble raza se establecieron aquí. Se pueden citar sus descendientes. Hace algunos años ellos aún podrían haberle mostrado sus blasones. El democratismo igualitario de hoy exige que los oculten.”

Y la caracterización toma un cariz regional, cuando el informante de Jules Huret le dice lo siguiente:

“Para estos cordobeses, Salta y Córdoba son las dos únicas ciudades aristocráticas de la Argentina. Más refractarios que los porteños y los tucumanos a las influencias exteriores, y más conservadores, ellos hacen gala de su reputación de ciudad universitaria, con un dejo de suficiencia.”

Otro informante de Huret parecía poseer una visión más moderna y se permitía la ironía:

“–Los cordobeses compran libros -me decía un porteño- ¡pero no los leen! Y si los leen, hay que creer que la lectura no expande mucho las ideas, ya que los clientes no saludan a su librero, ni a su joyero, pese a que con ellos tienen contactos frecuentes.”

Esto hace reflexionar al periodista francés sobre cierto componente xenófobo:

“La verdad es que se ha conservado, como en España, en todos los países meridionales el desprecio por el comercio. La distancia que hay hacia al extranjero no es menos visible. Se la debe atribuir en parte al hecho de que lo peor de la emigración de Buenos Aires, aquellos que habían fracasado, venían a Córdoba a buscar fortuna. Siempre aquí, como en el resto de la Argentina, los franceses son los ‘gringos’ y los italianos los ‘gringos bachichas’.”

Es claro que la mentalidad aristocrática no representaba a toda la sociedad cordobesa, a los ojos “democráticos e igualitarios” del huésped francés. Él veía las diferencias de clase, aunque realmente su libro estaba dirigido a la clase burguesa acomodada de París.

Puesto a describir las perspectivas existenciales y las ceremonias de la sociedad cordobesa, ofrece Huret algún material de interés. Así ve el transcurrir de la vida cotidiana:

“Vida de provincia estrecha, sin horizonte, que recuerda la vida de provincia francesa. Se va a Buenos Aires en el invierno, por quince días, y se empieza a viajar un poco a Europa a partir de convertirse enpersonas pudientes. Es que la ciudad estuvo muy pobre los últimos cinco años. No había, aparte de algunas viejas familias, más que empleados y profesores. No se iba al café más que hasta el quince de cada mes, por falta de dinero.

Hoy, todavía, hay escasas recepciones. Nada de invitaciones a cenar. La familia vive hacia dentro. Hay cuatro o cinco bailes por invierno, en los que se deciden los matrimonios del verano; dos bailes clásicos en las fiestas patrias, el 25 de mayo y el 9 de julio, una velada ofrecida por el gobernador, otra en el Club Social. En ocasiones, sin embargo, tras la cena y cuando se aburren demasiado, los padres y hermanos hacen un círculo aparte para conversar, entonces las madres y las señoritas marchan en grupos de diez o quince a casa de una amiga, imprevistamente. Estas son las tertulias o visitas nocturnas entre mujeres, donde se habla, se canta, se ríe y se baila.”

He aquí un párrafo del libro de Huret, con más referencias sobre el lugar de las mujeres “de la sociedad”.

“Las costumbres árabes se encuentran aquí como en el resto de la Argentina. Jamás un hombre le hace una visita a una mujer. Si, por una razón cualquiera, una mujer se ve obligada a recibir en ausencia de su marido, debe hacerse acompañar por un niño u otra persona.

–No me sería permitido – me dice el señor B. B…, un europeo casado con una cordobesa– acompañar a mi cuñada en la calle. La comprometería. Debido al miedo al juicio público, la consideración se exaspera en estas ciudades chicas. Todo se repite, todo se comenta y todo se critica. Hace solo quince años, no era decente que una mujer levantase un pocola falda mientras caminaba. Debía barrer la acera con el ruedo de su vestido. Regresaron de París dos chicas de la sociedad, e hicieron escándalo mostrando su tobillo. Persistieron y terminaron ganando. Ahora las cordobesas levantan sus vestidos e incluso lo usan corto.”

Una consideración de Huret le dará forma de cierre a esta serie de entradas cordobesas tomadas de su libro:

“En resumen, el corso cotidiano en la avenida General Paz, donde se encuentra el Club Social, reemplaza a todos los otros placeres sociales. Grupos de jóvenes parados en las esquinas, o sentados en círculo en torno a pequeñas mesas, miran pasar a las mujeres y jóvenes muy elegantes. Tras un cierto número de idas y venidas, los automóviles suben por la avenida Argentina rumbo al parque Crisol. Al crepúsculo, regresan a sus casas.”



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