Jorge Julio López y la doble moral kirchnerista

Una vez más queda en evidencia que para el kirchnerismo los desaparecidos son instrumentos, usando el caso de López para hacer política negando su propia cuota de responsabilidad.

Por Javier Boher
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Telam, La Plata, 18 de septiembre de 2019:
Se realiza la marcha en reclamo, al cumplirse 13 años de la última vez que se lo vio con vida, por Julio López en la Plaza Moreno, frente al Palacio Municipal donde en 2006 se realizó el juicio al represor Miguel Etchecolatz.
Foto: Eva Cabrera

La coherencia es una cualidad un tanto exótica, especialmente en la política. Aunque muchos la consideren un vicio de los fundamentalistas antes que una virtud de los comunes, hay momentos en los que es necesario fijar normas, bandas o límites dentro de los cuales circunscribir las prácticas.
Aunque Ortega y Gasset decía que la contradicción es natural, por ser la única forma de unir conceptos antagónicos, hay contradicciones tan obscenas que rozan lo bochornoso. Se puede tener contradicciones frente a cuestiones menores o que no pertenecen al mismo campo. Lo que no se puede es caer en problemas de doble moral.
Ayer se cumplieron trece años de la desaparición de Jorge Julio López, ex albañil y militante que estuvo preso durante la dictadura, cuando fue sometido a torturas y vejaciones por las que declaró en el juicio a Miguel Etchecolatz. Sus dichos fueron tomados como evidencia para condenar a prisión al ex comisario.
El grueso del progresismo vernáculo, en todos sus “ismos”, salió a pedir memoria por el primer desaparecido en democracia, otro logro que se le puede anotar al gobierno de Néstor Kirchner. La puesta en escena podría ser abiertamente calificada como patética, especialmente porque durante nueve años el kirchnerismo se encargó de convertir en consigna lo que para una familia fue una pérdida.
Ese caso dejó a la vista la eterna doble moral de una minoría sectaria que se alimenta de rituales que rara vez apuntan contra los verdaderos culpables. El mal de la victimización infinita, pero siempre acusando hacia el mismo lado, en el que nunca aceptarían que se encuentre uno de ellos.
El caso Maldonado desnudó esa contradicción eterna. Mientras en el período del “kirchnerismo bueno” se consideró que la desaparición de López había sido obra de la “mano de obra desocupada” (como se conoció a los ex torturadores que se quedaron sin trabajo al regreso de la democracia, dos décadas antes del affaire López), en el caso del tatuador ahogado en el sur era obra de un plan sistemático orquestado por la derecha neoliberal y ejecutado a través del aparato represivo del Estado.
Los mismos que miraron para otro lado cuando condujeron los resortes de la política de seguridad, apuntaron contra instituciones que respondieron a ellos durante doce años como si siempre hubiesen estado en otras manos.
Cuando se probó que Maldonado se había ahogado por no saber nadar, que había sido abandonado e ignorado por los mismos mapuches que quiso defender y que se trató de usar su tragedia con fines electorales, los eternos negadores de la evidencia empírica desarrollaron un sinnúmero de consignas para seguir esgrimiendo que el Estado lo había asesinado, banalizando la misma tragedia que intentaron sacralizar. Se convirtieron en guardianes del relato, decidiendo quiénes desaparecen y quiénes sufren, reclamando el monopolio de la verdad de los sufrientes.
La profusión de tuits y posteos sobre el aniversario de la segunda desaparición de López demuestran la hipocresía de los que tuvieron a su disposición todos los medios para aclarar el caso. Mientras la consigna de aquel entonces era recuperar el Estado, ¿qué clase de organismo burocrático, ineficiente y vacío querían recuperar, si fue incapaz de arrojar algo de luz sobre tan lamentable episodio?
Así, los que hoy piden por Jorge Julio López eligen hacer omisión a que su desaparición transcurrió durante la panacea de los derechos humanos durante el mandato de Néstor Kirchner (con Alberto Fernández como Jefe de Gabinete). Pare ellos el gobierno de entonces no tuvo nada que ver, mientras sostienen en simultáneo que el gobierno actual es responsable de una desaparición forzada que se ha probado falsa.
Pese a todo, a la larga se termina evidenciando que las contradicciones en el discurso del progresismo argentino no pueden ocultar una coherencia fundamental que se refleja en lo profundo de la doble vara para medir esas situaciones. Para ellos, el problema no son los desaparecidos, sino qué bando pone los desaparecedores. Cuando los segundos son de ellos, los primeros serán del olvido.



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