La libertad de prensa no existe

La libertad de prensa -en debate por los ataques del cristinismo- no existe, salvo que los periodistas estén decididos a sostener lo que es el único delito contra el Estado, pensar distinto para exponer sus errores.

Por Javier Boher
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Max Stirner fue un pensador alemán contemporáneo de Karl Marx, bastante intrascendente en vida, pero reivindicado con el paso de los años. Se lo considera como unos padres del anarcoindividualismo, una variante del anarquismo que se caracteriza por su rechazo absoluto a cualquier forma de organización que pueda limitar la individualidad.
“El único y su propiedad” fue su obra más destacada (prácticamente la única que se conserva), en la que desarrolló el centro de su pensamiento. A lo largo de sus páginas parece un adolescente enojado, aunque algunos conceptos son bastante interesantes.
Uno de los temas que trata brevemente es el de la libertad de prensa, que tiene que ver con la posibilidad de publicar lo que se piensa y se quiere compartir. Al respecto, Stirner asegura que la libertad de prensa no existe ni puede existir a menos que los individuos tengan la voluntad de comunicar, básicamente el paradigma de las redes sociales unos 150 años antes de que aparezcan las computadoras hogareñas.
“Una libertad de prensa no es más que un permiso de imprimir que me da el Estado, y el Estado no permitirá nunca, ni puede nunca libremente permitir, que yo emplee la prensa en aniquilarlo”. Aunque una lectura literal de la cita puede parecer exagerada, la cosa cambia si reemplazamos Estado por gobierno (una distinción exagerada en aquel entonces) y el “aniquilarlo” por unos más moderados “exponerlo” o “controlarlo”.
La denuncia que hizo el escritor Marcelo Birmajer respecto a un desafortunado encuentro en la calle (en el que lo tildaron de “fascista” y le dijeron que no iba a poder volver a caminar tranquilo por la calle) es un hito más en una larga cadena de desafortunados errores del kirchnerismo más obtuso y menos democrático que a esta altura se pueden considerar parte de su identidad.
La idea de que hay una única verdad para ser contada, que no se puede contrastar con otros datos, o que no puede atentar contra los dogmas del gobierno, son una muestra del gen autoritario que poseen muchos de los que después tratan de clasificar como democracia cualquier dictadura caribeña que se les cruza por el camino.
El supuesto desliz de Gisela Marziotta volviendo sobre la idea de Dady Brieva con la Conadep del periodismo (respuesta que fue rectificada a tiempo por consejo de los que llevan adelante la campaña) demuestra que no hay muchos espacios para la disidencia y que tienen problemas con los acrónimos, confundiendo Conadep con Gestapo.
El caso del periodista Daniel Santoro y la persecución judicial a la que se lo ha sometido por rodearse de fuentes poco confiables (y algunos estafadores también) es una muestra de que el periodismo de investigación molesta. Que un periodista pueda ser acusado por publicar información filtrada desde una fuente es una garantía de autocensura. Las filtraciones pueden contener información real o no, pero siempre tienen consecuencias para el poder político.
Durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, un universo de medios oficialistas, sostenidos con pauta pagada por todos los ciudadanos, se encargó de reproducir mentiras que dejaran cómodos a los que participaban del desfalco. Las imágenes de los niños escupiendo los rostros de los periodistas o los afiches que acusaban de traidores o cipayos a algunos comunicadores fueron parte del perverso sistema que trataron de instalar, en el que pensar distinto fuese un crimen.
Muchos periodistas fueron cesanteados, algunos nombres con mucha trayectoria dejaron de ser bien recibidos en los medios y sólo lograron mantenerse en pie por el prestigio de sus nombres, el acompañamiento a través de las redes sociales o blogs y -por qué no- por la oportuna pelea entre Clarín y el kirchnerismo.
El sueño totalitario de Axel Kicillof, con toda la información en manos del Estado, es una muestra de que aquello que Stirner escribió hace casi dos siglos permanece vigente. ¿Qué gobierno quiere una prensa libre y periodistas confiados del rol que desempeñan como instrumento de control republicano?
Al final, el único crimen posible contra un estado que no tolera la disidencia no es otro que pensar distinto o exponer sus errores. Aunque el periodismo no represente un poder del Estado, es de vital importancia para defender las libertades individuales del atropello colectivista de la burocracia pública y el pensamiento uniforme propalado por los mediocres repetidores de consignas. Y está bien que así sea.