Axel Kicillof, el dealer de los lugares comunes

La desafortunada expresión del ex ministro de economía dejó en claro los lugares comunes a los que empuja la visión pobrista y conservadora de la Argentina.

Por Javier Boher
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El pobrismo es uno de los peores rasgos del ser nacional, uno de los grandes defectos de la identidad que cultivamos día a día. Algunas veces puede ser difícil definirlo, porque tiene múltiples facetas, pero hay dos que probablemente sobresalgan de entre las otras.

En primer lugar, la idea de que la pobreza dignifica. Aquellos que menos tienen resisten estoicamente los embates de un sistema que los rechaza. Un poco por el ascetismo franciscano y otro poco porque los sucesivos gobiernos se encargaron de administrar pobreza, todos se terminaron convenciendo de que era mejor dignificar la pobreza que combatirla.

En segundo lugar, y quizás más dañino que enaltecer a los pobres, la idea de que -ya que el sistema los utiliza y los deja sin bienestar- tienen vía libre para no respetar las leyes ni hacerse cargo de las obligaciones. Así, cualquier acción delictiva, que atente contra la propiedad privada y los derechos individuales, o que sea poco solidaria para con el resto de la comunidad, se termina justificando en las carencias materiales.



Esa línea, la del pobrismo garantista, es la que tanto ha militado el kirchnerismo duro, el de los seguidores de la doctrina zaffaroniana, la papista o la bolivariana. El Estado es bueno si no reprime, malo si intenta poner orden. Nada que vaya contra el pueblo (ni siquiera contra los vicios del mismo) es bueno. Pocos argumentos más conservadores que ese.

Así llegamos al domingo a la noche, que Axel Kicillof -en plena entrevista de campaña- deslizó una idea nada nueva dentro del universo simbólico del progresismo que resiste con aguante. El candidato a gobernador de Buenos Aires dijo que «ahora hay gente que se dedica a vender droga porque se quedó sin trabajo», y todo eso sin inmutarse. En la concepción kicillofeana del mundo, dedicarse al narcotráfico es un trabajo como cualquier otro. Tal vez sea una deformación profesional, por eso de que los economistas sólo ven al trabajo como una variable en sus ecuaciones, sin pensar en el contenido.

Al final, la tesis del ex ministro de economía lo acerca más a los liberalotes de Twitter que lo que él mismo piensa. Es que el de los narcóticos es un mercado en negro, que no tributa ni tiene regulaciones de calidad, todo lo que manda el sueño húmedo de los que solo se dicen liberales para defender su derecho a la propiedad. ¿El estado no quiere que venda drogas? ¡Perfecto! ¡Desobediencia civil, y a vender paco!.

La idea de Kicillof vuelve sobre aquel elemento que resaltamos para definir el pobrismo: si sos víctima del capitalismo tenés vía libre para rebuscártelas. No hay confusión, accidente, ni nada por el estilo. Es como la frase de Pichetto sobre dinamitar la villa: es lo que piensa, lo que no puede ocultar. Lo triste es tratar de congraciarse con el votante sensible de escuela privada a cambio de que los inescrupulosos inunden de droga los barrios donde viven esos pobres que cada vez están más abajo.

El razonamiento del ex ministro es tan ridículo como pensar que un empleado público que cobra coimas va a dejar de hacerlo si le suben el sueldo, como si la ilegalidad de sus actos dependiera solamente de la necesidad económica y no de la degradación moral de la población. Hay gente que vende pan en clubes de trueque, gente que hace changas en obras o que trata de vender «ideas» por internet. Vender drogas no entraría en el mismo grupo de emprendedores anticrisis, estimado Axel.

Esa doble vara pobrista por la cual a los de abajo se les permite todo es la misma que se usa para atacar a plataformas como Uber, Pedidos ya, Rappi y demás. Al final, Axel y su séquito de divinos adoradores del ocio contemplativo prefieren que la gente venda drogas antes que manejen un auto para llevar a la gente de un lado a otro, pedaleen en una bici para repartir pedidos o alquilen una pieza de su casa a los que necesitan un lugar temporario para quedarse.

Sin lugar a dudas, la frase de Kicillof deja mucho que desear, especialmente porque el conurbano bonaerense que quiere gobernar (y al que debería agradecerle el triunfo) es territorio fértil para narcos; es el lugar de la Argentina en donde más drogas se consumen y donde más daño hace entre los pobres. Los pobres no se ayudan con la droga para llegar a fin de mes, Axel, la padecen porque trae tiroteos, aprietes, muerte e inseguridad.

Tal vez le moleste que la ministra Bullrich sea una de las que mejor imagen tiene dentro del gabinete nacional, en parte por la lucha contra los narcos. O que la gobernadora Vidal no caiga en ese lugar común en el que cayó él de que se es delincuente sólo por ser pobre. Está claro que la delincuencia es una condición que excede la posición socioeconómica, como quedó claro con el caso de la ruta de la efedrina y el triple crimen de General Rodríguez, por lo que se mencionaron los vínculos entre políticos de su espacio y el narcotráfico.

Por eso, Axel, ser pobre no es justificación para ser delincuente, aunque ayude a transitar mejor la culpa por el fracaso de ciertas políticas que venían a reducir el número de pobres y terminaron no contándolos para no estigmatizarlos.



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