El respeto entre los guapos

El viernes pasado, en el marco de la primera edición del Festival de Cine de las Emociones (que esta vez se centró en la ira), el filme cordobés “El sonido de la campana”, del director Augusto Sinay, ganó el premio destinado al mejor cortometraje local, a través de una historia pugilística.

Por J.C. Maraddón
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cortometrajeEl boxeo se encuentra, sin duda, entre aquellas prácticas que han caído bajo la lupa de la corrección política, que no ve con buenos ojos un deporte consistente en trompear al rival hasta dejarlo fuera de combate. No pocas peleas han llevado a la muerte a alguno de los pugilistas, más allá de los recaudos que se puedan tomar para garantizar que un match de box no tenga consecuencias dramáticas. Y es así como un espectáculo deportivo que cuenta con más de un siglo de vigencia, ha cosechado hoy numerosos detractores que piden que se extremen las medidas de precaución o que, directamente, se lo prohíba.

No ayuda demasiado en la salvaguarda del boxeo que, en su gran mayoría, quienes lo asumen profesionalmente provengan de los estratos sociales más bajos, donde la fama y el dinero que ostentan los campeones funcionan como un llamador irresistible. Gente que ha crecido a los golpes, siente que puede encontrar allí una salida de la miseria a la que la sociedad parece haberla condenado. Y de esta manera, las denuncias contra el deporte de los puños se confunden muchas veces con la discriminación social,hasta conseguir que no se pueda distinguir entre la una y la otra.

Con la miniserie sobre Carlos Monzón, que acaba de tener un exitoso paso por la TV, el estigma que recae sobre el box se agiganta, bajo la figura del femicidio que cometió el santafesino campeón mundial de los medianos contra Alicia Muñiz. No sólo se trata del ritual sanguinario y funesto que acontece sobre el ring, sino que además suele ser practicado por asesinos que,al bajar del cuadrilátero y detrás de la fachada de ídolos, pueden esconder la mentalidad de un psicópata. En ese sentido, la tira es impiadosa, porque nada justifica lo que hizo Monzón, más allá (o con el agravante) del título que detente.



Como si esto no bastara para despertar sospechas, también es sabido que el boxeo está cargado de una atmósfera oscura, donde el negocio que rodea a las apuestas y a las peleas amañanadas lo conduce a la zona de la clandestinidad, a esa región delictiva lindante con lo mafioso. Que dos tipos se jueguen la vida contra las cuerdas, mientras otros recaudan fortunas innobles gracias a su esfuerzo, constituye un despropósito que termina inclinando la balanza hacia el lado de los que reclaman se termine de una vez por todas con esa casta de titanes que, tarde o temprano, terminará besando la lona.

El viernes pasado, en el marco de la primera edición del Festival de Cine de las Emociones (que esta vez se centró en la ira), el filme cordobés “El sonido de la campana”, del director Augusto Sinay, ganó con gran mérito el premio destinado al mejor cortometraje local. Mediante un lenguaje digno de las grandes producciones, relata las desventuras de un boxeador que acepta tomar el camino ilegal de su profesión y que se desayuna con que, también allí, hay quienes no respetan ni los más elementales códigos de la conmiseración.

En un trabajo a conciencia que realza a través de la banda sonora la tragedia que azota al protagonista, “El sonido de la campana” también sincroniza con el espíritu de la época: a la par que se solidariza con el héroe en desgracia, denuncia la crueldad que aflora cuando se apagan las luces del ring y los boxeadores quedan a solas con su propia (in)consciencia. Como una especie de toro salvaje del gimnasio suburbano, el personaje que construye Sinay logra conmover al espectador porque, en su sed de venganza, busca hacer justicia con sus manos, que es la forma en que aprendió a ganarse el respeto entre los guapos.



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