Fernández supo dónde estaba

El candidato cumplió con un auditorio desconfiado y potencialmente hostil. Ninguna de sus posiciones pudo reputarse de temeraria o inspirada por Axel Kiciloff, ni como tampoco ordenadas por Cristina Fernández.

Por Pablo Esteban Dávila

Los memoriosos recuerdan que, a mediados de los años ’80, Raúl Alfonsín vino a Córdoba a participar de un evento en la Casa Radical. Por aquel entonces, la presencia del carismático presidente convocaba importantes multitudes a la espera de sus discursos. El programa indicaba que hablarían el gobernador Eduardo Angeloz, quién también era el presidente de la UCR, y que luego lo haría Alfonsín.
La expectativa era importante porque el enfrentamiento entre Angeloz y el presidente era palpable, si bien respetaban las formas con mucha distinción. El primero era un conservador con fama de correcto administrador (en el contexto de un país caótico) mientras que Alfonsín se jactaba de su linaje socialdemócrata. Geográficamente, el gobernador caracterizaba a la provincia como “una isla” en contraposición con los grandes problemas por los que atravesaba la Nación.
Ante la expectativa general, Alfonsín alzó la voz y sentenció al iniciar su discurso: “sé dónde estoy”. Fue una verdadera editorial. A partir de allí, todas sus palabras trataron de reconciliar sus convicciones políticas con el talante que adivinaba en buena parte de la muchedumbre que se había congregado bajo los balcones de la vieja casona. No halagó a los cordobeses, pero intentó mostrarse empático con sus sentimientos.
Alberto Fernández hizo precisamente eso ayer en el almuerzo de la Fundación Mediterránea. Aunque no lo dijo taxativamente quedó flotando la impresión de que, al igual de aquel lejano precedente alfonsinista, sabía donde estaba. Y que, durante la jornada, obró en consecuencia.
Sus palabras fueron moderadas, casi como las de un presidente en ejercicio. Si bien dijo muchas obviedades (del tipo que el consumo interno y las exportaciones no son “conceptos antagónicos” o que tampoco lo es el fomentar la industria y el campo al mismo tiempo), algunas definiciones deben de haber traído alivio y algo de ilusión a los comensales.
Una de ellas fue el tratamiento que le daría a la deuda externa, asegurando que trataría de ganar tiempo negociando extensión de plazos con los acreedores y sin las quitas que llevó adelante el gobierno de Néstor Kirchner cuando era ministro Roberto Lavagna -la solución “uruguaya”. En este orden, su proclama sobre que “crecer y exportar es el gran desafío” y que esta es la “única manera de conseguir dólares genuinos” también tuvo un efecto balsámico, dado que, de ser sincera, implica mejorar la productividad económica y, con ella, reducir o eliminar las graves distorsiones que pesan sobre la economía nacional.
De cualquier manera, y aunque con gran cautela, dejó en claro que el keynesianismo continúa siendo su doctrina preferida. Sostuvo que hay que promover el consumo y recomponer los salarios, atacando el monetarismo que, conforme su visión, adoptó el gobierno de Macri. En esta línea, apostrofó contra las tasas de interés que “privan a las Pymes de crédito para poder producir”, aunque sin precisar de cómo las bajaría sin que el dólar o la inflación se desbocasen más de lo que lo han hecho en los últimos meses.
En resumidas cuentas, el candidato cumplió con un auditorio desconfiado y potencialmente hostil. Ninguna de sus posiciones pudo reputarse de temeraria o inspirada por Axel Kiciloff, ni como tampoco ordenadas por Cristina Fernández, a quién nombró poco y lateralmente. Es altamente probable que muchos de los presentes se hayan retirado con la sensación de que Fernández sólo pretendió mostrarse previsible y moderado con independencia de sus auténticas intenciones o su real margen de maniobra, aunque peor hubiera sido encontrarse con un presidenciable dispuesto a dinamitar la poca racionalidad que queda en el país.
Un capítulo aparte merece el comportamiento del peronismo local ante la visita. Convenientemente Juan Schiaretti tenía agendado un encuentro protocolar con su par sanjuanino, Sergio Uñac, pero su gabinete mostró una masiva presencia en el Holliday Inn. Así, con la ficción de la neutralidad a salvo, las principales espadas del gobernador se mostraron cercanas a Fernández sugiriendo que, luego de las elecciones, podría existir una convergencia paulatina con la Casa Rosada si el Frente de Todos efectivamente llegara al poder.
El gesto de Schiaretti no pasó inadvertido para el candidato. Esta vez no hubo declaraciones conflictivas, del tipo de las que verbalizó en oportunidad de su presencia en la misa en recuerdo de José Manuel de la Sota, ni tampoco un intento de avanzar sobre la prescindencia territorial demarcada por el cordobés. En este sentido, la quinta visita de Alberto a la provincia puede que haya sido la primera en la que efectivamente se haya puesto en los zapatos del gobernador, dejando para más adelante las definiciones realmente importantes. Después de todo, descuenta que, amén de sus esfuerzos por agradar al electorado mediterráneo, es muy posible que los resultados del 27 de octubre repliquen aquí los verificados en las PASO. Mucho más no puede hacerse.
En definitiva, el almuerzo de la Fundación Mediterránea tuvo el mismo efecto en Fernández que el balcón de la Casa Radical para Alfonsín, que no es otro que el de la mesura. Ambos sabían en donde se encontraban y la vara con que aquí se mide a quienes se proclaman como populistas o de centroizquierda. Claro que, luego y con los hechos consumados, queda el riesgo de que los anfitriones de ayer descubran que, en realidad, el candidato los engañó con su doblez y que solo intentó superar un potencial mal rato apelando a una máscara ideológica. Sin embargo, y con los reales ya asentados en el sillón de Rivadavia, estas son anécdotas que, en algún momento, podrían superarse con buenas dosis de paciencia. Después de todo, en la Argentina los empresarios todavía dependen, tal vez en grado extremo, de las decisiones del gobierno de turno. Siempre se podrá maldecir por lo bajo contra Fernández o contra quién sea por sus mentiras pasadas; no obstante, el desafío público a un presidente recién electo está vedado por un buen tiempo a los hombres de negocios.
La moraleja del encuentro es que todos pueden quedar contentos sin necesidad de romper la ilusión de que no habrá bandazos quienquiera sea el próximo presidente. Es una quimera muy cordobesa. Porque, pensándolo bien, podrían haber existido preguntas incómodas, del tipo qué haría con los piqueteros o cómo bajaría el gasto público, pero no fueron formuladas. Nadie puso en aprieto a Fernández, ni tampoco él lo hizo. Ni, mucho menos, el gobernador quien, ausente con aviso, envió a todo su estado mayor a rendirle tributo. No hay dudas que, en materia de previsibilidad, la política local es casi la de un cantón suizo.



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