El juego de máscaras que propone Schiaretti

Alberto Fernández es un tipo inteligente. Conoce los entresijos del poder. Aunque no tiene votos estrictamente propios, su condición de hombre de palacio lo ha convertido en un referente por derecho propio.

Por Pablo Esteban Dávila

Alberto Fernández es un tipo inteligente. Conoce los entresijos del poder. Aunque no tiene votos estrictamente propios, su condición de hombre de palacio lo ha convertido en un referente por derecho propio. No en vano Cristina de Kirchner, pese a su ego excluyente y a la innegable ascendencia que mantiene sobre una porción importante del electorado nacional, lo ha ungido como su vicario en la trascendente tarea de regresar al poder.
Sin embargo, a Fernández le cuesta entender a Córdoba y, por carácter transitivo, al propio Juan Schiaretti. El candidato supone que las antiguas cuitas que mantenía el kirchnerismo con la provincia son cosas del pasado y que él debería ser garantía suficiente para que los cordobeses y su gobernador se quedasen tranquilos. Tal vez sea una convicción honesta, pero insuficiente para desmantelar años de desconfianza recíproca. Los veinte puntos que Mauricio Macri le sacó en estas tierras es una prueba concluyente de que todavía le queda mucho por hacer al respecto.
Su presencia en la misa celebrada en honor de José Manuel de la Sota en la Catedral es consistente con la estrategia de proximidad que se ha trazado para recuperar el tiempo perdido. Desde hace ya unos meses el hombre se empeña en destacar la amistad que lo unía con De la Sota como una prueba de su afecto sincero por la provincia, a despecho del destrato prodigado por la Casa Rosada en las épocas de Cristina. Caballeros al fin, nadie en el peronismo local ha puesto en tela de juicio la proclamada cercanía, menos ahora que el camino a la presidencia se le muestra expedito.
La homilía fue todo lo civilizada y emotiva que debía ser, si bien la previa fue confusa. A poco de llegar, Fernández hizo declaraciones a La Voz del Interior que Schiaretti no pudo haber tomado a bien. Desde asegurar que “yo no (lo) necesito para ganar” a razonar que al cordobés parece darle “lo mismo cualquier país: el que propone Macri o el que proponemos nosotros”, la entrevista con el matutino no tuvo un ápice de seducción hacia el mandatario local. Por un momento se leyó exactamente como lo contrario, esto es, un intento deliberado de quemar naves a despecho del recogimiento y las promesas de unidad que emanarían del recuerdo al fallecido exgobernador.
Tan estridentes fueron sus palabras que el lunes por la mañana el senador Carlos Caserio tuvo que hacer de intérprete, habida cuenta de la condición de referente que ostenta del candidato del Frente de Todos. Pocas horas antes, Fernández también había suavizado sus dichos anteriores. Aseguró que con el gobernador son “amigos de muchos años”, señalándolo como “alguien con mucha experiencia” y que podría contar con él para gobernar en el futuro.
Mucho debe haber influido para esta reversión la conversación a solas que mantuvieron, luego de la misa, en el hotel que lo albergaba. No obstante que el diálogo entre ambos no trascendió, es altamente probable que Schiaretti le haya dicho algo así como que “el peronismo está con vos, pero los cordobeses están con Macri” y que debía comprender que a él lo votan tanto peronistas como macristas. ¿Para que forzar una definición que, por otra parte, nadie necesita?
Tal vez Fernández lo haya terminado entendiendo aunque, si así ocurrió, deba decirse que le llevó demasiado tiempo el hacerlo. Esta demora es impropia para alguien de su talla. Schiaretti sabe perfectamente bien que Alberto no es Cristina y que, si finalmente termina en la presidencia, no habrá obstáculos para un entendimiento maduro y de buena fe con la Nación. Esto no significa que este sea el momento para una declaración de amor que, de producirse, ofendería a muchos que lo consideran un peronista distinto y merecedor del voto independiente. La prescindencia electoral adoptada ya hace tiempo es, por lo tanto, su única estrategia posible.
Además, debe tenerse en cuenta que el cepo político impuesto desde el Centro Cívico a los dirigentes del PJ se ha relajado bastante. Antes de las PASO, la instrucción consistía en que no debía militarse abiertamente por ningún candidato presidencial; solamente por la lista corta. Si a Caserio se le disculpó su osadía es porque el senador se había convertido en un referente ineludible para la articulación del partido. Pero esta dispensa no podía otorgársele a cualquiera. Sin embargo, y a poco de conocerse el resultado de las primarias, el torniquete se fue aflojando. Ahora es posible manifestar que se apoya a Fernández sin temor al anatema. El único requisito que se mantiene es la necesidad de apoyar a los diputados de Hacemos por Córdoba. La instrucción no se discute: casi a ningún peronista orgánico le agradaría votar por Eduardo Fernández o Franco Saillen.
Tal relajamiento no puede ser ignorado por Alberto y tampoco le conviene cuestionarlo. Lo único que debería importarle es achicar la brecha que, en el distrito, lo separa de Mauricio Macri. Si para ello debe tolerar que el peronismo trabaje para su candidatura más o menos en silencio, pues es un precio que bien vale la pena pagar. El resto es ego en estado puro. Además, se trata de un minué que inevitablemente deberá bailar con el gobernador por lo menos hasta conocerse el veredicto de las urnas en octubre, con una eventual prórroga en la coreografía si, contra todo pronóstico, el presidente lograse forzar un balotaje.
Es un juego de máscaras que Schiaretti ejecuta con particular destreza y que Fernández estará forzado a interpretar. El primero insistirá con su neutralidad al tiempo que tolerará, cada vez con mayor liberalidad, que sus conducidos maniobren a favor del segundo. Este, por su parte, tendría que aceptar -el uso del potencial es adrede- que el gobernador se encuentra sujeto a un bozal político que le impide manifestarle cualquier tipo de apoyo y que, por tal razón, durante la campaña electoral sería aconsejable el evitar exigirle definiciones incómodas. Comprender estas limitaciones forman parte de su bagaje como hombre de palacio; ¿conservará Alberto aquella forma de pensar ahora que la expresidenta lo ha lanzado como líder de multitudes que hasta hace poco lo ignoraban? Dependerá de su sangre fría (y recordar de donde proviene) sacarle el mayor provecho a la mascarada propuesta por el cordobés.



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